Hace un tiempo, ya me parece lejano, la política española se dividía entre los que dictaban la moral desde un atril de superioridad y el resto de nosotros los mortales, según la terminología de Vistalegre, los que aún no habíamos sido iluminados por la nueva ola progresista. En ese grupillo de superioridad moral, Íñigo Errejón era el monaguillo aventajado, el ideólogo de la masculinidad deconstruida que, con un tono de voz que pretendía ser pedagógico y terminaba siendo insufrible, nos explicaba que el mundo se regía por dogmas inamovibles. Uno de ellos, el más sagrado, es que las denuncias falsas eran un cuento de machirulos, un invento de la extrema derecha, para proteger las estructuras del patriarcado.
Sin embargo, la realidad, una señora ciega y testaruda que no entiende de argumentarios de comunismo, decidió ir a visitarle. Y lo hizo con una ironía tan fina que me hace muy muy feliz. Asistimos, con una mezcla de placer y deleite intelectual, a la caída de su relato, que ha servido para guillotinar reputaciones ajenas mientras los verdugos escondían sus propias miserias bajo la alfombra de la sede de su partido.
Fue casi poético desde un punto de vista sarcástico, ver el comportamiento de Íñigo ante su propio espejo. El mismo hombre que aplaudía como borrego leyes que suprimen la presunción de inocencia del hombre, por el simple hecho de ser hombre, el mismo que defendía que a la mujer hay que creerle siempre, por el hecho de ser mujer, se encuentra ahora parapetado en un equipo legal muy caro, apelando precisamente a esas garantías jurídicas que él mismo despreciaba cuando el acusado era un rival político o un ciudadano anónimo.
El cinismo sube aún más, cuando vemos a Errejón, el arquitecto del solo sí es sí en la sombra intelectual, sugerir que el relato de la demandante no se ajusta a la realidad. ¿Cómo es posible, Íñigo? ¿Acaso no nos dijiste que cuestionar un testimonio femenino era una forma de violencia institucional? ¿Acaso no era negacionismo sugerir que una mujer pudiera mentir o exagerar en un contexto de agresión sexual? Ver al inquisidor descubrir las bondades del garantismo al sentir el calor de la hoguera en sus propios ropajes infantiles es un espectáculo que define a la perfección la hipocresía de toda esta gente.
Para sostener este sistema de persecución al varón, el progresismo se ha servido de un fetiche estadístico: el famoso 0,008% de denuncias falsas. Un dato corrupto que se ha lanzado a la cara de cualquier escéptico como si fuera una verdad absoluta. Pero la verdad comprobada, es que ese porcentaje no refleja la realidad de las denuncias que no son ciertas; solo contabiliza un grupo de 500 escogidas a dedo, por los mismos de siempre, los que necesitan que el chiringuito no decaiga. Y solo se cuentan aquellas en las que un juez ha abierto un procedimiento adicional por falso testimonio y ha emitido una condena firme en un año en concreto.
Es una perversión: es como decir que en España solo hay robos si el ladrón además de ser pillado, confiesa, es grabado por tres cámaras y devuelve el botín con una nota de disculpa. La realidad es que miles de hombres viven en un limbo procesal tras denuncias que terminan en sobreseimiento o archivo por falta de pruebas o por contradicciones flagrantes. Esos casos, en el universo mental de Errejón y sus acólitos, no cuentan. No existen. Hasta que, de repente, el protagonista del caso es uno de los suyos o él mismo.
La semana pasada, ese dogma saltó por los aires. En un solo día, la actualidad nos regaló dos bofetadas de realidad que desmontan la estadística oficial. Por un lado, la absolución del actor Rodolfo Sancho, víctima de una denuncia que la justicia ha desestimado por carecer de base. Por otro, la espantada judicial de Elisa Mouliaá en el caso Errejón. Dos ejemplos que demuestran que el mito de la denuncia falsa tiene mucho más de realidad que de fantasía.
Lo sucedido en los juzgados con la no comparecencia de Elisa Mouliaá merece un capítulo aparte en esta crónica, yo estaba allí y os lo puedo contar de primera mano, porque además hablé personalmente con los abogados de Iñigo y de Rodolfo.







