Hubo un emperador romano que pasó a la historia por una imagen, quizá más legendaria que real, pero que simboliza a la perfección la desconexión del poder con el sufrimiento de su pueblo. Nerón contemplando Roma mientras las llamas devoraban la ciudad. Hoy, en la España del siglo XXI, esa imagen vuelve a cobrar fuerza. Mientras nuestro país afronta una sucesión de crisis que comprometen su seguridad, su unidad y su futuro, Pedro Sánchez parece instalado en una realidad paralela, recomendando canciones para el verano, libros para las vacaciones y listas de reproducción como si gobernara un país idílico.
España arde. Arde literalmente, con incendios que vuelven a poner de manifiesto las enormes carencias en materia de prevención, coordinación y gestión del territorio. Y arde políticamente, institucionalmente y socialmente. Cada semana se acumulan nuevos escándalos, nuevas cesiones y nuevas muestras de un Gobierno más preocupado por su propaganda que por ejercer las responsabilidades propias de un Estado.
A los incendios se suma una crisis migratoria que ya no puede calificarse de puntual. La presión sobre nuestras fronteras es creciente y la sensación de descontrol es cada vez mayor. La política de fronteras del Gobierno ha transmitido durante años un mensaje que muchos interpretan como un efecto llamada, debilitando la capacidad del Estado para ejercer una de sus funciones esenciales: proteger sus fronteras.
No se trata únicamente de inmigración. Se trata de soberanía. Se trata de demostrar si España sigue siendo un Estado capaz de decidir quién entra en su territorio y bajo qué condiciones o si, por el contrario, otros actores marcan nuestra agenda mientras el Gobierno permanece inmóvil.
La imagen resulta todavía más difícil de comprender cuando, en plena tensión con Marruecos, miembros del Gobierno acudían a actos oficiales organizados por la representación diplomática marroquí. Cualquier Estado serio habría transmitido primero un mensaje político inequívoco de firmeza y defensa de sus intereses nacionales. España, sin embargo, parece haber optado demasiadas veces por el silencio, la resignación o la fotografía diplomática mientras la presión sobre nuestras fronteras continúa.
Y, como si todo esto fuera poco, el Gobierno ha llegado incluso a llamar a consultas al embajador de Italia después de determinadas declaraciones de responsables italianos sobre la situación de las fronteras españolas. Es decir, en lugar de concentrar todos los esfuerzos en reforzar nuestras fronteras y responder a la crisis, se abre un frente diplomático con un país aliado que comparte precisamente muchas de las preocupaciones sobre la inmigración irregular.
La política exterior española atraviesa uno de sus momentos más desconcertantes. Las relaciones con Marruecos han estado marcadas por continuas cesiones que muchos españoles interpretan como una preocupante renuncia a defender nuestros intereses nacionales. El cambio de posición sobre el Sáhara Occidental fue solo una muestra de una estrategia de la que seguimos desconociendo muchas de sus claves.
A ello se añade el nuevo marco sobre Gibraltar. Durante décadas, generaciones enteras de españoles defendieron que el Peñón constituía una anomalía histórica: una colonia británica sobre suelo español cuya recuperación debía formar parte de cualquier estrategia diplomática seria. Hoy, sin embargo, la sensación es justamente la contraria. Lejos de acercarnos a una solución favorable para España, asistimos a decisiones que muchos consideran una consolidación de la situación existente y que permiten mantener ventajas económicas y fiscales que siguen perjudicando a nuestro país.
Mientras tanto, Pedro Sánchez continúa gobernando gracias al apoyo de quienes nunca han ocultado su voluntad de debilitar el Estado. Independentistas catalanes, nacionalistas vascos y otros socios parlamentarios condicionan cada decisión del Ejecutivo. La unidad nacional deja de ser un principio irrenunciable para convertirse en moneda de cambio.
Pero quizá el problema ya no sea únicamente político. Empieza a ser moral. Resulta difícil comprender que mientras miles de españoles contemplan con angustia cómo el fuego destruye montes, viviendas y explotaciones agrícolas; mientras las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad afrontan una presión creciente en nuestras fronteras; mientras aumenta la preocupación por la inseguridad y por el deterioro institucional, el presidente del Gobierno dedique parte de su comunicación pública a recomendar listas musicales y lecturas estivales.
No es una cuestión de gustos musicales. Es una cuestión de prioridades. Un gobernante debe transmitir serenidad, liderazgo y dirección. Debe estar donde está el problema. Debe ofrecer soluciones. Y, sobre todo, debe dar ejemplo. Cuando el país atraviesa momentos difíciles, el presidente no puede actuar como un influencer de vacaciones.
Hace años, Carmen Calvo pronunció una frase que el tiempo ha convertido en un símbolo: "Nos va la vida en ello". Hoy esa expresión adquiere un significado distinto. A muchos españoles les da la impresión de que no solo nos jugamos el bienestar, sino también la fortaleza de nuestras instituciones, el control efectivo de nuestras fronteras y la propia continuidad del proyecto nacional que representa España.
La sensación que se extiende entre una parte creciente de la sociedad es que el Gobierno ha dejado de actuar con la determinación que exige la gravedad del momento. Incendios, presión migratoria, tensiones diplomáticas, incertidumbre territorial y un deterioro institucional constante dibujan un panorama que exige un cambio profundo en la dirección política del país.
Toda democracia ofrece a los ciudadanos un instrumento para corregir el rumbo: las urnas. Corresponderá a los españoles decidir cuándo consideran que ha llegado el momento de abrir una nueva etapa. Lo que resulta indiscutible es que ningún Gobierno puede permitirse vivir ajeno a la realidad de la nación que gobierna.
Porque cuando un país arde, cuando sus fronteras se tensan, cuando su soberanía se cuestiona y cuando la preocupación se instala entre millones de ciudadanos, lo último que esperan de su presidente es una lista de canciones para amenizar el verano. Esperan liderazgo. Esperan firmeza. Esperan un Gobierno que gobierne.