Hay hombres que pasan por la política como simples administradores del poder, y hay otros que convierten su vida pública en un acto permanente de servicio, lealtad y compromiso con una idea de España. José Utrera Molina pertenecía a esa segunda categoría. Por eso, cuando se cumple el centenario de su nacimiento, no basta con una simple referencia biográfica ni con una fría enumeración de cargos. José Utrera Molina merece un homenaje. Merece ser recordado como lo que fue: un hombre bueno, un político honrado, un ministro ejemplar y uno de los últimos grandes caballeros de una generación irrepetible.
Y lo digo, además, desde el privilegio personal. Porque tuve el honor de conocerle, de tratarle y de disfrutar de su amistad. El primer libro que escribí tuvo en él a su prologuista. Y eso, para mí, siempre será uno de los mayores orgullos de mi vida. Porque José Utrera Molina no regalaba su nombre ni su afecto. Era un hombre serio, profundo, exigente consigo mismo y con los demás. Un hombre de convicciones firmes, pero también de una enorme humanidad.
Hoy, en una España donde la política se ha degradado hasta extremos grotescos, donde abundan los trepas, los oportunistas y los mercenarios del poder, recordar la figura de José Utrera Molina es casi un ejercicio de nostalgia. Nostalgia de una generación de servidores públicos que entendían la política como sacrificio y no como negocio. Como deber y no como plataforma de enriquecimiento personal.
José Utrera Molina fue muchas cosas. Gobernador civil de Ciudad Real. Gobernador civil de Sevilla. Ministro de Vivienda. Secretario General del Movimiento. Consejero del Reino. Procurador en Cortes. Pero, por encima de cualquier cargo, fue un hombre profundamente fiel a unos principios y a una idea de justicia social que jamás abandonó. Fiel a su familia, a su esposa y a sus hijos. Fiel a Cristo y fiel a España.
Porque conviene recordar algo que hoy muchos pretenden ocultar: dentro del franquismo existieron hombres profundamente preocupados por la cuestión social, por la vivienda, por las desigualdades y por la dignidad de las familias humildes. Y José Utrera Molina fue uno de los mejores ejemplos de aquella sensibilidad falangista que entendía que la política debía estar al servicio de los españoles más necesitados.
En la España actual, donde después de casi cincuenta años de Constitución seguimos viendo cómo miles de jóvenes no pueden acceder a una vivienda, cómo las familias no llegan a fin de mes y cómo la desigualdad aumenta mientras los políticos viven rodeados de privilegios, resulta inevitable mirar hacia figuras como Utrera Molina y preguntarse cómo es posible que aquellos hombres consiguieran lo que hoy parece imposible.
Porque José Utrera Molina creía de verdad en la justicia social. No como un eslogan vacío. No como propaganda electoral. Creía en ella como parte esencial de una concepción política basada en el deber, la solidaridad nacional y el bien común.
Se le recuerda todavía en Ciudad Real y en Sevilla. Y no es casualidad. Porque dejó huella allí donde estuvo. No era un burócrata encerrado en un despacho. Era un hombre de acción, cercano, preocupado por los problemas reales de la gente.
Hay una anécdota que retrata perfectamente tanto a Franco como al propio Utrera Molina. Cuando fue nombrado gobernador civil de Ciudad Real, Utrera Molina preguntó al Caudillo por qué le enviaba precisamente allí. Y Franco le respondió algo que define toda una forma de entender el servicio público:
—Porque allí está todo por hacer.
Entonces Utrera Molina le preguntó:
—¿Y usted iría allí?
Y Franco contestó:
—Si yo fuera Utrera Molina, sí. Porque allí está todo por hacer.
Aquella conversación resume una época y una mentalidad. Se enviaba a los mejores donde más falta hacían. No se buscaban destinos cómodos ni retiros dorados. Se buscaba transformar, construir y servir.
José Utrera Molina representaba precisamente eso: el sentido del deber. La responsabilidad. La entrega absoluta.
Y también la fidelidad.
Porque si algo caracterizó su vida fue su lealtad inquebrantable a Franco y al régimen que ayudó a construir. Nunca renegó. Nunca se escondió. Nunca cambió de chaqueta para adaptarse al nuevo tiempo. Mientras tantos oportunistas corrían desesperadamente para colocarse en el nuevo régimen nacido tras la Transición, renegando de todo aquello que habían defendido durante décadas, José Utrera Molina permaneció firme.
Él vio cómo muchos de aquellos “aperturistas” y “reformistas” que habían hecho carrera dentro del franquismo se convertían de la noche a la mañana en supuestos demócratas de toda la vida. Vio cómo algunos destruían desde dentro el edificio político al que debían todo. Vio cómo muchos corrían a buscar acomodo en el nuevo sistema mientras fingían no haber tenido jamás responsabilidades en el anterior.
Aquello le dolió profundamente.
Porque Utrera Molina era un hombre de convicciones, no de conveniencias.
Y precisamente por eso fue respetado incluso por muchos de sus adversarios. Porque podían discrepar de él políticamente, pero sabían que estaban ante un hombre íntegro. Ante alguien incapaz de traicionar sus principios por un cargo o por un titular favorable.







