El 25 de abril de 1974 —no el veinte, como a veces se repite— Portugal vivía uno de los episodios más mitificados de la historia contemporánea europea. Aquella jornada, bautizada con lirismo como “Revolución de los Claveles”, ha sido presentada durante décadas como una transición pacífica hacia la democracia. Sin embargo, bajo ese relato edulcorado se esconde una realidad mucho más compleja: un golpe de Estado militar impulsado por sectores ideologizados que condujo al país a años de inestabilidad, radicalización política y descomposición de su imperio ultramarino.
El Portugal de Salazar: orden, estabilidad y modernización
Para comprender lo ocurrido en 1974 es imprescindible retroceder varias décadas y analizar la figura de António de Oliveira Salazar. Un personaje incómodo para la historiografía dominante, pero absolutamente central en la historia portuguesa del siglo XX.
Salazar accede al poder en 1932, en un contexto de caos político, crisis económica y descomposición institucional. Portugal, como tantas naciones europeas en entreguerras, sufría inestabilidad crónica, gobiernos efímeros y una economía prácticamente colapsada.
El profesor de Economía de Coimbra impone entonces un modelo autoritario, sí, pero también profundamente estabilizador. Su régimen —el Estado Novo— se basaba en el orden, el control del gasto público, el equilibrio presupuestario y una visión nacional profundamente arraigada en la tradición.
Bajo su mandato:
Se sanean las cuentas públicas.
Se estabiliza la moneda.
Se impulsa una modernización progresiva del país.
Se evita que Portugal caiga en las convulsiones ideológicas que arrasaron Europa.
Portugal no participó en la Segunda Guerra Mundial y mantuvo una neutralidad que permitió preservar su estructura económica y social.
Salazar no fue un líder perfecto —ningún gobernante lo es—, pero sí logró sacar a Portugal del atraso estructural y dotarlo de una estabilidad desconocida hasta entonces.
El ocaso de un régimen: enfermedad, desgaste y vacío de poder
El problema del sistema salazarista no fue tanto su origen como su final. En 1968, Salazar sufre un grave accidente cerebral que le incapacita para gobernar. Aunque formalmente es sustituido por Marcelo Caetano, la realidad es que el régimen entra en una fase de indefinición.
Se produce entonces:
Un desgaste progresivo del sistema.
La presión internacional contra el colonialismo.
El cansancio del ejército por las guerras en África (Angola, Mozambique, Guinea-Bisáu).
La infiltración ideológica en sectores militares.
Portugal comienza a perder el control del rumbo político. El liderazgo fuerte de Salazar desaparece y lo sustituye una gestión dubitativa, incapaz de responder a los desafíos del momento.
El 25 de abril de 1974: ¿revolución o golpe de Estado?
La narrativa oficial habla de una revolución pacífica, de soldados con claveles en los fusiles y de un pueblo liberado. Pero conviene no dejarse engañar por la estética.
Lo que ocurre ese día es, en esencia:
Un levantamiento militar organizado por el Movimiento de las Fuerzas Armadas (MFA).
La caída del gobierno legítimo de Caetano.
La toma del poder por una junta militar.
Es decir, un golpe de Estado.
El hecho de que fuera relativamente incruento no cambia su naturaleza. No fue una transición democrática espontánea, sino una ruptura del orden institucional impulsada por sectores militares, muchos de ellos claramente influenciados por el marxismo.
El PREC: cinco años de deriva revolucionaria
Tras el golpe, Portugal entra en un periodo conocido como el Proceso Revolucionario en Curso (PREC) (1974-1976), una etapa que desmiente por completo el relato idílico.
Durante esos años:
Se producen nacionalizaciones masivas.
Se ocupan tierras y propiedades.
Se intenta instaurar un modelo cercano al comunismo.
El país vive una profunda inestabilidad política.
Portugal estuvo, literalmente, al borde de convertirse en una república de corte soviético en Europa Occidental.







