Colombia sufre en este momento un desgarro muy doloroso. La tierra que me vio nacer, se sacudió con mucha violencia el pasado lunes, dejando tras de sí un paisaje desolador de escombros, polvo y ausencias que ya nadie podrá remediar. Un terremoto de magnitud 7,4, con epicentro en las entrañas del departamento del Chocó y una onda expansiva que castigó con especial saña el Eje Cafetero, Cali y Pereira, quebró de golpe la estabilidad del país.
El balance provisional ofrecido por las autoridades colombianases trágico: casitrescientos compatriotas fallecidos, más de setecientos heridos de consideración y miles de viviendas, centros educativos y hospitales pulverizados. Para todos aquellos hogares que hoy velan a sus muertos, que han perdido el fruto de una vida de esfuerzo o que guardan el desconsuelo entre ruinas, va mi gran abrazoy mi testimonio de una solidaridad firme, intacta y ajena a la distancia.
Cuando se pronuncia el nombre de Colombia, no estamos ante una nación cualquiera, sino ante un edén geográfico inigualable. Un país custodiado por dos océanos, que posee una orografía tan imponente como hermosa y alberga una biodiversidad vegetal y animal de las más ricas del planeta. De sus entrañas brotan el petróleo, las codiciadas esmeraldas, el plátano y un café universalmente reconocido por su suavidad, además de un manto inagotable de flores que exporta belleza a los cinco continentes.
A ello se suma un patrimonio intangible de primer orden: en suelo colombiano se cultiva también uno de los mejores y más pulcros castellanos del mundo. Diversos estudios filológicos oficiales avalan la riqueza léxica, la claridad fonética y el esmero gramatical que caracterizan el habla de sus gentes, con enclaves como Bogotá consagrados tradicionalmente como bastiones indiscutibles de la excelencia en nuestra lengua común.
Sin embargo, el activo más valioso de Colombia no está en la generosidad del suelo, sino en la milagrosa resiliencia de su gente. Una conmovedora paradoja sociológica con mediciones internacionales de referencia sitúa reiteradamente a Colombia entre los países más felices y vitalistas del mundo. Lo consiguen a pesar de haber cargado durante décadas con el yugo asfixiante de la guerrilla, la lacra criminal del narcotráfico y el lastre continuado del sicariato y de gobernantes corruptos.
Entre ellos, ocupa un lugar bochornoso la etapa del asesino criminal y guerrillero Gustavo Petro, un gestor de la demagogia populista y el empobrecimiento institucional que operó como el espejo sudamericano de las peores dinámicas colectivistas que hoy lastran a Occidente. Frente a esa oscura herencia, el pueblo colombiano ha demostrado una y otra vez que posee un anclaje espiritual indestructible. Amparados mayoritariamente en la fe y en la tradición del Sagrado Corazón de Jesús, los colombianos entienden que el dolor colectivo no se combate con el victimismo, sino con el trabajo tenaz, la decencia y la esperanza.
Esa misma sociedad estrenó hace apenas unos días un nuevo tiempo político bajo la guía de un liderazgo completamente opuesto al de su horrible predecesor. Abelardo de la Espriella asumió la presidencia de la República el pasado 7 de agosto, tras cosechar un respaldo masivo en las urnas que superó los doce millones y medio de votos. Procedente de la sociedad civil y del movimiento ciudadano Defensores de la Patria, el nuevo mandatario accedió a la presidencia sin el desgaste de las viejas castas burocráticas, con un discurso de firmeza, autoridad democrática y recuperación de los valores liberales y conservadores que tanto tiempo llevaban olvidados en el debate público.
El destino quiso que su bautismo de fuego al frente del Ejecutivo coincidiera con esta triste catástrofe. Lejos de la lentitud que suele ocurrir en los arranques de una legislatura, la respuesta de las primeras veinticuatro horas exhibió un pragmatismo digno de admirar. De la Espriella activó de inmediato el Puesto de Mando Unificado, decretó formalmente el estado de desastre nacional para agilizar la llegada de recursos a los departamentos golpeados y, rompiendo con la costumbre de delegar, voló de inmediato a los epicentros de la tragedia para supervisar personalmente las labores de rescate y socorro. Su gestión inicial ha combinado la sobriedad frente a la pérdida humana y una autoridad presidencial que busca transmitir certezas a una ciudadanía que necesita sentir el respaldo firme de su gobierno.
Contrasta de manera flagrante este sentido del deber y la asunción inmediata de la responsabilidad con el lodazal político que padecemos en España, donde la incompetencia Sanchista se ha convertido en la norma sistemática de cada crisis. Mientras al otro lado del Atlántico un gobierno recién estrenado da la cara sobre el fango y moviliza al Estado con diligencia, en nuestro país asistimos al patético espectáculo de un PSOE instalado en la propaganda permanente y el espectáculo más mezquino.
La memoria de este verano no podrá borrar jamás la nefasta gestión de los incendios forestales que arrasaron decenas de miles de hectáreas. Provincias como Ávila quedaron convertidas en un tristísimo solar de cenizas y decenas de miles de compatriotas fueron confinados o evacuados a su suerte, mientras las administraciones central y autonómica cruzaban reproches estériles en lugar de asumir responsabilidades. A ello se suma la quiebra absoluta de la seguridad y el control de nuestras fronteras en Ceuta, donde la avalancha migratoria de finales de julio con más de setenta mil entradas irregulares cruzando a nado los espigones, desbordó por completo las costuras del Estado ante la pasividad de un presidente, que a pesar de estar avisado por el CNI, fue incapaz de hacer valer la soberanía territorial y el orden constitucional que aun continua y que seguramente se repetirá este 15 de agosto nuevamente.
La diferencia abismal entre una nación que, pese a los zarpazos de la naturaleza y de su propia historia, se contrasta en torno al valor del esfuerzo y la autoridad para salir adelante, y un país postrado ante la inercia de sus actuales dirigentes define un abismo moral. A los que llevamos a Colombia en la sangre nos duele mucho su dolor actual, pero nos consuela la certeza de conocer suhistoria; una dignidad colectiva que ya quisieran para sí muchos de los que hoy mal gobiernan nuestra maltrecha España, abonados al cinismo y al desgobierno mientras la realidad les pasa por encima sin piedad.
Colombia, una bella nación que ha sabido rehacerse de cada golpe y que volverá a hacerlo, sin duda alguna. España, un viejo y gran imperio curtido en mil batallas y sostenido por personas de bien. Ambas tierras, mis dos patrias, que la providencia les otorgue la firmeza y el temple necesarios para levantarse de sus respectivos desastres.