Durante años, la izquierda española —con el Partido Socialista Obrero Español a la cabeza y sus satélites de Podemos y Sumar— ha pretendido monopolizar la bandera del feminismo. Han convertido el 8 de marzo en su desfile particular, en su liturgia ideológica, en su jornada de propaganda donde se reparte carnet de mujer buena y mujer mala según el voto.
Pero tras la pancarta morada, tras el “hermana, yo sí te creo”, lo que aflora es otra cosa: un rosario inagotable de escándalos sexuales, abusos, acosos y episodios turbios que siempre, curiosamente, ocurren en sus propias filas.
Y lo más grave no es que existan sinvergüenzas —eso, por desgracia, puede darse en cualquier lugar—. Lo escandaloso es el silencio, el encubrimiento, la doble vara de medir. La protección corporativa. La maquinaria de blanqueo.
Feminismo de pancarta, silencio de partido
La izquierda construyó un relato: el problema es estructural, dijeron; la sociedad española es machista por definición; el varón español es sospechoso por naturaleza. Y así justificaron leyes ideológicas, campañas millonarias, ministerios enteros dedicados a la propaganda.
Ahí están las políticas impulsadas desde el Ministerio de Igualdad bajo la dirección de Irene Montero, convertidas en laboratorio ideológico. Leyes mal diseñadas que acabaron reduciendo penas a agresores sexuales. Discursos que banalizaron debates extremadamente sensibles.
Ahí están también las declaraciones de Ione Belarra defendiendo una educación sexual obligatoria desde edades cada vez más tempranas, mientras en su propio entorno político se acumulaban denuncias internas por comportamientos impropios.
¿Y qué decir de algunos episodios vinculados al entorno de Fernando Grande-Marlaska y las sombras que han rodeado a determinados nombramientos y estructuras bajo su mando? Siempre la misma actitud: cerrar filas, minimizar, desviar la atención.
Cuando el acusado es ajeno a su bloque ideológico, se exige dimisión inmediata, linchamiento social y condena preventiva.
Cuando el escándalo brota dentro de la izquierda, se activa el manual del silencio.
El feminismo convertido en coartada
La izquierda no practica feminismo: lo instrumentaliza.
Lo utiliza como ariete político, como herramienta electoral, como fuente de subvenciones y como arma para dividir a la sociedad en bloques morales. Pero cuando llega la hora de aplicarse sus propios estándares, el discurso se evapora.
Los mismos partidos que pontifican sobre “violencia estructural del heteropatriarcado” han tenido en sus filas acusados, investigados y señalados por abusos y comportamientos inaceptables. Y lejos de abrir procesos ejemplares, han preferido el control del relato.
No es una cuestión anecdótica. Es un patrón.
Cada nuevo caso no genera autocrítica, sino victimismo.
No provoca reflexión, sino ataque al mensajero.
El 8 de marzo: de reivindicación a pantomima
Lo que nació como jornada legítima de reivindicación se ha transformado en un espectáculo partidista. El 8 de marzo ya no es un día de todas las mujeres. Es el día de las mujeres de carnet.
Se excluye a las discrepantes.
Se insulta a las que no comparten consignas.
Se margina a quienes cuestionan el dogma.
¿Y quién encabeza esas marchas? Organizaciones y partidos salpicados por escándalos internos. Entornos donde se ha demostrado que las víctimas no siempre fueron “creídas” si el señalado vestía la camiseta ideológica correcta.
Es una farsa.
No puede erigirse en autoridad moral quien no limpia primero su propia casa.
El verdadero problema estructural
La izquierda insiste: el problema es estructural en la sociedad española.







