
CERVANTES EN EDATV: EL QUIJOTE EN LA BATALLA CULTURAL CAPÍTULO VI APÓCRIFO (sobre el escrutinio de la biblioteca)
Por José Rivela, el cronista apartado
Donde el cura y el barbero hacen juicio de los libros, y se descubre que hoy no se queman volúmenes, sino reputaciones
Amaneció el día siguiente con la casa de don Quijote en silencio expectante. El caballero dormía, molido de palos y glorioso en su fantasía. En la sala contigua, el cura, el barbero, el ama y la sobrina miraban la biblioteca como quien mira un arsenal enemigo.
—Aquí está el origen del mal —dijo el ama—. Aquí están los culpables.
Cervantes, que asistía invisible a la escena, sonrió con amarga ironía.
—Siempre se empieza culpando a los libros.
El cura tomó un volumen. Lo abrió, lo hojeó, lo sopesó como juez que dicta sentencia.
—Estos textos alteran el juicio —sentenció—. Confunden ficción con realidad.
En aquel punto entraron Negre, Vito, García Isac y Tate, no como personajes del pueblo, sino como testigos del tiempo.
—¿Qué hacéis? —preguntó Tate.
—Examinamos los libros —respondió el barbero—. Decidiremos cuáles merecen vivir y cuáles deben arder.
Vito levantó una ceja:
—En nuestro siglo no se usa fuego —dijo—. Se usa descrédito.
Negre añadió:
—No se cierran bibliotecas: se demonetizan voces.
García Isac habló grave:
—No se prohíbe el discurso: se etiqueta como peligroso.
Cervantes intervino, apoyado en su propia experiencia:
—En mi tiempo, la Inquisición tenía braseros. En el vuestro, algoritmos.
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Del juicio de las palabras
El cura tomó un libro imaginario.
—Este —dijo— exagera.
—Este otro —añadió el barbero— es incendiario.
—Este tercero —sentenció el ama— perturba a la juventud.
—¿Y quién decide? —preguntó don Quijote desde el lecho, que no estaba tan dormido como parecía.
—La prudencia —respondió el cura.
—La seguridad —dijo el barbero.
—El orden público —añadió el ama.
Cervantes bajó la voz:
—Siempre hay palabras nobles para justificar el control.
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De cómo se juzga hoy la biblioteca
Tate habló entonces de ministros que quieren regular redes.
Vito recordó polémicas que se amplifican hasta eclipsar lo esencial.
García Isac señaló el riesgo de que toda discrepancia sea considerada amenaza.
Negre habló de presiones políticas y de encuentros internacionales donde se discute la libertad de expresión.
Don Quijote se incorporó en la cama con esfuerzo:
—¿Queréis evitar que haya locos? No queméis libros. Enseñad a leer.
Silencio.
El cura, que no era mala persona, suspiró.
—El problema —dijo— es que la gente cree todo lo que lee.
—Y peor aún —respondió Cervantes—: cree solo lo que confirma lo que ya piensa.
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Del fuego invisible
No hubo hoguera en esta casa.
Pero sí hubo intención.
Y Cervantes dejó caer esta sentencia:
—El peligro no está en el libro apasionado, sino en el censor convencido de que protege.
Negre miró los estantes.
—Si hoy quemaran libros —dijo—, sabríamos que hay censura.
Lo difícil es cuando te dicen que lo hacen por tu bien.
Vito añadió:
—Y cuando el fuego es reputacional.
García Isac:
—Y cuando el silencio es económico.
Tate:
—Y cuando el castigo es digital.
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Colofón
Aquella mañana no ardieron volúmenes.
Pero quedó claro que la batalla cultural no se libra solo en plazas y mítines, sino en estanterías, pantallas y permisos invisibles.
Don Quijote, ya medio dormido, murmuró:
—Yo enloquecí por leer sin medida.
Mas peor es no poder leer lo que uno quiera.
Cervantes cerró el capítulo con una advertencia:
—Cada siglo decide qué libros teme.
Y aquello que teme es lo que más revela de sí mismo.
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