¿Quién persiguió a la Iglesia en España?
España no sufrió en los años treinta una persecución religiosa imaginaria ni retórica. La sufrió real, sangrienta y sistemática. Más de 7.000 religiosos —obispos, sacerdotes, monjas, seminaristas— fueron asesinados por el mero hecho de serlo. Iglesias quemadas, conventos saqueados, imágenes destruidas, cementerios profanados.
Aquello no fue una “excepción” ni el resultado de desórdenes espontáneos. Fue una persecución anticristiana organizada, consentida y alentada en amplias zonas por estructuras políticas vinculadas a las mismas siglas que hoy se presentan como garantes de la democracia. El Partido Socialista, el mismo PSOE de hoy, no puede desligarse históricamente de una tradición que en 1934 ya ensayó la violencia revolucionaria y que en 1936 formó parte del Frente Popular bajo cuyo paraguas se desató aquella barbarie.
No hablamos de revancha, hablamos de memoria. ¿Cómo es posible que el mayor peligro para la Iglesia española no sea el resurgimiento de un anticlericalismo militante, sino partidos que se declaran defensores de las raíces cristianas de Europa?
El anticlericalismo no es un fantasma del pasado
Hoy en España se aprueban leyes que marginan la enseñanza religiosa, se retira simbología cristiana del espacio público, se ataca la objeción de conciencia, se criminaliza culturalmente al católico coherente. Se promueve una ideología que considera la fe un vestigio retrógrado.
El laicismo combativo vuelve a asomar, no ya con quema física de templos —aunque ataques vandálicos no faltan—, sino con ingeniería legal y cultural. La secularización forzada no necesita pistolas; le basta con boletines oficiales.
Mientras tanto, parte de la jerarquía eclesiástica española parece más preocupada por no incomodar al poder político que por defender a sus fieles. Prefiere caer bien en los salones institucionales antes que levantar la voz en los púlpitos.
Y, sin embargo, la historia enseña que quienes ayer incendiaron iglesias no dudaron en apretar el gatillo. Y que los que miraron hacia otro lado acabaron lamentándolo demasiado tarde.
¿Instrumentalizar la Iglesia o defenderla?
Se acusa a la llamada “extrema derecha” de intentar ganar el voto católico. Pero, ¿desde cuándo es ilegítimo que un partido político busque el respaldo de ciudadanos católicos defendiendo principios como la vida, la familia o la unidad nacional?
¿No intenta la izquierda ganar el voto feminista, el voto sindical, el voto identitario? ¿Por qué cuando alguien apela a la tradición cristiana se convierte automáticamente en sospechoso?
Si un partido defiende la libertad educativa, el derecho a la vida desde la concepción o el respeto a la identidad cultural de Europa, ¿está “instrumentalizando” la fe o está recogiendo un sentimiento real de millones de católicos que se sienten huérfanos?
La instrumentalización no es defender valores. La instrumentalización es utilizar la religión como coartada mientras se promueve una agenda que choca frontalmente con el magisterio de la Iglesia. Y en eso, la izquierda española tiene más experiencia que nadie: crucifijo en campaña, aborto al día siguiente.