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Las señales y el retrovisor de la historia

Las señales y el retrovisor de la historia
porEDATV
opinion

Por: Jota Camacho

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¿Saben ese momento en el que uno viaja por la autovía, con la mente flotando entre el paisaje y la música de la radio, y de repente divisa la señal metálica que reza, «120»? Estoy seguro de que la han visto millares de veces. Ya, ya lo sé. La normativa exige que el recordatorio esté allí, puntual, en cada incorporación y tras cada tramo de kilómetros. Yo también pasé por la autoescuela hace ya unas cuantas décadas, tomé mis notas y aprobé aquel examen.

Sin embargo, hay algo detrás de esa burocracia urbanística que trasciende la mera decoración de nuestras carreteras. Habla de la seguridad vial, desde luego, pero sobre todo habla de nuestra condición como seres humanos. Es la constatación de una debilidad: la necesidad de recordar constantemente aquello que ya deberíamos tener interiorizado. Nos retrata como una especie tan inmadura que requiere de un tutor clavado en la cuneta para no terminar desguazada en la primera curva. Deberíamos ser capaces de autorregularnos por pura lógica y aprecio a la vida, sin depender del estímulo visual del castigo o la norma. Pero no es así.

¿Y a qué viene esta disertación que, de entrada, podría parecerles el desvarío de un conductor nostálgico o una pieza vacía de civismo? Permítanme que baje la ventanilla y me presente de verdad, aunque muchos de los que me siguen en esta casa ya conocen mis coordenadas. Yo no nací en este bellísimo país que hoy considero mi tierra. Nací en Colombia hace cuarenta y seis años. Y salí de allí porque la vida se había vuelto un asunto impracticable. La violencia y la inseguridad habían colonizado todos los estratos posibles: el jurídico, el social, el económico y el sanitario. Cuando el entorno se pudre, por muchas intenciones, talento y honestidad que lleves en la maleta para salir adelante, el destino se vuelve de plomo. Lo tienes crudo.

Hay un nombre propio que explica por qué hoy les escribo estas líneas desde Madrid y no desde Bogotá: Pablo Escobar Gaviria. Ese malnacido no sólo dinamitó nuestra infraestructura y nuestra economía; inoculó un veneno en la sangre de varias generaciones. Su herencia no fue sólo el terror del coche bomba, sino algo mucho más sibilino y devastador: la cultura del dinero fácil, el culto al atajo y un desprecio por la dignidad y la vida del prójimo. Ese monstruo instauró en nuestra idiosincrasia un gen perverso que tardará siglos en ser completamente erradicado. Colombia era un remanso de gente buena, trabajadora, inocente y pujante. Y este sujeto fundó una industria maldita que reemplazó los cultivos de café por hectáreas de cocaína, sustituyendo a ciudadanos con ganas de doblar el lomo por delincuentes con prisa por enriquecerse.

Es muy difícil encontrar a un colombiano que creciera en los años ochenta o noventa que no tuviera un contacto estrecho, directo o colateral, con el fango de la droga. Si no te la ofrecían para el consumo, te tentaban para venderla, o te proponían el pasaporte hacia Europa o Estados Unidos con el estómago lleno de cápsulas. El narcotráfico se convirtió en la atmósfera respirable de una economía de guerra. Agradezco a Dios que me desviara de aquellos senderos colonizados por la codicia y la muerte.

Existe una serie de televisión en el catálogo de Netflix, titulada El patrón del mal, que acostumbro a recomendar. Es una obra donde Andrés Parra realiza una interpretación magistral, clavando el alma oscura del criminal. Recomiendo verla porque relata de forma dolorosamente fiel el conflicto al que cincuenta millones de almas nos vimos sometidos por culpa de aquel hijo de mil padres. En mi casa se ha convertido en una liturgia; la veo cada dos años y, precisamente ayer, apagué el televisor tras ver el último de sus setenta y cuatro episodios.

Muchos amigos me preguntan: ¿Por qué insistes en verla cada dos años si ya te la sabes de memoria? ¿Si conoces el principio, el final, el recuento preciso de los miles de muertos que ocasionó Escobar y hasta los diálogos enteros? La respuesta es muy sencilla: porque opera en mí exactamente igual que esa señal de tráfico de «120». Me recuerda cuáles son las normas de la civilización y cuáles son las consecuencias exactas de pisar el acelerador de la degradación moral. Me recuerda por qué tuve que huir de mi patria nativa y por qué ese territorio bendecido por la geografía no es hoy una potencia mundial, sino un país exhausto que lleva más de medio siglo intentando llegar a fin de mes, atrapado entre las garras de la guerrilla y el narcotráfico.

Y ahora, queridos lectores, dejen que los mire a los ojos a través de estas líneas y les traslade la pregunta incómoda: ¿Ustedes están viendo las señales en España, o es que la velocidad de la crispación les ha nublado la vista?

Ustedes tienen abuelitos que sobrevivieron a una terrible guerra civil. Muchos de ustedes han tenido la inmensa fortuna de escuchar, sentados en sus regazos, lo mal que lo pasaron. Les contaron el hambre, el miedo, la cartilla de racionamiento y el luto, independientemente del bando en el que les tocara trinchera, porque el sufrimiento no entiende de carnés de partido. Aquella tragedia la prendieron cuatro desalmados soberbios y la continuaron miles de incrédulos que marcharon al frente obnubilados por ideales que ambos bandos creían sagrados e incuestionables. Tienen también una filmografía inmensa y una literatura vasta que retrata esa historia oscura; algunas obras son arte puro, otras son propaganda barata y basura ideológica, pero todas, en su conjunto, deberían funcionar como esos carteles metálicos de la autovía: avisos para levantar el pie del acelerador antes de que el coche de la convivencia estrelle su chasis contra el muro de la historia.

¿Ven a dónde quiero llegar? Estamos metiendo la pata. De un lado y del otro. De un bando y del otro, si es que prefieren el lenguaje trinchero que hoy tanto cotiza en el mercado parlamentario.

Vamos de cabeza a repetir la historia porque sufrimos de una amnesia colectiva galopante, esa misma patología que el progresismo actual disfraza de memoria democrática, mientras reescribe el pasado para romper el presente. En Colombia llevamos en bucle más de medio siglo; en Cuba el reloj se detuvo en una tiranía gris; en Venezuela parecen atisbarse destellos de dignidad, pero el monstruo populista es duro de pelar. Señores, las señales del desastre están parpadeando en el salpicadero de España y no son un elemento de atrezo urbanístico. Si no acabamos de raíz con la corrupción institucionalizada, si no volvemos a centrarnos en el bienestar real de la nación y en el porvenir de las nuevas generaciones, vamos enfilados como un cohete, utilizando la desafortunada metáfora del señor Sánchez, pero directos hacia el abismo de la fractura civil.

Sé perfectamente lo que algunos de ustedes estarán murmurando entre dientes. Ya está aquí el facha este de las columnas. Miren, les aseguro que hoy no les escribo desde ninguna trinchera ideológica, ni con el carné de la derecha entre los dientes. Les escribo como un hombre irremediablemente enamorado de esta maravillosa tierra que me acogió y a la que amo con una locura patria que ya querrían para sí muchos de los que presumen de DNI autóctono.

Amo este país donde se come de manera celestial en el último rincón de cualquiera de sus provincias, ya sea en el norte verde o en el sur encendido. Amo a esta gente que te ayuda en la esquina de cualquier pueblo cuando te detienes a pedir una dirección, sin preguntar antes a qué partido vota o qué opina de los Presupuestos Generales del Estado. Amo la riqueza de unos acentos que son música se levante uno donde se levante. Entiendo perfectamente a los jubilados y veraneantes europeos que cruzan el continente para gastar sus últimos años al amparo de nuestras playas, nuestro clima y una historia, una orografía y una arquitectura que son la envidia del globo terráqueo. Todo ese patrimonio incalculable de paz y bienestar es lo que nos estamos cargando por empeñarnos en resucitar fantasmas, por pelearnos por Franco y por la Pasionaria.

A ver si despertamos de una vez por todas del letargo y tenemos la madurez de desalojar del Gobierno a los corruptos que están subastando España por parcelas para mantener un Falcon con el depósito lleno. Que gobiernen otros. Se los digo con el corazón en la mano: me importaría bien poco que esos otros fueran de izquierdas, siempre y cuando fueran personas íntegras, decentes y que amaran a España por encima de sus siglas. El drama estriba en que, si uno otea el horizonte político actual, esa izquierda nacional, noble y sensata no aparece por ninguna parte, devorada por el sectarismo y el delirio woke. Yo me ubico en la derecha porque considero que hoy es el espacio que mejor custodia el respeto a la ley, a la historia y el amor a este país; no porque esté en contra de la sanidad pública, del bienestar social o de la ayuda al prójimo. Eso último lo entiende cualquiera que tenga dos dedos de frente y un mínimo de compasión cristiana, no hace falta tener estudios superiores para comprenderlo.

Pónganse, por un instante, la mano en el pecho antes de irse a dormir. ¿Qué tipo de tierra le quieren legar a sus hijos? ¿Un país enconado, atrapado en un conflicto de cincuenta años como el que a mí me dejaron mis mayores? Seamos adultos, seamos responsables con el discurso que aireamos en las comidas familiares de los domingos, seamos serios con el voto que depositamos en las urnas y, sobre todo, mantengamos limpia la conciencia social y el amor por la tierra que nos vio nacer o que nos adoptó, como es mi caso.

España es demasiado grande para que la achiquen los mediocres. Vivan las dos Españas, la de derechas y la de izquierdas, siempre que ambas sepan sentarse a la mesa, respeten las reglas del juego y compartan el mismo orgullo de pertenecer a esta vieja y hermosa nación. Levanten el pie del acelerador, miren la señal de tráfico y conservemos el coche entero.


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