José María Aznar, otrora presentado por muchos como estandarte del centro-derecha, ha vuelto a mostrar su auténtico rostro, aquel que nunca ha estado muy lejos del PSOE de Felipe González, del régimen bipartidista, corrupto y decadente que ha gobernado España durante décadas. Sus recientes declaraciones, afirmando sentirse más cercano al expresidente socialista que a Santiago Abascal, son un ejercicio de transparencia involuntaria que debería servir para despertar a aquellos que aún creen en el mito del Partido Popular como alternativa real al socialismo.
Aznar, figura que tantos veneran aún hoy, no es más que un nostálgico de la partitocracia más dañina, aquella que llevó a España al actual estado de descomposición política, económica y moral. Este hombre nunca levantó las alfombras de la corrupción socialista. Pudiendo hacerlo, prefirió cerrar los ojos y dar continuidad al legado turbio y nefasto que recibió del PSOE. Su gobierno fue cómplice, por omisión y por acción, al no investigar ni denunciar con firmeza los casos de corrupción más flagrantes de la era González, aquellos que incluyen desde los fondos reservados hasta los GAL, pasando por el escándalo de Filesa.
No solo no combatió con contundencia el legado de González, sino que colaboró activamente con quienes querían destruir España desde dentro. Fue Aznar quien otorgó a los separatismos vasco y catalán competencias vitales como la educación, facilitando el adoctrinamiento que hoy sufrimos, y sentando las bases del separatismo desbocado que padecemos actualmente. Aznar quiso jugar a hombre de Estado y lo hizo entregando las llaves de la nación a aquellos que nunca han ocultado su deseo de romper España.







