Monseñor Cobo y la humillación a la familia de Antonio Tejero
Hay decisiones que retratan a las personas. Y hay gestos que retratan a las instituciones. La muerte del teniente coronel Antonio Tejero Molina, el pasado 25 de febrero, debería haber sido —como corresponde a cualquier católico— un momento de recogimiento, oración y despedida cristiana. Un momento para encomendar su alma a Dios, sin cálculos políticos, sin miedo al qué dirán, sin cobardías.
Pero vivimos tiempos en los que una parte de la jerarquía eclesiástica parece haber olvidado cuál es su misión.
Según ha denunciado la propia familia en una carta fechada el 5 de marzo, el arzobispo de Madrid, monseñor José Cobo, habría denegado la celebración del funeral en la Iglesia Catedral de las Fuerzas Armadas. Una decisión que ha causado profundo dolor entre los suyos y que plantea una pregunta incómoda:
¿Desde cuándo la Iglesia decide quién merece un funeral católico según el clima político del momento?
Porque la Iglesia no está para juzgar biografías políticas.
Está para rezar por las almas.
Cuando la Iglesia empieza a seleccionar a los muertos según su conveniencia política, deja de comportarse como Iglesia para convertirse en una institución temerosa del poder.
Un católico al que se le niega la oración
Antonio Tejero fue una figura controvertida de la historia reciente de España. Nadie lo discute.
Pero también fue, durante toda su vida, un católico practicante y profundamente creyente. Su fe nunca fue un secreto ni un gesto oportunista. Formaba parte de su identidad personal.
Y, sin embargo, en el momento de su muerte, cuando lo único que corresponde es rezar por el alma del difunto, algunos han decidido aplicar un extraño filtro moral.
Un filtro que curiosamente no se aplica nunca cuando mueren políticos corruptos, dirigentes que han promovido leyes contrarias a la doctrina de la Iglesia o responsables de políticas que atacan directamente a la vida y a la familia.
Para ellos sí hay funerales solemnes.
Para Antonio Tejero, no.
La paradoja es tan evidente que duele.
Porque si algo enseña la tradición católica es que la Iglesia reza por todos los difuntos, incluso por aquellos cuya vida estuvo llena de sombras.
El juicio corresponde a Dios.
No a los obispos.
La cobardía de una jerarquía que teme al poder
El problema no es Antonio Tejero.
El problema es la cobardía de una parte de la jerarquía eclesiástica española.
Desde hace años, algunos prelados parecen vivir obsesionados con no incomodar al poder político ni a los medios de comunicación dominantes. Todo se mide en función del ruido mediático, de la reacción de la izquierda, de lo que puedan decir los editoriales.
Ese miedo permanente ha convertido a parte de la Iglesia institucional en una institución acomplejada y temerosa.
Una Iglesia que calla ante leyes injustas.
Una Iglesia que evita enfrentarse a la ideología dominante.
Una Iglesia que parece pedir perdón por su propia historia.
Pero que encuentra siempre valor para distanciarse de quienes considera incómodos.
Es el viejo reflejo de las instituciones en decadencia:
no molestar nunca al poder y sacrificar a los propios si es necesario.
El dolor de una familia
En el centro de esta historia hay algo que algunos parecen olvidar:







