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La lengua del poder

La lengua del poder
Ilustración de José Rivela Rivela
porEDATV
opinion

Por José Rivela Rivela (el cronista apartado)


Hay coronas que no se sostienen sobre la cabeza, sino sobre el miedo.

Y hay hombres —demasiados— que, antes de inclinar la frente, inclinan la lengua.

El poder no empieza en los palacios. Empieza en la palabra. En ese instante casi invisible en el que alguien deja de nombrar lo que ve para repetir lo que oye. Ahí nace el orden. Ahí comienza la obediencia.

Fernando Arrabal lo entendió como pocos. En La marcha real, su teatro no discute el poder: lo expone. No lo combate: lo deja hablar. Y al hacerlo, lo empuja hacia su propia deformación.

Porque el poder, cuando habla con libertad, se vuelve obsceno.

No necesita enemigos. Se descompone solo.

La obra fue estrenada el 14 de abril de 1973 en el Palacio de los Deportes de París. Y quedó, desde entonces, marcada por una sombra que es también una confirmación: la de lo prohibido. Prohibida entonces. Y, en el fondo, todavía hoy difícil de representar en España sin que algo —invisible, pero real— se incomode.

No es casualidad.

En La marcha real, la autoridad entra en escena con sus insignias, sus protocolos, su lenguaje aprendido. Pero algo falla. Las palabras no encajan del todo. Se deslizan. Se repiten con un eco extraño. Se vuelven, poco a poco, irreconocibles. Y entonces sucede lo inevitable: lo solemne empieza a parecer ridículo.

No es burla. Es revelación.

Uno asiste a esa ceremonia incómoda en la que la autoridad, privada de su lengua obediente, comienza a tambalearse. Las frases que debían sostenerla la traicionan. Lo que debía imponer orden genera desconcierto. Y lo que se presentaba como ley termina siendo apenas un mecanismo visible, casi infantil, de repetición.

La risa —esa risa incómoda, casi culpable— no nace del desprecio, sino del reconocimiento. Hemos visto eso antes. Lo hemos oído. Tal vez lo hemos dicho.

Porque nadie está completamente a salvo de la lengua del poder.

Se aprende pronto: primero en casa, luego en la escuela, después en la calle. Se aprende a callar lo que no conviene, a suavizar lo que duele, a ordenar el pensamiento para que no incomode. Se aprende, en fin, a obedecer sin necesidad de órdenes.

Y, sin embargo, hay un punto —mínimo, casi imperceptible— en el que algo se resiste.

No es una rebelión. No es un gesto heroico. Es apenas una grieta.

Una palabra dicha de otro modo.

Una frase que no encaja.

Un silencio que no obedece.

Ahí comienza todo.

Eso es lo que atraviesa el teatro de Arrabal y lo que, en La marcha real, alcanza una claridad casi insoportable: el poder necesita una lengua obediente. Cuando la pierde, no cae —se revela.

Y no hay nada más peligroso para la autoridad que ser entendida.

Ni nada más definitivo.

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