Hubo un tiempo en el que el fútbol era fútbol. No era una sucursal del Consejo de Ministros, ni una extensión del Ministerio de Igualdad, ni un laboratorio de ingeniería social donde cada gesto se mide en términos de corrección política. Era un deporte. Simplemente eso. Un deporte donde uno podía fumarse un puro en la grada, compartir pipas con el de al lado —fuera del equipo que fuera— y gritar, protestar o celebrar sin que un ejército de ofendidos profesionales levantara acta de cada sílaba.
Yo iba al fútbol con 15 o 16 años. Iba a animar a los míos. Iba a sentir. Iba a vivir noventa minutos que empezaban cuando el árbitro pitaba, pero que no tenían reloj moral, ni tribunal social, ni fiscalía televisiva. Lo que pasaba en el campo, se quedaba en el campo. Y nadie pretendía convertir cada improperio en una tesis doctoral sobre el estado moral de Occidente.
Hoy el fútbol ha dejado de ser fútbol. Se ha convertido en una competición de atletismo hiperprofesionalizado, donde lo importante no es la técnica sino el contador de kilómetros. Ya no importa el regate, importa el GPS. Ya no importa el genio, importa el preparador físico. Ya no importa el talento, importa la estadística.
Los estadios, además, han sido transformados en teatros de ópera. Y yo, cuando quiero ir a la ópera, voy a la ópera. No pago una entrada para ver cómo se reprime la pasión y se vigila el decibelio como si estuviéramos en una biblioteca noruega. El fútbol no es un concierto sinfónico, es una batalla simbólica, es emoción desbordada, es tribalidad deportiva bien entendida.
El VAR: la muerte de la espontaneidad
El gran símbolo de esta degeneración es el VAR. Ese quirófano tecnológico donde se disecciona la emoción hasta matarla. Antes uno sabía cuándo entraba el balón y cuándo no. Gritabas gol o lo llorabas. Hoy celebras y te quedas congelado, esperando que desde una sala aséptica alguien decida si tu alegría es legal.
Han paralizado el deporte. Han paralizado la emoción. Han convertido el gol en una hipótesis. Han sustituido la pasión por la sospecha. Uno ya no sabe cuándo termina el partido; sabe cuándo empieza el suspense judicial.
Y no, esto no es nostalgia vacía. Esto es sentido común. El fútbol nació imperfecto, humano, falible. Y precisamente por eso era auténtico.
La moralina selectiva y la jerarquía absurda de los insultos
Voy a decir algo que muchos piensan y pocos se atreven a verbalizar: estamos llegando al límite del absurdo.
Nadie defiende la violencia. Nadie defiende el insulto sistemático. Pero se ha instalado una jerarquía moral grotesca donde se decide qué palabra paraliza un partido y cuál no. Donde es más grave un calificativo referido al color de la piel que desearle la muerte a un jugador. Donde se toleran cánticos brutalmente violentos, pero se monta un escándalo mundial por expresiones que, en el 99% de los casos, no responden a un sentimiento racista sino a la simple, y reprochable, voluntad de provocar al rival.
Provocar está mal. Claro que está mal. Pero no confundamos estupidez con racismo sistémico. No confundamos la imbecilidad de cuatro con la narrativa ideológica que algunos quieren imponer.
En muchos equipos, la mayoría de los compañeros del jugador supuestamente agraviado comparten su mismo color de piel. ¿De verdad alguien cree que el fútbol español es una estructura supremacista organizada? No. Lo que existe son idiotas, como los ha habido siempre. Y convertir la idiotez en cruzada política solo sirve para politizar aún más el deporte.
Los profesionales deben dar ejemplo, también en la templanza







