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Grupo de soldados posando alrededor de una estatua dañada en un entorno bélico en blanco y negro
OPINIÓN

El papá y el argüello

Por Javier García Isac

Cuando el peligro se señala en dirección equivocada

La reciente reunión de monseñor Luis Argüello y otros prelados españoles con el Papa León XIV ha dejado una frase que, de ser cierta tal y como la recoge El País, no puede pasar desapercibida: la mayor preocupación del Santo Padre en España sería el crecimiento de la “ultraderecha” que intenta “instrumentalizar a la Iglesia” y “ganar el voto católico”.

Si esto es así, conviene hablar claro. Porque el problema no es una frase aislada, sino lo que revela: una preocupante desconexión con la historia reciente de España, con la memoria de los mártires y con la realidad social que vivimos.

¿Quién persiguió a la Iglesia en España?

España no sufrió en los años treinta una persecución religiosa imaginaria ni retórica. La sufrió real, sangrienta y sistemática. Más de 7.000 religiosos —obispos, sacerdotes, monjas, seminaristas— fueron asesinados por el mero hecho de serlo. Iglesias quemadas, conventos saqueados, imágenes destruidas, cementerios profanados.

Aquello no fue una “excepción” ni el resultado de desórdenes espontáneos. Fue una persecución anticristiana organizada, consentida y alentada en amplias zonas por estructuras políticas vinculadas a las mismas siglas que hoy se presentan como garantes de la democracia. El Partido Socialista, el mismo PSOE de hoy, no puede desligarse históricamente de una tradición que en 1934 ya ensayó la violencia revolucionaria y que en 1936 formó parte del Frente Popular bajo cuyo paraguas se desató aquella barbarie.

No hablamos de revancha, hablamos de memoria. ¿Cómo es posible que el mayor peligro para la Iglesia española no sea el resurgimiento de un anticlericalismo militante, sino partidos que se declaran defensores de las raíces cristianas de Europa?

El anticlericalismo no es un fantasma del pasado

Hoy en España se aprueban leyes que marginan la enseñanza religiosa, se retira simbología cristiana del espacio público, se ataca la objeción de conciencia, se criminaliza culturalmente al católico coherente. Se promueve una ideología que considera la fe un vestigio retrógrado.

El laicismo combativo vuelve a asomar, no ya con quema física de templos —aunque ataques vandálicos no faltan—, sino con ingeniería legal y cultural. La secularización forzada no necesita pistolas; le basta con boletines oficiales.

Mientras tanto, parte de la jerarquía eclesiástica española parece más preocupada por no incomodar al poder político que por defender a sus fieles. Prefiere caer bien en los salones institucionales antes que levantar la voz en los púlpitos.

Y, sin embargo, la historia enseña que quienes ayer incendiaron iglesias no dudaron en apretar el gatillo. Y que los que miraron hacia otro lado acabaron lamentándolo demasiado tarde.

¿Instrumentalizar la Iglesia o defenderla?

Se acusa a la llamada “extrema derecha” de intentar ganar el voto católico. Pero, ¿desde cuándo es ilegítimo que un partido político busque el respaldo de ciudadanos católicos defendiendo principios como la vida, la familia o la unidad nacional?

¿No intenta la izquierda ganar el voto feminista, el voto sindical, el voto identitario? ¿Por qué cuando alguien apela a la tradición cristiana se convierte automáticamente en sospechoso?

Si un partido defiende la libertad educativa, el derecho a la vida desde la concepción o el respeto a la identidad cultural de Europa, ¿está “instrumentalizando” la fe o está recogiendo un sentimiento real de millones de católicos que se sienten huérfanos?

La instrumentalización no es defender valores. La instrumentalización es utilizar la religión como coartada mientras se promueve una agenda que choca frontalmente con el magisterio de la Iglesia. Y en eso, la izquierda española tiene más experiencia que nadie: crucifijo en campaña, aborto al día siguiente.

El verdadero desafío: descristianización e islamización

Europa afronta una crisis demográfica brutal y una creciente transformación cultural. En muchos barrios, la presencia cristiana retrocede mientras crece una inmigración masiva que no siempre comparte ni respeta los valores fundacionales del continente.

No se trata de odio ni de exclusión; se trata de realismo cultural. La Iglesia debería defender sin complejos su identidad, no diluirla en un relativismo complaciente.

El peligro para la Iglesia no es quien cita a Santo Tomás en un mitin. El peligro es quien ridiculiza la cruz en el aula, quien promueve leyes contrarias a la moral natural, quien vacía templos y llena despachos de activistas ideológicos.

Una jerarquía desconectada

Lo más doloroso no es la crítica del Papa; es la sensación de que parte de la jerarquía española comparte esa mirada. Que teme más a los católicos comprometidos que a los enemigos declarados de la fe.

Durante décadas, muchos obispos han optado por el perfil bajo, por el diálogo sin firmeza, por la diplomacia permanente. El resultado está a la vista: templos vacíos, jóvenes desorientados, leyes cada vez más agresivas con la moral cristiana.

Quizá el problema no sea que haya partidos que quieran “ganar el voto católico”. Quizá el problema es que durante demasiado tiempo nadie dentro de la Iglesia ha querido liderar con claridad ese voto, orientar conciencias y recordar que la fe tiene consecuencias públicas.

Memoria y coherencia

Los herederos de las víctimas de la persecución religiosa merecen algo más que silencio. Merecen memoria, respeto y coherencia.

Cuando se advierte del peligro de la “extrema derecha” en España, conviene no olvidar que el mayor martirologio cristiano del siglo XX en Europa occidental no vino de esa dirección. Vino de una izquierda revolucionaria que hoy se presenta maquillada, pero cuyos referentes históricos no han sido plenamente asumidos ni críticamente revisados.

Se puede y se debe condenar cualquier instrumentalización partidista de la fe. Pero también se debe denunciar la manipulación cultural que busca expulsar a Cristo del espacio público.

Si la Iglesia teme a quienes dicen defender sus raíces y no a quienes legislan contra ellas, algo profundo no está funcionando.

Porque el peligro para la Iglesia en España no es que alguien quiera el voto de los católicos. El verdadero peligro es que los católicos dejen de tener voz, memoria e identidad.

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