Durante meses, Pedro Sánchez, sus ministros, los portavoces del PSOE y toda la maquinaria propagandística del Gobierno han intentado convencernos de que Leire Díez era poco menos que una militante de base actuando por libre. Una especie de verso suelto, una francotiradora política sin conexión real con la dirección socialista. Una persona que, según la versión oficial, no representaba a nadie más que a sí misma.
Pero la realidad, como suele ocurrir, es mucho más tozuda que la propaganda.
Cada semana que pasa conocemos nuevos datos que desmontan esa gigantesca mentira. Cada auto judicial, cada informe policial y cada nueva declaración nos acercan más a una conclusión evidente: Leire Díez no era una paracaidista. Leire Díez era una pieza integrada dentro de una estructura política que operaba bajo el paraguas del Partido Socialista.
La decisión del juez Santiago Pedraz de llamar a declarar el próximo 10 de julio a Cristina Narbona constituye un nuevo golpe para el relato oficial del sanchismo y un nuevo paso en una investigación que cada vez estrecha más el cerco alrededor de la dirección socialista.
Porque Cristina Narbona no es una militante cualquiera.
Cristina Narbona es la presidente del PSOE.
La máxima autoridad orgánica del partido después de Pedro Sánchez.
Y ahora sabemos que mantenía comunicaciones con Leire Díez.
La pregunta es inevitable.
Si Pedro Sánchez pretende hacernos creer que desconocía absolutamente todo lo relacionado con Leire Díez, ¿cómo se explica que la presidente del PSOE sí mantuviera relación con ella?
¿Cómo se explica que Santos Cerdán, secretario de Organización y número tres del partido, también aparezca vinculado a este entramado?
¿Cómo se explica que Mercedes González, directora general de la Guardia Civil y antigua dirigente socialista, mantuviera igualmente contactos con Leire Díez?
¿Cuántas casualidades más debemos aceptar antes de reconocer que ya no estamos ante hechos aislados?
Porque cuando una misma persona aparece relacionada con la presidente del partido, con el secretario de Organización, con responsables institucionales nombrados por el PSOE y con personas que desempeñan funciones estratégicas dentro del aparato socialista, la teoría del "lobo solitario" deja de resultar creíble.
Lo que emerge es la imagen de una red perfectamente conectada.
El PSOE intenta levantar un muro de contención
La estrategia socialista es evidente.
Consiste en sacrificar peones para proteger al rey.
Primero intentaron presentar a Leire Díez como una militante sin relevancia.
Después aseguraron que no tenía responsabilidades políticas.
Posteriormente afirmaron que actuaba por iniciativa propia.
Más tarde negaron cualquier coordinación con la dirección socialista.
Pero las pruebas conocidas hasta ahora apuntan justamente en dirección contraria.
La propia trayectoria de Leire Díez demuestra que no era una desconocida dentro del partido.
No era una simpatizante ocasional.
No era una activista marginal.
Era una persona vinculada durante años al PSOE, integrada en su estructura y con relaciones directas con algunos de los principales dirigentes socialistas.
Por eso resulta cada vez más difícil sostener que actuara por libre.
El papel de Gaspar Zarrías
Existe además otro elemento especialmente revelador.
Las informaciones conocidas sitúan al exvicepresidente de la Junta de Andalucía Gaspar Zarrías como una figura clave en la financiación de Leire Díez a través de empresas vinculadas a su entorno.
Tampoco estamos hablando de un desconocido.
Gaspar Zarrías fue durante décadas uno de los hombres fuertes del socialismo andaluz.
Un dirigente histórico del PSOE.
Una figura central dentro de una organización política que gobernó Andalucía durante casi cuarenta años.
Por tanto, tampoco puede presentarse como un actor externo o ajeno al aparato socialista.
Si Leire Díez recibía apoyo económico procedente de personas con semejante peso político dentro del PSOE, la teoría de la actuación individual se vuelve todavía más insostenible.
Todo conduce siempre al mismo lugar.







