Podía ser incompetente, sectario, mediocre o simplemente estar equivocado, pero conservaba cierta conciencia institucional del cargo que ocupaba. Sabía que representaba al Estado y que había momentos para la frivolidad y momentos para la gravedad.
Ahora tenemos otra cosa.
Ahora tenemos ministros que quieren ser tiktokers, presidentes convertidos en prescriptores musicales y literarios, vicepresidentas que recomiendan libros, responsables públicos que nos cuentan sus viajes favoritos y ministras preocupadas por explicarnos qué gafas debemos utilizar para contemplar un eclipse.
Y todo ello mientras España contempla lo sucedido en Ceuta.
Uno entra en las redes sociales de determinados miembros del Gobierno y puede llegar a pensar que vivimos en Suiza; que la economía española es una locomotora; que nuestras fronteras son inexpugnables; que los trenes funcionan como relojes; que no existe preocupación alguna por la seguridad; que nuestras instituciones atraviesan su mejor momento y que Pedro Sánchez preside el país más tranquilo y próspero del planeta.
Debe de ser maravilloso vivir en la España que aparece en el TikTok de nuestros ministros.
El problema es que los españoles vivimos en otra.
EL GOBIERNO DE TIKTOK
Félix Bolaños, ministro de Presidencia, Justicia y Relaciones con las Cortes, se ha incorporado a esa curiosa competición gubernamental por parecer simpático, cercano y veraniego.
Nos habla de viajes y lugares preferidos.
Estupendo.
El problema no es que un ministro tenga vacaciones, aficiones o destinos favoritos. Naturalmente que los tiene. También los tenían Churchill, De Gaulle y el mismísimo Franco.
La cuestión es otra.
La frivolidad comunicativa resulta especialmente llamativa cuando coincide con momentos en los que la sociedad espera de sus gobernantes precisamente lo contrario: gravedad, autoridad, presencia y sensación de control.
La polémica ha llegado hasta el punto de que una antigua directora de comunicación del PSOE, próxima personalmente a Sánchez durante años, ha reprochado públicamente a Bolaños sus vídeos y le ha recordado algo bastante elemental:
Ceuta necesita al Gobierno.
Y esa frase resume perfectamente la situación.
Ceuta necesita al Gobierno.
No necesita un vídeo.
No necesita una performance.
No necesita recomendaciones estivales.
Necesita Estado.
Necesita ministros.
Necesita que los españoles que viven allí sepan que detrás de ellos existe una nación dispuesta a protegerlos.
Porque gobernar consiste precisamente en aparecer cuando las cosas van mal. Para salir cuando todo funciona, sonreír a una cámara y recomendarnos un lugar de vacaciones sirve cualquiera.
SÁNCHEZ, PRESIDENTE Y DISC-JOCKEY
Pedro Sánchez también parece empeñado en construir una realidad paralela.
Una España de fotografías, libros, canciones y recomendaciones musicales.
El presidente ha utilizado sus redes sociales para compartir sus gustos musicales y elaborar su particular banda sonora del verano.
Y tampoco tengo absolutamente nada contra la música.
Al contrario.
Todos tenemos canciones asociadas a momentos de nuestra vida. La música forma parte de nuestra memoria sentimental. Hay canciones capaces de devolvernos durante tres minutos a nuestra juventud, a nuestros padres, a nuestros amigos o a aquellos veranos que ya nunca regresarán.
Pero Sánchez no es un disc-jockey.
Es el presidente del Gobierno de España.
Y mientras España atraviesa problemas políticos, económicos, institucionales y territoriales extraordinariamente serios, Moncloa parece haber descubierto que una de las mejores maneras de comunicarse con nosotros consiste en confeccionarnos una lista de reproducción.
Música para el verano.
Buen rollo.
Sol.
Vacaciones.
Solo falta que desde Presidencia nos recomienden la crema solar y el chiringuito donde preparan mejor la paella.
Mientras tanto, Ceuta.
Mientras tanto, nuestras fronteras.
Mientras tanto, los problemas ferroviarios.
Mientras tanto, la vivienda.
Mientras tanto, las investigaciones judiciales que afectan al entorno político del Gobierno.
Pero no se preocupen.
Tenemos banda sonora.
EL CLUB DE LECTURA DE MONCLOA
Y la cosa no termina con Spotify.
Pedro Sánchez también ha descubierto su vocación de crítico literario.
El presidente recomienda libros, comenta lecturas y muestra sus preferencias culturales en las redes sociales.
Magnífico.
Leer es maravilloso.
Ojalá los españoles leyeran más.
Ojalá nuestros políticos también.
Quien escribe libros difícilmente puede criticar que un presidente anime a leer.
El problema no son los libros. El problema es utilizar los libros como decorado político.
Porque el Sánchez de las redes sociales pretende ofrecernos la imagen de un presidente culto, relajado, moderno y cercano, capaz de recomendarnos una novela o una canción mientras la realidad política transcurre por una pantalla completamente diferente.
Hasta la prensa cultural se ha ocupado de analizar esta nueva faceta presidencial y el uso de TikTok para recomendar música y lecturas.
Y Sánchez no está solo.
También Yolanda Díaz se ha incorporado a las recomendaciones literarias.
Parece que el Consejo de Ministros se ha transformado durante el verano en una mezcla de club de lectura, emisora musical, agencia de viajes y consultorio de ocio.
Cualquier día esperamos que después del Consejo de Ministros comparezcan para anunciarnos el reparto de competencias:
Félix Bolaños, destinos turísticos.
Yolanda Díaz, novedades editoriales.
Pedro Sánchez, música y literatura.
Mónica García, gafas para eclipses.
Y Óscar Puente, naturalmente, encargado de las peleas en las redes sociales.
Solo falta que María Jesús Montero nos recomiende dónde tomar el aperitivo y tendremos confeccionada la guía oficial del verano del Gobierno de España y de sus secuaces.
Produce risa.
Pero debería producir preocupación.
ÓSCAR PUENTE, MINISTRO Y POLEMISTA
Luego está Óscar Puente.
Un caso aparte.
Tengo la sensación de que el ministro de Transportes se levanta algunas mañanas preguntándose no qué problema ferroviario debe solucionar, sino con quién puede discutir ese día en las redes sociales.
Ahora la polémica puede ser Javier Negre y su fotografía con Felipe VI en Colombia.
Mañana será otro periodista que no forme parte del ecosistema mediático del PSOE.
Pasado mañana, Santiago Abascal.
Y al siguiente, cualquier ciudadano o adversario político que se cruce digitalmente en su camino.
Un ministro convertido prácticamente en comentarista permanente de X.
Y uno se pregunta:
¿De verdad para eso paga España a un ministro?
Porque discutir en las redes sociales sabemos hacerlo todos gratis.
Lo complicado es conseguir que los servicios públicos funcionen.
La política española ha llegado a un punto grotesco en el que algunos ministros parecen valorar su jornada por el número de retuits, reproducciones y polémicas conseguidas.
Ya no gobiernan.
Generan contenido.
Y España no necesita generadores de contenido.
Necesita gobernantes.
MÓNICA GARCÍA Y LAS GAFAS DEL ECLIPSE
Mónica García, mientras tanto, nos explica las precauciones que debemos adoptar para contemplar un eclipse.
Y aquí conviene ser justos.
Advertir de los riesgos oculares de mirar directamente al Sol es perfectamente razonable. El Ministerio de Sanidad tiene entre sus funciones informar sobre riesgos para la salud.
Nada que objetar.
El problema, nuevamente, es el contexto.
Porque cuando una sociedad percibe que existen problemas graves y contempla a sus responsables políticos volcados en vídeos amables sobre gafas para eclipses, viajes, canciones o libros, aparece inevitablemente una pregunta:
¿Pero esta gente vive en el mismo país que nosotros?
Quizá necesitemos precisamente unas gafas especiales.
No para mirar el eclipse.
Para mirar España.
Porque dependiendo de las gafas que utilicemos aparecen dos países completamente diferentes.
Con las gafas de Moncloa aparece una España feliz, moderna, feminista, ecológica, europea, musical, lectora y permanentemente de vacaciones.
Nos quitamos las gafas y aparece la realidad.
Y la realidad suele ser bastante menos fotogénica.
CEUTA NO CABE EN UN TIKTOK
Ahí está Ceuta.
Después de la extraordinaria presión migratoria sufrida por la ciudad, queda una realidad que no puede resolverse con vídeos de treinta segundos.
Ceuta es una pequeña ciudad española sometida a una presión extraordinaria.
Y junto a las cifras aparecen testimonios de preocupación de vecinos y familias, inquietud por la seguridad y un sentimiento que el Gobierno debería tomarse muy en serio:
el miedo.
Cuando existen familias preocupadas por sus hijos, comerciantes inquietos o ciudadanos que consideran insuficientes los medios disponibles para afrontar una situación excepcional, un Gobierno responsable no debe ridiculizar esas preocupaciones ni ocultarlas detrás de una campaña de comunicación.
Y cualquier denuncia concreta de delitos debe comprobarse y perseguirse con todo el peso de la ley, sin convertir rumores en estadísticas ni negar las preocupaciones reales de los vecinos.
Porque precisamente eso es gobernar.
Comprobar.
Actuar.
Proteger.
Informar.
Y estar presente.
Ceuta necesita Estado.
Necesita Policía.
Necesita Guardia Civil.
Necesita medios.
Necesita seguridad.
Y, sobre todo, necesita recordar algo que parece haberse olvidado:
Ceuta es España.
No es una colonia.
No es un territorio administrativo incómodo.
No es una ficha diplomática que pueda utilizarse dependiendo de cómo amanezca nuestra relación con Marruecos.
Son españoles que tienen exactamente el mismo derecho que alguien que vive en Madrid, Sevilla, Vigo, Barcelona o Santander a sentirse protegidos por su Estado.
LA POLÍTICA COMO “PERFORMANCE”
Hay una palabra que define bastante bien todo esto:
Performance.
El Gobierno parece haber sustituido progresivamente la gestión por la representación.
Todo es comunicación.
Todo es relato.
Todo es imagen.
Un ministro ya no parece necesitar solucionar un problema. Basta con grabar un vídeo explicándonos lo estupendamente que lo está solucionando.
El presidente ya no necesita convencer al ciudadano de que España funciona.
Basta con mostrarle una España cuidadosamente seleccionada para Instagram y TikTok.
Es la política convertida en publicidad.
Y no creo que sea casual.
Detrás existen asesores, expertos en comunicación, análisis de audiencias, estudios sobre redes sociales y seguramente informes que aconsejan humanizar a los ministros.
Hacerlos cercanos.
Divertidos.
Normales.
Que Bolaños nos cuente dónde viaja.
Que Yolanda Díaz nos diga qué leer.
Que Sánchez nos recomiende música y literatura.
Que Mónica García nos explique cómo mirar el eclipse.
Que Óscar Puente entretenga las redes con su última pelea.
Magnífico.
Solo existe un pequeño inconveniente.
Son ministros.
No concursantes de un reality.
LA ESPAÑA QUE EL ALGORITMO NO ENSEÑA
Y ahí está probablemente la clave.
Se pretende construir una España que el algoritmo pueda digerir.
Una España sin aristas.
Sin problemas.
Sin fronteras desbordadas.
Sin ciudadanos preocupados.
Sin trenes que fallen.
Sin escándalos.
Sin inseguridad.
Sin familias que no llegan a final de mes.
Sin jóvenes incapaces de comprarse una vivienda.
Porque esas cosas funcionan mal en TikTok.
Son demasiado complicadas.
Necesitan explicaciones.
Exigen responsabilidades.
Una canción dura tres minutos.
Un vídeo, treinta segundos.
Una recomendación literaria genera comentarios amables.
Una crisis de Estado exige gobernantes.
Por eso sospecho que detrás de toda esta nueva comunicación gubernamental existe una estrategia perfectamente diseñada:
hacer cotidiano al poder para convertir en extraordinario —y casi invisible— todo aquello que incomoda al poder.
Que discutamos sobre las canciones de Sánchez.
Que comentemos los libros de Yolanda Díaz.
Que conozcamos los viajes de Bolaños.
Que sepamos qué gafas recomienda Sanidad.
Y mientras nosotros hablamos de todo eso, quizá dejamos de hablar de aquello de lo que Moncloa preferiría que no habláramos.
NERÓN TENÍA UNA LIRA; NOSOTROS TENEMOS SPOTIFY
La comparación histórica resulta demasiado tentadora.
La tradición nos dejó la imagen de Nerón tocando la lira mientras Roma ardía.
La historia real fue seguramente bastante más compleja, pero la metáfora sobrevivió durante veinte siglos porque representa perfectamente una determinada forma de ejercer el poder:
la frivolidad de los gobernantes frente a la preocupación de los gobernados.
Nerón tenía una lira.
Nosotros tenemos Spotify.
Hemos progresado.
No sé si España arde.
Pero desde luego acumula suficientes problemas como para que sus ministros abandonen durante unas horas el papel de influencers.
Hay momentos para recomendar libros.
Hay momentos para recomendar canciones.
Hay momentos para hablar de viajes.
Y hay momentos para gobernar.
Éste es uno de ellos.
Porque mientras unos españoles contemplan preocupados lo sucedido en Ceuta, el Gobierno parece empeñado en que contemplemos el eclipse.
Mientras muchos ciudadanos preguntan qué está sucediendo en nuestras fronteras, Sánchez nos propone una banda sonora.
Mientras España necesita explicaciones, algunos ministros ofrecen contenido.
Mientras el ciudadano pregunta quién gobierna, Moncloa parece contestar:
«Síguenos en TikTok».
APAGUEN EL MÓVIL Y GOBIERNEN
Así que voy a permitirme realizar mi propia recomendación veraniega al Gobierno.
No es un libro.
No es una canción.
No es un restaurante.
No es un destino turístico.
Ni siquiera unas gafas para contemplar el eclipse.
Es muchísimo más sencilla:
apaguen durante unas horas TikTok, Instagram, Spotify y X y dedíquense a gobernar España.
Se lo agradeceremos.
A Félix Bolaños no le pagamos para conocer sus viajes favoritos.
A Yolanda Díaz no la necesitamos como librera.
A Óscar Puente no le pagamos para discutir con periodistas.
A Mónica García no la hemos convertido en ministra para que su imagen pública termine reducida a recomendaciones sobre cómo contemplar un eclipse.
Y a Pedro Sánchez no le pagamos para ser nuestro prescriptor musical y literario.
Los españoles ya sabemos elegir nuestras canciones.
Nuestros libros.
Nuestros viajes.
Y nuestras gafas de sol.
Lo que necesitamos de ellos es bastante más difícil.
Necesitamos un Gobierno.
Un Gobierno que gobierne.
Un Gobierno que proteja nuestras fronteras.
Un Gobierno que defienda a sus ciudadanos.
Un Gobierno que cuando Ceuta tenga un problema esté mirando hacia Ceuta y no hacia el número de reproducciones de su último vídeo.
Porque llegará un momento en el que ni el mejor filtro de Instagram, ni la canción más pegadiza de Spotify, ni el libro más cuidadosamente seleccionado conseguirán ocultar la realidad.
Y entonces descubrirán algo que ningún asesor de comunicación debería olvidar:
se puede intentar gobernar durante algún tiempo mediante el relato; lo que no se puede es convertir indefinidamente un país en un TikTok.
España no necesita influencers.
No necesita performances.
No necesita que el Consejo de Ministros se convierta en un club de lectura, una emisora musical o una agencia de viajes.
España necesita ministros.
Y, sobre todo, necesita que gobiernen.