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Tamariz y la última magia de nuestra infancia

Tamariz y la última magia de nuestra infancia
por Javier Garcia Isac
26 de agosto de 2026 a las 10:00
opinion

Me he enterado de su fallecimiento y mi primera reacción ha sido probablemente la misma que la de muchos españoles de mi generación

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Hay noticias que uno recibe como una noticia y otras que recibe como un pedazo de su propia vida que se marcha. La muerte de Juan Tamariz pertenece a estas últimas.

Me he enterado de su fallecimiento y mi primera reacción ha sido probablemente la misma que la de muchos españoles de mi generación: ¿pero cuántos años tenía Tamariz?

Tenía 83.

Y entonces llega el segundo pensamiento, bastante más incómodo. Uno empieza a hacer cuentas. Mira hacia atrás. Recuerda aquellos años setenta que siguen pareciéndonos anteayer y descubre, con cierta incredulidad, que los niños que entonces nos sentábamos delante del televisor somos ahora quienes escribimos los obituarios de aquellos que nos entretenían.

Quizá esa sea una de las maneras más crueles que tiene el calendario de recordarnos que también nosotros vamos cumpliendo años.

Juan Tamariz se ha marchado este 18 de agosto en Madrid. Había nacido en 1942 y fue muchísimo más que aquel personaje de pelo largo, gafas, sonrisa traviesa y chistera que conocimos en televisión. Juan Tamariz me recordaba siempre a mí tío José Manuel Isac, un parecido increíble. Tamariz fue uno de los grandes especialistas mundiales en cartomagia, ganador del Premio Mundial de Cartomagia en París en 1973 y maestro de varias generaciones de ilusionistas. Pero para muchos de nosotros fue algo mucho más sencillo y, precisamente por eso, mucho más importante: fue el mago de nuestra infancia.

Los niños de entonces tuvimos nuestros juegos de magia.

Aquellas cajas que aparecían alguna Navidad o algún cumpleaños y que convertían durante unas horas el salón de casa en el escenario de un teatro. Había cartas, cuerdas, pequeños recipientes, objetos que desaparecían —o que nosotros creíamos hacer desaparecer— y unas instrucciones que intentábamos aprender antes de llamar solemnemente a nuestros padres para comenzar la función.

Todos queríamos hacer magia.

Y casi ninguno sabía hacerla.

Pero daba exactamente igual.

Porque la verdadera magia estaba precisamente allí: en creer durante unas horas que podíamos ser Tamariz.

Había algo extraordinariamente entrañable en aquel hombre que parecía disfrutar todavía más que los espectadores de sus propios trucos. Tamariz no adoptaba la solemnidad misteriosa del mago clásico. Parecía un niño grande que hubiera descubierto un secreto maravilloso y estuviera deseando compartirlo con nosotros.

Su violín imaginario, sus gestos, sus carcajadas, su manera de mirar al espectador después de conseguir lo imposible, todo en él era pura magia.

Todo aquello forma parte de nuestra memoria sentimental.

Y al escribir hoy sobre él resulta inevitable pensar en todos los demás.

En Fofó, cuya muerte en 1976 produjo una tristeza difícil de explicar hoy a quien no viviera aquella España. Millones de niños sintieron entonces que se había muerto alguien de su propia familia. Después fueron desapareciendo Gaby, Miliki y tantos otros rostros asociados a aquellos años.

Pienso también en María Luisa Seco, en aquella televisión infantil que acompañaba nuestras tardes. En Gloria Fuertes, que por lo menos a mí no me emocionaba, pero mis padres querían que la escucharemos, como si él mero hecho de hacerlo nos hiciera amar la poesía.

Y, naturalmente, en Félix Rodríguez de la Fuente.

Su muerte fue distinta. Repentina, trágica, prematura. Félix se marchó en 1980, en Alaska, cuando apenas tenía 52 años. Para quienes éramos jóvenes aquello resultaba incomprensible. El hombre que nos había enseñado a mirar un águila, un lobo o una montaña de otra manera sencillamente había desaparecido.

Con ellos se ha ido marchando poco a poco nuestro paisaje infantil.

Unos demasiado pronto.

Otros, afortunadamente, después de una vida larga.

Pero cada vez que desaparece uno de aquellos personajes sucede algo curioso: durante unos segundos dejamos de tener la edad que figura en nuestro documento de identidad.

Volvemos a tener ocho, diez o doce años.

Volvemos al salón de casa.

Volvemos a aquel televisor que probablemente tenía dos canales y que, aunque parezca imposible explicárselo a los jóvenes de hoy, nos parecía suficiente.

No había plataformas, centenares de canales, teléfonos móviles ni algoritmos decidiendo qué debíamos ver a continuación.

Esperábamos.

Hasta para ver la televisión había que saber esperar.

Y quizá por eso recordamos tanto lo que veíamos.

Pero existe además algo de aquella televisión que hoy echo especialmente de menos.

Nos entretenían sin pretender educarnos políticamente.

Parece una cuestión menor y no lo es.

Los payasos querían hacernos reír.

Félix Rodríguez de la Fuente quería enseñarnos la naturaleza y transmitirnos su pasión por los animales.

Los presentadores infantiles querían acompañarnos.

Y Tamariz quería dejarnos con la boca abierta.

Nada más.

Y nada menos.

No necesitábamos que cada espacio televisivo nos explicara cómo debíamos pensar, qué causas políticas debíamos abrazar o cuáles eran las ideas moralmente aceptables de aquella semana.

La televisión infantil pretendía fundamentalmente una cosa maravillosa: entretener a los niños.

Qué concepto tan revolucionario parece ahora.

Naturalmente aquella España tenía problemas. Muchos. No pretendo construir desde la nostalgia un paraíso que probablemente nunca existió, pero que posiblemente, éramos mucho más libres e inocentes que ahora. Pero había una cierta inocencia en el entretenimiento que hemos perdido.

El humor podía ser blanco sin resultar cursi.

La divulgación podía transmitir valores sin convertirse en propaganda.

Y la magia podía consistir simplemente en sacar una carta imposible de una baraja mientras un señor de pelo alborotado se reía delante de millones de españoles.

Tamariz pertenecía a esa España.

Por eso su muerte produce una tristeza diferente.

No lloramos únicamente al extraordinario mago.

Lloramos discretamente al niño que fuimos.

Ese niño que permanece escondido en algún rincón y que reaparece cuando escucha determinadas canciones, encuentra un juguete antiguo en un cajón o contempla la fotografía de alguien que llevaba cincuenta años formando parte de su vida sin que prácticamente se diera cuenta.

Uno continúa sintiéndose joven.

Ese es probablemente uno de los grandes trucos de magia de la existencia.

Cumplimos años pero interiormente conservamos edades diferentes. Seguimos teniendo algo del adolescente que fuimos, del joven de veinte años, del hombre de treinta y, también, del niño que intentaba hacer desaparecer una moneda después de haber visto a Tamariz.

Hasta que llega una noticia como la del día 18 de agosto.

Juan Tamariz ha muerto.

83 años.

Y hacemos cuentas.

Maldita costumbre.

Porque entonces descubrimos que tampoco nosotros estamos ya tan lejos de las edades que antes considerábamos propias exclusivamente de nuestros padres y abuelos.

Los héroes de nuestra infancia envejecieron mientras nosotros estábamos ocupados viviendo.

Y nosotros envejecimos con ellos sin apenas advertirlo.

Esa es quizá la melancolía que deja hoy Tamariz.

La constatación de que aquella España de nuestra infancia va quedándose definitivamente sin protagonistas.

Pero también queda el agradecimiento.

Gracias a Fofó por aquellas canciones.

Gracias a Miliki y Gaby por tantas risas.

Gracias a María Luisa Seco por aquellas tardes.

Gracias a Félix por enseñarnos que detrás de cada montaña podía comenzar una aventura.

Y gracias a Juan Tamariz por convencernos de que dentro de una simple baraja podía esconderse un universo entero.

Fueron parte de una generación de artistas, comunicadores y divulgadores que entraban en nuestras casas sin estridencias.

No necesitaban escandalizar.

No necesitaban dividir.

No necesitaban decirnos a quién debíamos odiar.

Sólo necesitaban nuestro asombro.

Y nosotros se lo entregábamos encantados.

Hoy se marcha Juan Tamariz, maestro de magos.

Quizá en alguna casa permanezca todavía olvidada una vieja caja de magia de aquellos años. Puede que falte alguna carta, que las instrucciones estén amarillentas y que nadie recuerde ya cómo funcionaban los trucos.

No importa.

El mejor truco salió bien.

Han pasado cincuenta años y seguimos recordándolo.

Descanse en paz, maestro.

Y gracias por la magia.

Por la de las cartas, naturalmente.

Pero, sobre todo, por aquella otra mucho más difícil de ejecutar: la de conseguir que, durante unos minutos, volviéramos a ser niños. Ese ha sido probablemente su último truco de magia en este mundo.



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