Algunas profesiones se ejercen a la intemperie de las filias y las fobias ajenas, y luego está el oficio de opinar con la frente alta y la espalda recta en un tiempo que ha hecho de la genuflexión ideológica el único camino de aceptación moral. Quien como yo decide ir por la vida poniendo su cara y firmando con nombre y apellidos cada intervención, cada contraste de pareceres y cada análisis político y económico al margen de los dogmas de la corrección ambiental, sabe de antemano que la censura, el señalamiento y la incomodidad, son impuestos de circulación impepinables.
Tomemos, por ejemplo, esa fauna digital a la que la sociología ha bautizado con el anglicismo de haters. Lejos de constituir una anomalía, representan un testigo muy fiable de la propia salud intelectual. Si recorro mi arco de la comunicación pública, desde las columnas firmadas en esta casa y recopiladas en www.jotacamacho.com, pasando por las páginas de mis novelas, “Relatos de un maltratador” o “El diario de Carmen”, hasta la trinchera radiofónica de cada domingo a las siete de la tarde con “Un paso al frente” en Informa Radio, también de esta casa, sin olvidar la constante labor de auditoría cívica frente al despilfarro de los chiringuitos de género y los “527 logros del Ministerio de Igualdad”, que me atreví a llevar al papel couché y no logra despertar la urticaria de la parroquia dogmática, es que algo está haciendo muy mal. El aplauso unánime, en la comunicación y en la vida, suele ser la señal de una absoluta irrelevancia.
Por eso hoy voy a aplaudir a esta corte de censores espontáneos con la cortesía que se le reserva al mosquito de verano y con la serenidad del que sabe que su incordio es el peaje ineludible de la notoriedad.
Ahora bien, un observador agudo no podrá evitar plantearse una cuestión de estricta taxonomía antropológica. ¿Pertenece la impertinencia al espectro universal de la estupidez humana o, por el contrario, presenta el sectarismo progresista un perfil psicológico, sintáctico e inferiormente ortográfico perfectamente delimitado? Yo no he pedido una beca de investigación a este menester, ni se me ocurriría mendigar para ello un céntimo de las subvenciones disponibles, pues sería el colmo de la ironía financiar con impuestos el estudio de quienes viven de ellos, pero la experiencia acumulada en los teclados de la opinión pública, me entrega patrones imposibles de ignorar.
Existe una correlación matemática directa entre la indigencia argumental, el absoluto desprecio por las reglas elementales de la gramática castellana y una militancia en las filas de la dogmática progresista. No es una ocurrencia partidista, sino una constatación empírica de andar por casa. Quien carece de oficio conocido, va por la vida con la ignorancia de no estar acostumbrado a firmar una nómina, de no haber asumido un riesgo empresarial o levantado la persiana de un negocio y enfrentarse a la voracidad fiscal. Y suele compensar su vacío biográfico con una dedicación obsesiva al arbitraje moral ajeno. Viven, en el fondo, de prestado. Observan el mundo desde la penumbra de un salón sin ventilar, convirtiendo la incomodidad intelectual de los demás en el único argumento que da valor a su insulsa existencia.
Esta fauna cuenta con clases muy definidas. Están los comentaristas de sofá, esos insignificantes personajes que de la nada te vierten su bilis en un teclado con la seguridad absurda del que nunca ha tenido que rendir cuentas ante un tribunal. Están los cuñados de la doctrina oficial, convencidos de que repetir consignas ajenas en bucle equivale a ejercitar el pensamiento crítico. Y luego, en una pirueta de admirable desequilibrio emocional, se encuentran aquellos que deciden dar un paso más allá: averiguan el teléfono, le dan al teclado del móvil y creen que un insulto rápido a deshora tiene el poder de alterar el curso de los acontecimientos.
A estos últimos les doy un agradecimiento enorme. Cada email, cada llamada intempestiva y cada pataleta formalizada, se convierte en una causa jurídica que no hace otra cosa que financiar de manera involuntaria los costes de un proyecto que se alimenta, paradójicamente, de su propia bilis. Lejos de disuadir, la recomendación cívica es insistir en el método. Son los contribuyentes más divertidos, son mecenas por la vía penal a los que algún día erigiré un monumento a la imbecilidad, subvencionado por ellos mismos.
Escribo estas reflexiones desde un parón vacacional, con displicencia y contemplando el trasiego del mundo con una cerveza en la mano. Son exactamente las cinco de la tarde (yo sí he comido), el termómetro exterior pide tregua y, en un ejercicio de sinceridad, os diré que acaba de pasar por mi lado un espécimen que obedece a primera vista a este tipo de perfil y que seguramente no ha encontrado el momento de pasar por la ducha. Ha bastado percibir un leve e impreciso tufillo a humanidad, para que la memoria, con su increíble capacidad asociativa, me trajera de golpe a la memoria, a esa legión de tertulianos progresistas virtuales que acumulan mis notificaciones. La inspiración, como se ve, acecha en los rincones más insospechados de la mente de un escritor.
A todos ellos, a esa cohorte de vigilantes de lo ajeno que invierten sus interminables horas muertas en corregir lo inalcanzable y en odiar lo incomprensible, tenía que enviarles un recuerdo afectuoso en estas fechas. No les desearé unas felices vacaciones, por pura lógica, porque resulta un tanto redundante felicitar el descanso a quien lleva lustros haciendo de la inactividad su seña de identidad más evidente.
Basta con recordarles que la caravana sigue su marcha, que los libros se imprimen y se leen, que los micrófonos de la radio se encienden cada domingo y que la libertad de expresión, cuando se ejerce sin complejos ni deudas ministeriales, es el ácido más corrosivo contra el pensamiento único. Y yo la ejerzo varias veces al día, todos los días de la semana, incluso en vacaciones.
Un abrazo firme a todos ellos; al fin y al cabo, sin su persistencia y su entrañable pesadez, este oficio carecería por completo de gracia.