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ARRABAL, KUNDERA Y LA TABLA DEL MIÑO

ARRABAL, KUNDERA Y LA TABLA DEL MIÑO
Ilustración de José Rivela Rivela
porEDATV
opinion

Por José Rivela Rivela (el cronista apartado)

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Los ríos tienen una costumbre antigua: nunca saben adónde van a llegar.

El Miño, por ejemplo, cree que camina hacia el Atlántico. Lo hace desde hace siglos con la seriedad distraída de los viejos trabajadores que cumplen su tarea sin hacerse preguntas. Baja entre viñas, puentes, nieblas y conversaciones gallegas. Arrastra hojas, memorias y algún que otro secreto. Ignora que, de vez en cuando, una parte de él decide tomar otro camino.

Todo comenzó con una tabla.

Una madera humilde, castigada por el agua y por el tiempo, recogida en la orilla como quien rescata una frase que nadie había terminado de escribir. José Manuel Vázquez Ribada, a quien llamábamos Donchiflado con el cariño que sólo merecen los hombres que conservan intacta la capacidad de asombro, la miró y vio en ella algo que los demás no veíamos.

Los pintores poseen esa extraña facultad de descubrir destinos donde los demás sólo encontramos objetos.

La tabla dejó de ser madera.

Se convirtió en viaje.

Por aquellos años, Donchiflado y yo visitábamos a Fernando Arrabal en París. Entrar en su casa era atravesar una frontera invisible. Allí convivían la infancia y el exilio, la risa y la herida, el teatro y la memoria. Arrabal tenía el raro talento de unir personas que jamás se habrían encontrado por sí solas. Era un puente que ignoraba ser puente.

Gracias a su generosidad, las obras de Donchiflado comenzaron a emprender rutas inesperadas.

Llegaron a Darío Fo.

Llegaron a Umberto Eco.

Llegaron a Gao Xingjian.

Llegaron a Camilo José Cela.

Y una de ellas —quizá la más improbable de todas— emprendió camino hacia Milan Kundera.

No era un gran óleo.

No era una obra destinada a las ferias internacionales.

Era una tabla del Miño.

Una tabla gallega pintada por un artista gallego.

Y, sin embargo, allí iba.

A veces la cultura avanza menos por las instituciones que por la amistad. Menos por los ministerios que por los afectos. Menos por los programas oficiales que por la obstinación de unos pocos seres humanos que deciden tender la mano unos a otros.

La tabla viajó.

Pasó de unas manos a otras.

Atravesó fronteras que ella misma ignoraba.

Y un día llegó a la casa de Milan Kundera.

Me gusta imaginarla apoyada contra una pared, todavía conservando en silencio algo del río que la había acompañado durante años. Tal vez la humedad de las mañanas gallegas. Tal vez el rumor de las aguas pasando bajo los puentes de Ourense. Tal vez el recuerdo de los álamos que se reflejan en la corriente cuando cae la tarde.

Tiempo después llegó la respuesta.

Una carta manuscrita.

Kundera daba las gracias.

Nada más.

Y nada menos.

La carta regresó como regresan las botellas lanzadas al mar: confirmando que alguien, en algún lugar, había recibido el mensaje.

Con los años he comprendido que esta historia no trata realmente de escritores célebres ni de pintores singulares.

Tampoco trata de fama.

Ni siquiera de arte.

Trata de circulación.

De transmisión.

De confianza.

De la misteriosa capacidad que tienen algunas personas para acercar mundos que parecían condenados a no encontrarse nunca.

Un río gallego.

Un pintor llamado Donchiflado.

Un escritor llamado Arrabal.

Un novelista llamado Kundera.

Y una tabla que decidió seguir viajando cuando todos creían que su destino había terminado en la orilla.

Quizá por eso sigo recordándola.

Porque a veces una simple tabla explica Europa mejor que muchos discursos.


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