Donde el cura y el barbero hacen juicio de los libros, y se descubre que hoy no se queman volúmenes, sino reputaciones
Amaneció el día siguiente con la casa de don Quijote en silencio expectante. El caballero dormía, molido de palos y glorioso en su fantasía. En la sala contigua, el cura, el barbero, el ama y la sobrina miraban la biblioteca como quien mira un arsenal enemigo.
—Aquí está el origen del mal —dijo el ama—. Aquí están los culpables.
Cervantes, que asistía invisible a la escena, sonrió con amarga ironía.
—Siempre se empieza culpando a los libros.
El cura tomó un volumen. Lo abrió, lo hojeó, lo sopesó como juez que dicta sentencia.
—Estos textos alteran el juicio —sentenció—. Confunden ficción con realidad.
En aquel punto entraron Negre, Vito, García Isac y Tate, no como personajes del pueblo, sino como testigos del tiempo.
—¿Qué hacéis? —preguntó Tate.
—Examinamos los libros —respondió el barbero—. Decidiremos cuáles merecen vivir y cuáles deben arder.
Vito levantó una ceja:
—En nuestro siglo no se usa fuego —dijo—. Se usa descrédito.
Negre añadió:
—No se cierran bibliotecas: se demonetizan voces.
García Isac habló grave:
—No se prohíbe el discurso: se etiqueta como peligroso.
Cervantes intervino, apoyado en su propia experiencia:
—En mi tiempo, la Inquisición tenía braseros. En el vuestro, algoritmos.
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Del juicio de las palabras
El cura tomó un libro imaginario.
—Este —dijo— exagera.
—Este otro —añadió el barbero— es incendiario.
—Este tercero —sentenció el ama— perturba a la juventud.
—¿Y quién decide? —preguntó don Quijote desde el lecho, que no estaba tan dormido como parecía.
—La prudencia —respondió el cura.
—La seguridad —dijo el barbero.
—El orden público —añadió el ama.
Cervantes bajó la voz:
—Siempre hay palabras nobles para justificar el control.
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