Hay fechas que no se olvidan jamás. Fechas que quedan grabadas en la memoria con fuego lento, con ese dolor sereno que no desaparece nunca, aunque aprenda uno a convivir con él. Hoy, dieciocho de mayo, se cumplen veinticinco años de la muerte de mi padre, Francisco García Gómez. Veinticinco años ya. Un cuarto de siglo. Dicho así parece una eternidad. Y sin embargo, para mí, hay días en los que parece que fue ayer. Volviendo la vista atrás, casi he pasado más vida sin él que junto a su lado
Recuerdo que hace diez años, cuando se cumplían quince desde su partida, ya escribí sobre él. Lo hice movido por la misma necesidad que hoy me empuja de nuevo: la necesidad de recordar, de agradecer, de conversar con su memoria. Porque hay personas que se marchan físicamente, pero nunca se van del todo. Permanecen en cada gesto, en cada enseñanza, en cada duda, en cada silencio y en cada mañana.
Y yo, todas las mañanas, sigo acordándome de mi padre.
No hay jornada en la que de una forma u otra no aparezca su recuerdo. Cuando surge un problema. Cuando llega una dificultad. Cuando la vida aprieta. Cuando uno se siente cansado. Cuando hay que tomar una decisión importante. Entonces, casi sin querer, pienso en él. En qué me diría. En cómo reaccionaría. En esa mezcla tan suya de dureza y ternura, de humanidad y torpeza, de cariño sincero y errores inevitables.
Porque mi padre no fue un hombre perfecto. Y quizá por eso fue tan importante para mí.
No lo recuerdo como una figura lejana, solemne o inaccesible. Lo recuerdo como algo mucho más valioso: como un padre que terminó siendo amigo. Como un hombre de carne y hueso, con sus virtudes y sus muchos defectos, con sus aciertos y muchas equivocaciones. Un hombre al que la vida no siempre trató bien, y que tampoco siempre supo tratar bien a la vida. Pero que tuvo algo que no abunda: verdad.
Mi padre era verdad.
Nunca fingió ser lo que no era. Nunca se disfrazó de personaje. Nunca buscó aparentar perfección. Siempre alegre, aunque sin motivo, siempre feliz, aunque la preocupación le comiera por dentro. Y eso, con el paso de los años, lo valoro más que nunca. En un mundo lleno de máscaras, él fue auténtico. A veces demasiado auténtico. A veces incluso hasta hacerse daño. Pero real.
De él aprendí muchas cosas. Algunas por imitación. Otras por contraste.
Me enseñó qué había que hacer, sí. Pero sobre todo me enseñó qué no había que hacer en la vida. Y lo hizo de la manera más honesta que puede hacerlo un padre: reconociendo sus propios errores. Cuántas veces me dijo aquello de: “Hijo, nunca hagas lo que yo hice”.
Esa frase encierra una sabiduría inmensa.
Porque solo los hombres humildes son capaces de reconocer ante sus hijos sus fallos. Solo los hombres valientes se atreven a advertir desde sus propias heridas. Muchos padres pretenden parecer infalibles ante sus hijos. El mío no. El mío me enseñó desde la cicatriz. Y eso vale más que mil discursos.
Gracias a él comprendí pronto que la vida no regala nada. Que cada decisión tiene consecuencias. Que los caminos fáciles suelen salir caros. Que la dignidad no se negocia. Que uno puede caer, pero nunca arrastrarse. Que el respeto se gana. Que la palabra dada importa. Y que por encima de todo, un hombre debe mirar de frente.
También me enseñó, quizá sin proponérselo, a ser fuerte.
Porque perder a un padre deja un vacío imposible de llenar. Y perderlo cuando todavía lo necesitas, más aún. Uno nunca está preparado para despedirse de su padre. Da igual la edad que tenga. Siempre queda algo por decir, algo por preguntar, algo por compartir. Siempre queda una conversación pendiente.
Han pasado veinticinco años y sigo teniendo conversaciones con él. No en voz alta, aunque a veces casi. Conversaciones interiores. Le hablo cuando dudo. Le consulto cuando me siento perdido. Le recuerdo cuando consigo algo importante. Y le echo de menos cuando la vida golpea. Lo cierto es que nuestra relación se estrechó en sus últimos años de vida, en la que convivimos muy intensamente, y cuando se fue, tuve la sensación de haber perdido a un hijo, a un padre, a un amigo.
Hay quienes creen que el tiempo lo cura todo. No es verdad.







