Hubo un tiempo en que Europa creyó que podía suicidarse moralmente y llamarlo progreso. Hubo un tiempo en que una parte de la juventud occidental, nacida en la comodidad, educada en universidades pagadas por el esfuerzo de sus padres y protegida por la prosperidad de las democracias europeas, decidió jugar a la revolución mientras otros pueblos sufrían de verdad las consecuencias del comunismo. Aquel tiempo tuvo un nombre: Mayo del 68.
En mayo de 1968, Francia vivió una de las mayores convulsiones sociales de su historia reciente. París se convirtió en un campo de batalla. Barricadas, adoquines levantados, coches volcados, incendios, universidades ocupadas, huelgas masivas y una violencia callejera que dejó más de mil detenidos y cientos de heridos. La capital francesa apareció devastada por una generación que decía luchar por la libertad mientras abrazaba las doctrinas totalitarias más sanguinarias del siglo XX.
Aquellos jóvenes revolucionarios no soñaban con más democracia ni con una sociedad más justa. Muchos soñaban con Cuba, con Mao, con Ho Chi Minh, con el Che Guevara, con la revolución permanente, con la destrucción del orden occidental y con el derrumbe de todo lo que había construido Europa tras la Segunda Guerra Mundial. Desde los cómodos cafés del Barrio Latino admiraban a dictadores comunistas responsables de millones de muertos. Mientras en Occidente podían manifestarse, estudiar y vivir con libertad, idolatraban sistemas donde la disidencia terminaba en el gulag, en el paredón o en los campos de reeducación.
Aquello no fue una revolución heroica. Fue, en gran medida, la rebelión de los hijos aburridos de la burguesía occidental. Niños de papá jugando a ser revolucionarios con el dinero de sus familias. Jóvenes que despreciaban el esfuerzo, la disciplina, la nación, la autoridad y la tradición porque jamás habían conocido el hambre, el miedo o la guerra. Querían destruir una civilización que precisamente les permitía rebelarse contra ella.
Charles de Gaulle comprendió rápidamente el peligro. Francia estuvo al borde del colapso institucional. El Partido Comunista Francés agitaba el ambiente desde la sombra, los sindicatos paralizaban el país y la extrema izquierda soñaba con convertir París en una especie de laboratorio revolucionario europeo. No era únicamente una protesta estudiantil: era un intento de demolición moral y política de Occidente. Hoy, con la perspectiva del tiempo y el transcurrir de los años, vemos que parte de ese fracaso de mayo del 68, ha triunfado ahora dentro de la Unión Europea, en forma de políticas wok y globalistas que hacen las delicias de la izquierda europea. Han conseguido esa demolición moral y política de Occidente, aunque tengo dudas de si el resultado final era el esperado por esos jóvenes de Mayo del 68.
Porque Mayo del 68 no sólo dejó disturbios. Dejó algo mucho más profundo: sembró las bases culturales de una sociedad sin raíces, sin autoridad y sin identidad. Aquella revolución cultural atacó la familia, la religión, la patria, la moral tradicional y cualquier forma de orden estable. Bajo lemas aparentemente libertarios se escondía un profundo odio hacia la civilización europea y cristiana.







