Había que verlo. Había que disfrutarlo. Había que explicárselo a nuestros hijos y nietos. Había que escuchar a los científicos, protegerse adecuadamente los ojos y admirar uno de esos espectáculos que recuerdan al hombre su insignificancia ante la inmensidad del universo.
El problema no fue el eclipse.
El problema fue convertir el eclipse en el acontecimiento nacional del verano.
Durante días parecía que España hubiera suspendido todos sus problemas porque la Luna iba a colocarse delante del Sol. Informativos, televisiones, administraciones, ministerios, expertos, dispositivos especiales, recomendaciones, conexiones en directo y horas de programación.
Hasta el Gobierno había preparado un importante despliegue institucional. Estaba prevista la presencia de Pedro Sánchez en el Observatorio de Yebes, aunque finalmente canceló su asistencia, mientras cuatro ministros mantenían su participación en los actos organizados alrededor del fenómeno.
Y entonces uno inevitablemente se pregunta:
¿Dónde está semejante capacidad de movilización cuando lo que está en juego no es mirar al cielo, sino defender España?
Porque Interior preparó para el eclipse un dispositivo extraordinario de seguridad y tráfico. La planificación oficial movilizó decenas de miles de efectivos de Policía Nacional y Guardia Civil ante los desplazamientos previstos para contemplar el fenómeno.
Perfecto.
La seguridad de los ciudadanos debe garantizarse siempre.
Pero resulta inevitable establecer el contraste político.
Tenemos un Gobierno capaz de anticiparse durante meses a la trayectoria de la Luna, pero al que los acontecimientos graves parecen sorprenderle permanentemente.
Para el eclipse había previsión.
Para el eclipse había coordinación.
Para el eclipse había recomendaciones.
Para el eclipse había dispositivo.
Para el eclipse había ministros.
Para el eclipse había televisión.
Para el eclipse había Estado.
Y muchos españoles se preguntan legítimamente por qué no perciben esa misma contundencia cuando contemplan las crisis que afectan a nuestras fronteras, nuestra seguridad, nuestros servicios públicos o nuestra soberanía.
Pan y circo, versión siglo XXI
Nada de esto es nuevo.
Roma lo descubrió hace dos mil años.
Cuando una sociedad comienza a tener demasiados problemas, siempre existe la tentación del poder de ofrecerle espectáculo. Juvenal lo resumió magistralmente con dos palabras que han sobrevivido veinte siglos: panem et circenses.
Pan y circo.
No hace falta imaginar una conspiración gigantesca. Los mecanismos modernos de distracción son mucho más sencillos. Basta con convertir determinadas cuestiones secundarias en omnipresentes mientras los asuntos verdaderamente incómodos van desapareciendo de las portadas.
Un día hablamos de una anécdota durante horas.
Otro día de una polémica cuidadosamente amplificada.
Otro de las vacaciones de un político.
Después llegan las recomendaciones literarias.
Luego las listas musicales.
Y finalmente un eclipse.
Mientras tanto, España continúa.
O quizá debería decir que España continúa deteriorándose mientras nosotros discutimos sobre cualquier cosa menos sobre España.
Tenemos ministros que parecen haberse convertido en creadores de contenido. Políticos preocupados por TikTok, vídeos veraniegos, libros recomendados, listas de Spotify y ocurrencias para las redes sociales.
Gobernar se ha convertido demasiadas veces en comunicar.
Y comunicar, en entretener.
La política española empieza a parecerse peligrosamente a un gigantesco programa de televisión.
Lo importante no es solucionar el problema.
Lo importante es controlar el relato sobre el problema.
Mirad arriba
Hay una magnífica película titulada Don't Look Up, No mires arriba, que retrata una sociedad incapaz de enfrentarse a una amenaza porque políticos, medios de comunicación y ciudadanos terminan convirtiéndola en espectáculo.
En España podríamos rodar la versión inversa.
Se titularía:
Mirad arriba.
Mirad al cielo.
Mirad el eclipse.
Mirad TikTok.
Mirad Spotify.
Mirad las recomendaciones veraniegas.
Mirad cualquier cosa.
Pero, por favor, no miréis alrededor.
No miréis nuestras fronteras.
No miréis la inseguridad.
No miréis el deterioro institucional.
No miréis los problemas ferroviarios.
No miréis la deuda.
No miréis los impuestos.
No miréis los escándalos.
No miréis la colonización partidista de las instituciones.
Y sobre todo no preguntéis demasiado.
España parece haberse convertido en una gigantesca sala de espera donde alguien mantiene permanentemente encendida la televisión para que los ciudadanos no pregunten cuándo llegará el médico.
El eclipse político
Los eclipses siempre fascinaron a la humanidad.
En las civilizaciones antiguas producían terror porque durante unos minutos parecía que el Sol desaparecía.
Hoy conocemos perfectamente su explicación científica. Sabemos que la Luna se interpone entre nosotros y el Sol y proyecta su sombra sobre la Tierra.
Pero existen otros eclipses mucho más peligrosos.
Los políticos.
Los mediáticos.
Los institucionales.
Porque también pueden colocarse entre el ciudadano y la realidad.
Y entonces dejamos de verla.
Durante unas horas España quedó parcialmente sumergida en la oscuridad por un extraordinario fenómeno astronómico.
El problema es que llevamos demasiado tiempo padeciendo otro eclipse.
El eclipse de la realidad.
Una enorme maquinaria política y mediática selecciona diariamente aquello sobre lo que debemos hablar.
Nos dicen qué debemos escuchar.
Qué debemos leer.
Qué debemos comentar.
Qué debemos mirar.
Y hasta dónde debemos mirar.
Ayer tocaba mirar al cielo.
Mañana encontrarán otra cosa.
Mientras nos roban la cartera
Por eso el título de este artículo no pretende despreciar el eclipse. Todo lo contrario.
Yo también considero maravilloso haber podido vivir un acontecimiento que probablemente recordaremos durante muchos años.
Pero precisamente porque fue excepcional debemos impedir que lo excepcional tape lo esencial.
Mientras millones de españoles levantaban el pasado día 12 la cabeza buscando el Sol, nuestra realidad nacional seguía exactamente donde estaba.
Los problemas no desaparecieron durante la totalidad.
Las fronteras no se protegieron solas.
Los trenes no comenzaron milagrosamente a funcionar mejor.
La deuda no se evaporó.
Los impuestos no descendieron.
Los escándalos políticos no dejaron de existir.
Y los problemas de España siguieron ahí cuando volvió la luz.
Ese es precisamente el drama.
Nos han acostumbrado a vivir saltando de espectáculo en espectáculo.
La noticia de hoy debe borrar la de ayer.
La polémica de mañana enterrará la de hoy.
Y así transcurren semanas, meses y legislaturas.
Hasta que un día descubrimos que mientras estábamos mirando hacia otro lado alguien nos había vaciado los bolsillos.
Nuestros abuelos utilizaban una expresión mucho más sencilla:
“Mientras miras al cielo, te roban la cartera.”
Y pocas frases describen mejor la España actual.
Que vuelva la luz
Afortunadamente, los eclipses duran poco.
La sombra pasa.
La Luna continúa su camino.
Y el Sol reaparece.
Ojalá sucediera lo mismo con nuestra política.
Ojalá terminara también este larguísimo eclipse de propaganda, frivolidad y entretenimiento permanente.
Porque un país no puede gobernarse mediante vídeos de TikTok.
Una nación no se administra con listas de Spotify.
Una frontera no se protege recomendando novelas.
Y los problemas nacionales no desaparecen porque durante unas horas consigamos que millones de personas miren hacia arriba.
El día 12 España contempló uno de los espectáculos más hermosos de la naturaleza.
Yo también miré al cielo.
Y me emocionó.
Pero cuando terminó bajé la mirada.
Y allí seguía España.
Con sus problemas.
Con sus heridas.
Con sus contradicciones.
Con demasiadas preguntas sin respuesta.
Por eso quizá la enseñanza política del eclipse sea precisamente esa.
Mirar al cielo de vez en cuando engrandece el espíritu.
Pero un pueblo que quiere seguir siendo dueño de su destino debe mantener también los pies en la tierra y los ojos abiertos.
Porque el eclipse terminó.
La luz regresó.
Ahora sólo falta que los españoles dejemos de estar entretenidos y volvamos a mirar lo que está sucediendo delante de nosotros.
Antes de que, cuando echemos mano a la cartera, descubramos que ya es demasiado tarde.