Logo edatv.news
Logo twitter
Multitud de aficionados celebrando de noche con bengalas rojas encendidas y humo denso en el estadio
OPINIÓN

El fútbol moderno: del barro y el puro al quirófano del VAR

La opinión de Javier García Isac de hoy, martes 3 de marzo de 2026

Hubo un tiempo en el que el fútbol era fútbol. No era una sucursal del Consejo de Ministros, ni una extensión del Ministerio de Igualdad, ni un laboratorio de ingeniería social donde cada gesto se mide en términos de corrección política. Era un deporte. Simplemente eso. Un deporte donde uno podía fumarse un puro en la grada, compartir pipas con el de al lado —fuera del equipo que fuera— y gritar, protestar o celebrar sin que un ejército de ofendidos profesionales levantara acta de cada sílaba.

Yo iba al fútbol con 15 o 16 años. Iba a animar a los míos. Iba a sentir. Iba a vivir noventa minutos que empezaban cuando el árbitro pitaba, pero que no tenían reloj moral, ni tribunal social, ni fiscalía televisiva. Lo que pasaba en el campo, se quedaba en el campo. Y nadie pretendía convertir cada improperio en una tesis doctoral sobre el estado moral de Occidente.

Hoy el fútbol ha dejado de ser fútbol. Se ha convertido en una competición de atletismo hiperprofesionalizado, donde lo importante no es la técnica sino el contador de kilómetros. Ya no importa el regate, importa el GPS. Ya no importa el genio, importa el preparador físico. Ya no importa el talento, importa la estadística.

Los estadios, además, han sido transformados en teatros de ópera. Y yo, cuando quiero ir a la ópera, voy a la ópera. No pago una entrada para ver cómo se reprime la pasión y se vigila el decibelio como si estuviéramos en una biblioteca noruega. El fútbol no es un concierto sinfónico, es una batalla simbólica, es emoción desbordada, es tribalidad deportiva bien entendida.

El VAR: la muerte de la espontaneidad

El gran símbolo de esta degeneración es el VAR. Ese quirófano tecnológico donde se disecciona la emoción hasta matarla. Antes uno sabía cuándo entraba el balón y cuándo no. Gritabas gol o lo llorabas. Hoy celebras y te quedas congelado, esperando que desde una sala aséptica alguien decida si tu alegría es legal.

Han paralizado el deporte. Han paralizado la emoción. Han convertido el gol en una hipótesis. Han sustituido la pasión por la sospecha. Uno ya no sabe cuándo termina el partido; sabe cuándo empieza el suspense judicial.

Y no, esto no es nostalgia vacía. Esto es sentido común. El fútbol nació imperfecto, humano, falible. Y precisamente por eso era auténtico.

La moralina selectiva y la jerarquía absurda de los insultos

Voy a decir algo que muchos piensan y pocos se atreven a verbalizar: estamos llegando al límite del absurdo.

Nadie defiende la violencia. Nadie defiende el insulto sistemático. Pero se ha instalado una jerarquía moral grotesca donde se decide qué palabra paraliza un partido y cuál no. Donde es más grave un calificativo referido al color de la piel que desearle la muerte a un jugador. Donde se toleran cánticos brutalmente violentos, pero se monta un escándalo mundial por expresiones que, en el 99% de los casos, no responden a un sentimiento racista sino a la simple, y reprochable, voluntad de provocar al rival.

Provocar está mal. Claro que está mal. Pero no confundamos estupidez con racismo sistémico. No confundamos la imbecilidad de cuatro con la narrativa ideológica que algunos quieren imponer.

En muchos equipos, la mayoría de los compañeros del jugador supuestamente agraviado comparten su mismo color de piel. ¿De verdad alguien cree que el fútbol español es una estructura supremacista organizada? No. Lo que existe son idiotas, como los ha habido siempre. Y convertir la idiotez en cruzada política solo sirve para politizar aún más el deporte.

Los profesionales deben dar ejemplo, también en la templanza

Los primeros que deberían relativizar muchas cuestiones son los propios futbolistas. Dejar de simular faltas. Dejar de fingir agresiones inexistentes. Dejar de teatralizar cada contacto como si les fuera la vida en ello.

El fútbol ha perdido verdad. Ha ganado teatro. Y un teatro malo, además.

Si cada gesto se magnifica, si cada provocación se convierte en causa internacional, el resultado es un deporte desagradable, crispado y permanentemente en el foco político.

Antes el jugador encajaba, respondía en el campo y punto. Ahora hay ruedas de prensa, comunicados institucionales y tertulias interminables.

La hipocresía mediática

Y aquí entran los comentaristas deportivos, que han decidido erigirse en jueces morales del país. Saben perfectamente cuándo un comentario es pura provocación deportiva y cuándo hay ánimo real de odio. Lo saben. Pero eligen magnificarlos porque el escándalo vende, porque la indignación da audiencia, porque la moralina cotiza en bolsa.

En cambio, durante años se ha mirado hacia otro lado con determinados grupos radicales. Se ha tolerado que desde ciertas gradas se hayan lanzado proclamas políticas, incluso apoyos a organizaciones terroristas que hicieron tanto daño a España. Se ha hecho la vista gorda con sectores que deseaban la muerte del rival desde una lógica ideológica clara. Y eso no abría telediarios con la misma intensidad.

¿Por qué? Porque el problema no es el insulto. El problema es quién insulta y a quién.

El fútbol de barro, pasión y verdad

Recuerdo los campos de barro. Los marcadores manuales. Los jugadores que terminaban con las medias rotas y el orgullo intacto. Recuerdo salir del estadio con la voz rota y el alma llena, ganáramos o perdiéramos.

No éramos mejores personas, pero éramos más auténticos. No necesitábamos traductores morales. No necesitábamos fiscales del lenguaje. No necesitábamos un comité disciplinario para cada emoción.

El fútbol era una válvula de escape social. Hoy es un escaparate corporativo. Antes se jugaba por orgullo y camiseta; hoy se juega por cuota de pantalla y patrocinio.

No se trata de volver a las peleas ni de justificar lo injustificable. Se trata de recuperar la esencia. La espontaneidad. La imperfección humana. La emoción real.

El fútbol moderno no me gusta. Es aséptico, politizado y sobreprotegido. Le han quitado el barro y le han dejado el mármol. Le han quitado la pasión y le han puesto protocolo.

Y cuando al fútbol le quitas la emoción, ya no es fútbol. Es otra cosa. Y, desde luego, no es aquello que me enamoró cuando tenía 16 años y entraba en el estadio sabiendo que, durante noventa minutos, el mundo era más sencillo y más verdadero.

➡️ Opinión

Más noticias: