Será Sandy.
Y Sandy será siempre Grease.
Han pasado cuatro años desde su muerte y casi medio siglo desde que aquella película llegó a los cines en 1978. Sin embargo, basta escuchar los primeros acordes de alguna de sus canciones para que ocurra ese pequeño milagro que solamente consigue la música: durante tres minutos dejamos de tener la edad que tenemos.
Volvemos a tener quince años.
Y eso, a determinadas alturas de la vida, no tiene precio.
La novia que todos queríamos tener
Yo pertenezco a esa generación que vio Grease cuando empezábamos a descubrir que las chicas ya no eran simplemente aquellas compañeras de colegio con las que habíamos compartido infancia.
Empezábamos a salir. A mirar de otra manera. A enamorarnos con esa intensidad desproporcionada, maravillosa y absolutamente irracional de los quince años.
Y entonces apareció Sandy.
Rubia, sonriente, aparentemente ingenua, elegante sin necesidad de exhibirse y con aquella mirada que mezclaba timidez y determinación. Sandy Olsson era, para muchos adolescentes de finales de los setenta y principios de los ochenta, la novia que todos queríamos tener.
Naturalmente, entonces no hacíamos semejantes análisis.
Simplemente nos gustaba Olivia Newton-John.
Muchísimo.
Y nos identificábamos inevitablemente con Danny Zuko, interpretado por Travolta. Queríamos su cazadora, su tupé, su seguridad y, fundamentalmente, queríamos que Sandy nos mirara como miraba a Danny.
Éramos adolescentes.
Teníamos derecho a soñar.
Aquella era además una época en la que enamorarse requería paciencia. No existían teléfonos móviles, WhatsApp, Instagram ni aplicaciones para conocer a alguien situado a tres calles de distancia. Había que llamar a una casa y correr el riesgo de que descolgara el padre de la chica que te gustaba.
Eso sí que era valentía.
Había que quedar a una hora determinada y acudir a la cita porque no existía posibilidad de mandar cinco minutos antes aquello de «llego tarde». Había que esperar. Había que buscarse. Había que escribir alguna carta. Y muchas veces había que regresar a casa preguntándose durante horas si aquella chica te había mirado de una determinada manera porque le gustabas o simplemente porque estaba mirando hacia donde estabas tú.
Qué tiempos aquellos.
Una película aparentemente sencilla
Grease tampoco pretendía cambiar el mundo.
Quizá por eso terminó formando parte de él. Contaba una historia extraordinariamente sencilla: chico conoce a chica durante el verano, llega septiembre, vuelven al instituto y descubren que pertenecen a mundos aparentemente diferentes.
Danny quiere aparentar delante de sus amigos.
Sandy quiere conservar aquello que conoció durante el verano.
Y entre medias aparecen los T-Birds, las Pink Ladies, los coches, los bailes, las chaquetas de cuero, las hamburgueserías y unas canciones que terminarían atravesando generaciones.
No había grandes discursos políticos.
No había pretensiones de educarnos.
No había nadie explicándonos cómo debíamos interpretar cada personaje.
Era entretenimiento.
Y qué extraordinariamente bien nos entretenía.
Quizá por eso todavía seguimos viendo Grease casi cincuenta años después.
Y aquí aparece inevitablemente mi mirada sobre el presente.
Vivimos una época obsesionada con reinterpretarlo todo. Parece que cualquier película antigua tiene que ser sometida a una especie de tribunal moral contemporáneo. Se analiza qué personajes serían hoy políticamente correctos, cuáles deberían pedir disculpas y qué escenas probablemente provocarían alguna campaña de indignación en las redes sociales.
Yo prefiero algo mucho más sencillo.
Prefiero recordar cómo éramos nosotros cuando la vimos.
Porque Grease no explica solamente una época norteamericana que, por cierto, tampoco habíamos vivido. Explica también nuestra propia adolescencia española de finales de los setenta y principios de los ochenta.
Una adolescencia sin internet.
Sin redes sociales.
Sin filtros fotográficos.
Y seguramente con bastantes menos filtros ideológicos.
Olivia
Pero detrás de Sandy estaba .
Y Olivia fue mucho más que Grease.
Había triunfado musicalmente antes de la película y continuó haciéndolo después. Su carrera atravesó el pop, el country y aquella explosión musical de los años ochenta. Su interpretación de Sandy terminó convirtiéndola en un icono mundial, pero canciones posteriores demostraron que no estaba destinada a vivir exclusivamente del recuerdo de aquel personaje.
Con los años, además, fuimos descubriendo otra Olivia.
La mujer que tuvo que enfrentarse durante décadas al cáncer de mama y que convirtió buena parte de aquella experiencia en una batalla pública para ayudar a otras personas.
Ahí desaparecía Sandy.
Quedaba Olivia.
La mujer real.
Y quizá por eso su muerte en agosto de 2022 produjo una tristeza especial entre quienes ya habíamos cumplido muchos más años de los que teníamos cuando entramos por primera vez en un cine para verla.
Porque nosotros también habíamos cambiado.
Muchísimo.
Aquellos quince años
Cuando uno llega a determinada edad comprende que la nostalgia no consiste necesariamente en pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor.
Consiste en saber que fue nuestro.
Eso es diferente.
Seguramente aquellos años tuvieron problemas que hoy hemos olvidado. También existían dificultades, incertidumbres y preocupaciones.
Pero nosotros teníamos entre trece y quince años.
Y cuando tienes quince años el futuro parece infinito.
Los padres parecen eternos.
Los amigos parecen destinados a acompañarte toda la vida.
El verano parece durar muchísimo más que tres meses.
Y enamorarse de una chica puede convertirse durante unas semanas en el acontecimiento más importante de la humanidad.
Después pasa la vida.
Llegan el trabajo, las responsabilidades, los hijos, los éxitos, las decepciones, los amigos que permanecen y aquellos otros que descubrimos que nunca lo fueron.
Y un día lees que ha muerto Olivia Newton-John.
Entonces ocurre algo extraño.
No piensas solamente en ella.
Piensas en ti.
En aquel adolescente que fuiste.
En aquella primera chica.
En aquel primer beso.
En aquellos amigos.
En aquellos cines llenos.
En aquellas tardes en las que todavía quedaba toda una vida por delante.
Sandy seguirá teniendo diecisiete años
Esta es una de las grandes paradojas del cine.
Olivia Newton-John murió con 73 años.
Sandy, sin embargo, jamás envejecerá.
Cada vez que pongamos Grease, volverá a aparecer con su vestido, su sonrisa y aquella inocencia que hizo que una generación entera de adolescentes se enamorara un poquito de ella.
Nosotros sí hemos envejecido.
Danny y Sandy no.
Ellos seguirán bailando eternamente mientras nosotros contemplamos la pantalla sabiendo que aquello que verdaderamente estamos viendo no es una película.
Estamos mirando nuestra juventud.
Y quizá ahí reside la grandeza de determinados artistas. No solamente nos dejan canciones, películas o fotografías. Nos proporcionan lugares a los que regresar.
Olivia Newton-John es uno de esos lugares.
Cada aniversario de su muerte nos recuerda que el tiempo pasa con una velocidad despiadada. Pero también nos concede la oportunidad de recuperar durante unos minutos aquella época en la que bastaba una película, una canción y la sonrisa de una chica rubia llamada Sandy para creer que la vida iba a ser maravillosa.
Tal vez por eso Grease sigue emocionándonos.
Porque durante dos horas Danny vuelve a enamorarse de Sandy.
Sandy vuelve a enamorarse de Danny.
Y nosotros volvemos a tener quince años.
Aunque solamente sea hasta que aparecen los títulos de crédito.
Gracias, Olivia.
Por las canciones.
Por Sandy.
Y, sobre todo, por devolvernos de vez en cuando a aquellos muchachos que fuimos y que, en algún rincón de nosotros mismos, todavía seguimos siendo.