Los romanos, que en cuestiones de poder sabían bastante más que nosotros en la actualidad, dejaron escrita una de las verdades políticas más resistentes al paso del tiempo. El poeta Juvenal observó que el ciudadano había renunciado a buena parte de su capacidad de vigilancia sobre los asuntos públicos a cambio de dos cosas muy simples: pan y circo. Alimento para garantizar la tranquilidad material y espectáculo para mantener ocupada la atención. Han transcurrido casi dos mil años desde entonces, han desaparecido los emperadores, las cuadrigas y los gladiadores, pero el mecanismo continúa intacto.
Naturalmente, las democracias modernas no funcionan como la Roma imperial. Nadie reparte trigo desde el balcón de un palacio para comprar la paz social ni organiza combates en el Coliseo para evitar revueltas populares, ¿o sí? La técnica se ha refinado. Hoy el ciudadano dispone de más información que nunca, pero también de más distracciones que en cualquier otro momento de la historia. Y ahí está la paradoja actual: nunca fue tan fácil acceder a los hechos y nunca resultó tan sencillo perderlos de vista.
Hablar de cortinas de humo no significa afirmar que todo acontecimiento relevante sea una conspiración. Sería una visión infantil de la política. Las cortinas de humo más eficaces ni siquiera necesitan ser fabricadas. A menudo aparecen solas. Lo único que debe hacer el poder es aprovecharlas. Si una noticia capaz de monopolizar la conversación pública surge en el momento oportuno, cualquier gobierno del mundo, sea de izquierdas o de derechas, respirará aliviado.
Y pocas veces se habrá encontrado el Gobierno español con una combinación tan providencial como la de este comienzo de junio. Por un lado, la visita de Su Santidad León XIV a España. Por otro, el inicio de un Mundial de fútbol gigantesco que durante semanas absorberá horas de televisión, portadas, tertulias y conversaciones cotidianas. Entre ambos acontecimientos existe capacidad suficiente para desplazar prácticamente cualquier otro asunto del debate público.
La cuestión no es si la visita del Papa merece atención. Evidentemente la merece. Nos encontramos ante el líder espiritual de más de mil millones de personas y ante la máxima autoridad de una institución que lleva dos milenios influyendo en la historia de Occidente. Tampoco se trata de discutir la importancia del Mundial. El fútbol constituye probablemente el mayor fenómeno de masas del planeta. Millones de personas organizarán horarios, viajes y reuniones en torno a los partidos. Ambas noticias son relevantes por derecho propio.
La pregunta es otra: ¿qué ocurre con todo lo demás mientras tanto?
Porque mientras las cámaras enfocan la llegada del Pontífice, las investigaciones judiciales siguen avanzando. Mientras se analizan homilías, discursos y encuentros diplomáticos, los tribunales continúan trabajando. Mientras los informativos dedican minutos interminables a las ceremonias religiosas y a las alineaciones de las selecciones nacionales, las explicaciones pendientes no desaparecen, simplemente dejan de ocupar espacio.
Durante años, buena parte de la izquierda política española ha contemplado la tradición cristiana con distancia, incomodidad y, en ocasiones, abierta hostilidad. Las referencias religiosas han sido presentadas frecuentemente como vestigios de un pasado que convendría superar. Sin embargo, cuando la figura del Papa resulta políticamente útil, las diferencias parecen diluirse con rapidez.
La reciente aproximación del Gobierno a León XIV ilustra perfectamente este fenómeno. De repente, el Vaticano vuelve a convertirse en una referencia moral respetable. De repente, las palabras del Pontífice adquieren una relevancia extraordinaria. De repente, los encuentros institucionales se llenan de solemnidad, respeto y gestos cuidadosamente medidos para las cámaras. Nada de ello tiene necesariamente algo de malo. Lo que resulta curioso es la velocidad con la que algunos descubren virtudes en instituciones que hasta ayer consideraban poco menos que reliquias incómodas del pasado.
La explicación no es teológica sino política. El interés no reside en la dimensión espiritual del acontecimiento sino en su extraordinaria utilidad mediática. Al fin y al cabo, pocas imágenes transmiten mayor sensación de estabilidad institucional que un jefe de gobierno fotografiándose junto al líder de la Iglesia Católica. Pocas estampas proyectan tanta normalidad en momentos de turbulencia.
Pero si la visita papal constituye una magnífica distracción temporal, el Mundial representa algo aún más poderoso. El fútbol posee una capacidad única para colonizar la conversación pública. Ninguna serie de televisión, ninguna película, ninguna campaña institucional consigue lo que logra un gran torneo internacional. Durante semanas enteras, millones de personas discutirán estrategias, resultados, arbitrajes y clasificaciones. Las emociones colectivas alcanzarán temperaturas difíciles de igualar por cualquier otro fenómeno social.







