Hay una forma de silencio que no es ausencia de ruido, sino demostración de culpabilidad. Es ese sólido y espeso silencio de los despachos de la Moncloa cuando la realidad desborda el relato oficial y los muertos empiezan a estorbar en la aritmética. Lo tuvimos en Valencia, donde el fango no solo ha sepultado hogares, sino que ha servido de argamasa para que este Ejecutivo levante un muro de opacidad sin precedentes. El domingo pasado tuve el privilegio de asistir a la premier del nuevo documental de la productora de Miguel Rix. Allí, rodeado de su familia, su mujer Cristina y su hijo Iván, esa buena familia que ha hecho de la resistencia una forma de vida, pude confirmar lo que muchos sospechábamos: que en España la tragedia se maquilla.
Lo que Rix proyecta en la pantalla es una autopsia. Una disección honesta de cómo este Gobierno parece (¿o no sólo lo parece?) tratar como el arte del engaño hasta límites criminales. Mientras los valencianos contaban desaparecidos en sus garajes inundados, la maquinaria de propaganda de Sánchez se dedicaba a pulir el cristal de su propia imagen, filtrando cifras a cuentagotas y silenciando el hedor de una negligencia que prefirió el cálculo electoral al despliegue militar inmediato. "Si necesitan ayuda, que la pidan", dijo mientras el agua aún reclamaba vidas. Esa frase no fue un error de comunicación; fue la declaración de principios de un payaso que desprecia al ciudadano.
A Miguel Rix y a un servidor nos une una amistad forjada en las trincheras de la disidencia. Ambos sabemos lo que es nadar contra la corriente del pensamiento único. Al igual que Miguel disecciona en sus documentales las cloacas de la Agenda 2030, yo he tenido que descender a los infiernos de la realidad judicial para dar voz a quienes el sistema prefiere mudos. Quien haya transitado por las páginas de mi obra "Relatos de un maltratador", (disponible en mi web www.relatosdeunmaltratador.com para quien aún busque la verdad sin ideologías zurdas) sabrá que la justicia en este país ha dejado de ser ciega para convertirse en una comisaria política con perspectiva de género. No es muy distinto a lo que ocurre hoy en Valencia: se impone una narrativa oficial, se criminaliza al que duda y quizá se ocultan los datos que no encajan en el BOE.
La conexión entre el lodo de Valencia y las cenizas de nuestros montes es tan evidente como aterradora. Nos venden que España arde por culpa de un cambio climático apocalíptico, un ente invisible al que culpar de todos los males mientras ellos se pasean en Falcon. Pero los datos que el Gobierno según parece entierra bajo toneladas de propaganda verde, dicen otra cosa. Los incendios no son el fruto de un grado más en el termómetro; son, en su inmensa mayoría, obra de pirómanos y de una gestión forestal que ha abandonado intencionadamente el campo a su suerte. Sin embargo, lo más escandaloso es el después. Curiosamente, allí donde ayer había un bosque milenario, mañana brotan como setas de acero los parques eólicos de las multinacionales amigas del régimen. Es la demolición planificada de nuestra soberanía energética y rural disfrazada de urgencia planetaria.
Este es el modus operandi de una ingeniería social que Miguel Rix expone con una valentía suicida. Sus documentales deberían ser de visionado obligatorio para todo aquel que no quiera ser un mero figurante en la destrucción de su propio país. Rix no tiene detrás los fondos europeos ni el apoyo del Ministerio de Cultura; se financia con las uñas, con el apoyo de espectadores que, hartos de la televisión del régimen, buscan un refugio de honestidad. Es la misma lucha que yo mantengo desde mi web. Cada ejemplar de mi publicación troll: “527 logros del Ministerio de Igualdad" que llega a manos de un lector es un pequeño golpe al mentón de este sistema clientelar de ese chiringuito. En ese libro en blanco expongo, con la mordacidad que requieren estos tiempos, cómo el dinero público se diluye en chiringuitos ideológicos mientras la seguridad real de la mujer y la presunción de inocencia del hombre saltan por los aires en un circo mediático sin precedentes.
La hipocresía de este Gobierno es infinita. Se llenan la boca con la España vaciada mientras firman leyes inspiradas por la Agenda 2030 que prohíben al ganadero limpiar su monte y al agricultor proteger sus cultivos. Quieren un campo vacío, un desierto de placas solares y molinos que alimenten las ciudades mientras el sector primario agoniza. Y cuando la naturaleza reclama su lugar, como en la DANA, utilizan los muertos para justificar más impuestos verdes y más control social. Es un círculo vicioso de cinismo absoluto.







