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La Guardia Civil abandonada: Sánchez y Marlaska entregan el sur de España al narcotráfico

La Guardia Civil abandonada: Sánchez y Marlaska entregan el sur de España al narcotráfico
porJavier Garcia Isac
opinion

La opinión de Javier García Isac

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Dos nuevos guardias civiles muertos en Huelva persiguiendo narcolanchas vuelven a retratar la tragedia de unas Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado desamparadas, sin medios suficientes y abandonadas por un Gobierno más preocupado por proteger su relato que por defender a quienes se juegan la vida. Mientras Marruecos refuerza y moderniza su gendarmería con ayuda española, la Guardia Civil ve cómo se desmantelan unidades eficaces como OCON-SUR, se degrada el principio de autoridad y se deja vía libre a unas mafias del narcotráfico cada vez más violentas y poderosas.


La muerte de dos guardias civiles el pasado 8 de mayo en la costa de Huelva, durante una persecución contra una narcolancha, no es un accidente aislado. No es una desgracia fortuita. Es la consecuencia directa de años de abandono político, de dejadez institucional y de humillación constante hacia las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado por parte del Gobierno de Pedro Sánchez y, muy especialmente, del ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska.


Dos nuevos guardias civiles muertos. Dos familias destrozadas. Dos servidores públicos que entregaron su vida mientras cumplían con su deber. Y, mientras tanto, el Gobierno sigue instalado en la propaganda, en el discurso vacío y en la foto institucional, pero incapaz de garantizar lo más básico: que quienes nos protegen tengan medios suficientes para defenderse y para defender a España.


Porque eso es lo verdaderamente escandaloso. Nuestros agentes se enfrentan cada día a mafias del narcotráfico cada vez más poderosas, más violentas y mejor equipadas, mientras el Estado les obliga a trabajar prácticamente con las manos atadas. Las narcolanchas actúan con una impunidad insultante en el Estrecho, en Cádiz, en Huelva o en toda la costa andaluza. Los narcotraficantes cuentan con embarcaciones más rápidas, mejores sistemas tecnológicos y, en muchas ocasiones, más recursos materiales que los propios agentes encargados de combatirlos.


La pregunta es inevitable: ¿cómo hemos llegado hasta aquí?

La respuesta tiene nombres y apellidos. Pedro Sánchez y Fernando Grande-Marlaska.

Porque mientras Marruecos refuerza su gendarmería con equipamiento moderno, financiado en parte gracias al dinero europeo y a la sumisión diplomática del Gobierno español, nuestras Fuerzas y Cuerpos de Seguridad sobreviven en condiciones indignas. España financia y equipa mejor a las fuerzas marroquíes que a su propia Guardia Civil. Esa es la humillación histórica que estamos viviendo.

Y lo más grave es que esta situación no es fruto de la incompetencia solamente. Empieza a parecer una decisión política deliberada.


El desmantelamiento de OCON-SUR fue una auténtica declaración de intenciones. Aquel grupo especial de la Guardia Civil había conseguido poner contra las cuerdas a las mafias del narcotráfico en el sur de España. Era eficaz. Era temido por los delincuentes. Funcionaba. Precisamente por eso molestaba. Y Marlaska decidió acabar con él.

Desde entonces, el narcotráfico no ha dejado de crecer. Las mafias se sienten cada vez más fuertes. Las agresiones a agentes se multiplican. Las narcolanchas campan a sus anchas. Y los guardias civiles trabajan abandonados por quienes deberían respaldarlos.


Lo ocurrido en Barbate en 2024, donde dos agentes fueron asesinados tras ser embestidos por una narcolancha, ya debería haber provocado dimisiones inmediatas. Aquello fue una imagen devastadora de un Estado derrotado, incapaz de imponer autoridad en partes de su propio territorio. Pero no pasó nada. Nadie asumió responsabilidades. Marlaska siguió en su sillón. Sánchez siguió mirando hacia otro lado. Y ahora volvemos a llorar nuevas muertes.


Mientras tanto, desde el poder se ha impulsado una campaña constante de desprestigio contra policías y guardias civiles. Se les ha arrebatado el principio de autoridad. Se les somete a una presión judicial insoportable. Se criminaliza cualquier actuación contundente contra delincuentes violentos. En España, un agente sabe que si utiliza su arma reglamentaria para defenderse o defender a un compañero, probablemente terminará sentado ante un juez, señalado mediáticamente y abandonado por sus superiores.

Ese es el drama.

La ley parece ser implacable con quienes protegen a los ciudadanos y extraordinariamente comprensiva con quienes delinquen. El narcotraficante, el violento o el agresor cuentan hoy con más garantías políticas y mediáticas que muchos miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado.

Y eso tiene consecuencias.


Cuando el Estado transmite debilidad, los criminales avanzan. Cuando el Gobierno demoniza a sus propios agentes, las mafias se sienten legitimadas. Cuando se desmantelan unidades eficaces como OCON-SUR, el mensaje que reciben los narcotraficantes es clarísimo: tienen vía libre.

La situación en el sur de España empieza a ser insostenible. Hay zonas donde el narcotráfico actúa con una sensación de dominio territorial alarmante. Barrios enteros sometidos al miedo. Embarcaciones entrando y saliendo con total impunidad. Redes criminales que mueven millones mientras quienes intentan frenarlas carecen de medios suficientes.

Y, frente a todo esto, el Gobierno permanece paralizado, obsesionado únicamente con sobrevivir políticamente.


Pedro Sánchez ha degradado todas las instituciones que ha tocado. Ha debilitado la Justicia, ha colonizado organismos públicos, ha deteriorado la imagen internacional de España y también ha abandonado a quienes garantizan nuestra seguridad. Las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado han dejado de sentirse respaldadas por el poder político. Y eso, en cualquier nación seria, sería motivo de escándalo nacional.


Porque un país que abandona a sus policías y a sus guardias civiles es un país que renuncia a defenderse.

La Guardia Civil no necesita homenajes vacíos ni minutos de silencio hipócritas. Necesita medios. Necesita respaldo político. Necesita protección jurídica. Necesita autoridad. Necesita que el Estado deje de tratar a los delincuentes como víctimas y a los agentes como sospechosos permanentes.


Y España necesita recuperar un Gobierno que entienda algo elemental: sin seguridad, sin autoridad y sin respeto a quienes nos protegen, no existe libertad posible.

Hoy las familias de esos guardias civiles muertos lloran a sus seres queridos. Pero mañana podría ser demasiado tarde para todos si seguimos permitiendo que el narcotráfico avance mientras el Gobierno mira hacia otro lado.


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