EDATV News logo
X
UHN PlusVisegrad 24La Derecha DiarioInforma Radio
  • XInstagramYouTubeTikTok
  • Categorías
  • POLÍTICA
  • ACTUALIDAD
  • OPINIÓN
  • SOCIEDAD
  • SUCESOS
  • CORAZÓN
  • Temas
  • ANDALUCÍA
  • ARAGÓN
  • CANARIAS
  • COMUNIDAD VALENCIANA
  • INTERNACIONAL
  • MADRID
  • Nosotros
  • QUIENES SOMOS
  • AUTORES
  • PUBLICIDAD
  • DONAR
UHN PlusVisegrad 24La Derecha DiarioInforma Radio

La Ingeniería del Voto de Diseño

La Ingeniería del Voto de Diseño
porEDATV
opinion

Por Jota Camacho

Compartir:

Durante generaciones, el votante español ha acudido a las urnas con confianza ciega en la limpieza del proceso democrático. Existe en la psicología colectiva una especie de pacto tácito, una mezcla de hidalguía y buena fe, que nos inclina a asumir que el árbitro español es neutral, que quienes gobiernan respetan ciertos límites no escritos y que el sistema, con todas sus imperfecciones, tiene honestidad. Nos tranquiliza pensar que las anomalías electorales pertenecen a otras latitudes, a democracias más frágiles o instituciones menos maduras, donde el poder ha aprendido a perpetuarse deformando lentamente las reglas del juego.

Sin embargo, ver el panorama nacional e internacional nos debería obligar a abandonar algunas comodidades intelectuales. Durante los últimos años, numerosos países han ofrecido ejemplos de una misma tendencia: la erosión de la confianza institucional promovida, paradójicamente, desde las propias estructuras del poder. Lo hemos visto en regímenes abiertamente autoritarios y también en democracias formalmente consolidadas, donde la legitimidad de las instituciones pasa a depender de su utilidad coyuntural. Cuando los resultados son favorables, el sistema se presenta como la expresión de la voluntad popular; cuando dejan de serlo, comienzan las sospechas, las descalificaciones y los cuestionamientos. No es un fenómeno ideológico ni geográfico. Es una situación inherente al poder o al deseo de tenerlo.

España no es inmune a esa deriva. Precisamente porque nuestras instituciones han gozado durante décadas de una notable estabilidad, existe la tendencia a pensar que determinadas prácticas son imposibles entre nosotros. Pero la historia política demuestra que las democracias rara vez se deterioran mediante rupturas llamativas; suelen hacerlo a través de pequeñas excepciones que terminan convirtiéndose en costumbre.

Para comprender algunas de las inquietudes que hoy recorren a una parte de la sociedad, debemos recordar episodios que marcaron la vida interna de los propios partidos. Las primarias socialistas que devolvieron a Pedro Sánchez al liderazgo del PSOE fueron interpretadas por muchos como una demostración de fortaleza democrática frente al aparato tradicional. Para otros, sin embargo, dejaron preguntas sin resolver sobre los mecanismos de control, supervisión y transparencia empleados durante el proceso, imágenes que además todos hemos visto, tras aquellas cortinas. Más allá de la valoración que cada cual haga de ese episodio, la enseñanza es relevante: la confianza en cualquier sistema depende menos de sus resultados que de la solidez de las garantías que lo rodean.

La cuestión tiene aún más importancia cuando se traslada desde la vida interna de una organización política al conjunto del Estado. Una democracia no puede permitirse que la mitad del país considere impecable un procedimiento mientras la otra mitad sospechamos de él. La legitimidad no nace únicamente de la legalidad; también se soporta sobre la percepción de su imparcialidad.

Desde esta óptica, las decisiones recientes merecen un debate más profundo del que han recibido. La regularización extraordinaria de cientos de miles de inmigrantes ha sido defendida por sus partidarios como una respuesta humanitaria y una herramienta de integración social. Sus detractores, por el contrario, observamos en ella evidentes consecuencias políticas y electorales a medio plazo. Probablemente ambas dimensiones coexistan. Lo preocupante no es que existan interpretaciones distintas, sino la creciente dificultad para discutirlas sin que toda discrepancia sea presentada como una forma de hostilidad moral.

Así mismo ocurre con la ampliación del acceso a la nacionalidad española derivada de la Ley de Memoria Democrática. El fenómeno ha generado una enorme demanda en numerosos consulados y ha incorporado a centenares de miles de personas al vínculo jurídico con España. Para algunos, se trata de una reparación histórica legítima. Para otros, plantea interrogantes sobre la relación entre ciudadanía, residencia y participación política. La cuestión de fondo no es quién merece la nacionalidad, sino hasta qué punto una democracia debe reflexionar sobre la conexión entre quienes toman decisiones electorales y quienes experimentan directamente sus consecuencias.

Mientras tanto, persisten debates sobre la robustez de determinados procedimientos electorales. El voto por correo, por ejemplo, ha sido objeto de investigaciones y controversias en distintos procesos recientes. Si bien es cierto que la existencia de irregularidades puntuales no invalida automáticamente un sistema entero, tampoco debería ser minimizada o ignorada. En democracia, la confianza pública exige que cualquier vulnerabilidad sea examinada con rigor, precisamente para evitar que la sospecha termine ocupando el lugar de la certeza. Y si constatamos que varios muertos han votado, no está de más, medir el índice de resurrección.

A esta situación se suma una percepción cada vez más extendida de politización institucional. Organismos que deberían inspirar confianza transversal son observados por amplios sectores de la ciudadanía a través de un prisma partidista. Ya se trate del CIS, de la Fiscalía, del Tribunal Constitucional o de otros centros de poder, el problema no radica únicamente en sus decisiones concretas, sino en la creciente dificultad para convencer a todos los ciudadanos de que actúan con independencia efectiva.

El resultado es una paradoja inquietante. En lugar de debatir sobre cómo fortalecer la credibilidad de las instituciones, con frecuencia el debate gira en torno a desacreditar a quienes plantean dudas sobre ellas. Pero una democracia segura de sí misma no teme las preguntas incómodas. Al contrario: entiende que la crítica razonada forma parte de los mecanismos de corrección que permiten preservar la legitimidad del sistema.

No se trata de cuestionar la inteligencia ni la buena fe de quienes apoyan al Gobierno. Tampoco de exigir adhesiones ideológicas distintas. Se trata de recordar un principio elemental: ninguna democracia debería depender de la confianza personal depositada en un líder concreto. Las garantías institucionales existen precisamente para proteger a los ciudadanos cuando quienes gobiernan dejan de merecer esa confianza, sean del signo político que sean.

La corrupción económica provoca indignación porque puede cuantificarse. La degradación institucional resulta más difícil de percibir, pero sus consecuencias suelen ser más profundas. Cuando los ciudadanos dejan de confiar en la neutralidad de los árbitros, cuando sospechan que determinadas reglas pueden modificarse en beneficio de quien las administra, la democracia comienza a perder aquello que la hace valiosa: la certeza de que todos compiten bajo las mismas condiciones.

España se encuentra hoy ante una disyuntiva que trasciende a cualquier partido. Podemos seguir refugiándonos en la convicción de que nuestras instituciones son demasiado sólidas para sufrir desgaste alguno, o podemos asumir que precisamente su fortaleza depende de una vigilancia constante. Las instituciones no son estructuras abstractas que se preservan por sí mismas; dependen de la integridad, la prudencia y el sentido de Estado de quienes las ocupan.

Por eso el debate no debería centrarse en la supervivencia política de un gobierno concreto, sino en la salud de las reglas comunes que permiten la alternancia. Las democracias no suelen desaparecer de golpe. Se erosionan lentamente cuando la lealtad a un proyecto político acaba imponiéndose sobre la lealtad a las instituciones que garantizan la convivencia.

Y cuando esa erosión se vuelve visible y evidente para todos, normalmente es porque lleva años produciéndose…


Noticias relacionadas

Gertrudis, la secretaria fiel: el último escudo de Zapatero se resquebraja

Gertrudis, la secretaria fiel: el último escudo de Zapatero se resquebraja

Constantino el Grande: el emperador que cambió el rumbo de la Historia

Constantino el Grande: el emperador que cambió el rumbo de la Historia

El auto de Santiago Pedraz y la entrada en Ferraz

El auto de Santiago Pedraz y la entrada en Ferraz

La liturgia de la distracción

La liturgia de la distracción

La Guardia Civil abandonada: Sánchez y Marlaska entregan el sur de España al narcotráfico

La Guardia Civil abandonada: Sánchez y Marlaska entregan el sur de España al narcotráfico

DEL PRESUPUESTO DE LA PROPAGANDA AL ESTADO CONTRA SUS PROPIOS INVESTIGADORES

DEL PRESUPUESTO DE LA PROPAGANDA AL ESTADO CONTRA SUS PROPIOS INVESTIGADORES

Informa Radio
Volumen

Nosotros

  • Quienes Somos
  • Autores
  • Donar

Privacidad

  • Política de Privacidad
  • Política de cookies
  • Aviso legal

Contacto

  • administracion@edatv.com
PUBLICIDAD
EDATV News logo
TwitterInstagramYouTubeTikTok