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Meirás no «volvió al pueblo»: la memoria que algunos prefieren olvidar

Meirás no «volvió al pueblo»: la memoria que algunos prefieren olvidar
por Javier Garcia Isac
19 de agosto de 2026 a las 10:00
opinion

Conviene recordarlo precisamente ahora, cuando durante años hemos tenido que escuchar una de esas frases fabricadas para convertirse en consigna: «El Pazo de Meirás vuelve al pueblo»

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Hay fechas que sirven para recordar y otras que sirven, además, para desenmascarar. El 11 de agosto de 1936 pertenece a las dos categorías.

Ese día fueron asesinados Jaime Quiroga y Pardo Bazán, hijo de Emilia Pardo Bazán, y su hijo Jaime Quiroga y Esteban-Collantes, que apenas tenía 19 años. Padre e hijo habían sido detenidos en Madrid después del estallido de la Guerra Civil y pasaron por la checa de Bellas Artes antes de ser ejecutados. Las fuentes coinciden en el asesinato, aunque existen discrepancias sobre el lugar exacto de la ejecución.

Conviene recordarlo precisamente ahora, cuando durante años hemos tenido que escuchar una de esas frases fabricadas para convertirse en consigna: «El Pazo de Meirás vuelve al pueblo».

¿Vuelve?

Para volver a un sitio hay que haber estado antes en él.

Y ahí empieza la parte de la historia que la propaganda suele contar mucho menos.

Antes de Franco estaba Pardo Bazán

El Pazo de Meirás no nació como una residencia de Franco. Mucho antes de que Francisco Franco entrara allí, Meirás estaba ligado a una de las grandes figuras de la literatura española: Emilia Pardo Bazán.

Fue su casa, su espacio familiar, su refugio intelectual y una parte inseparable de su biografía.

Cuando Pardo Bazán murió en 1921, aquella propiedad quedó vinculada a sus herederos. Entre ellos estaba precisamente Jaime Quiroga y Pardo Bazán.

Es decir, cuando alguien intenta resumir la historia de Meirás con la cómoda secuencia «Franco se quedó con el pazo y la democracia se lo devolvió al pueblo», está eliminando deliberadamente todo un capítulo anterior.

Porque antes de Franco hubo una familia.

Antes del nuevo régimen hubo una propietaria.

Antes de la propaganda hubo una historia.

Y, sobre todo, antes de convertir Meirás en un símbolo antifranquista, hubo dos asesinados.

El hijo y el nieto de Pardo Bazán

Jaime Quiroga y Pardo Bazán no murió plácidamente dejando que la historia siguiera su curso. Fue asesinado en el verano de 1936 junto a su hijo de 19 años. Asesinado por el Frente Popular, por los mismos que reclamaban que el Pazo se devolviera al pueblo.

La paradoja histórica resulta difícil de ignorar.

Una familia vinculada a Meirás sufrió directamente la violencia revolucionaria desatada en Madrid durante las primeras semanas de la Guerra Civil. Jaime y su hijo fueron detenidos por milicianos y asesinados.

Y ochenta y tantos años después hemos asistido a una operación política y propagandística en la que determinados sectores de la izquierda han celebrado la recuperación estatal del Pazo como una especie de reparación histórica frente al franquismo.

Hay una ironía cruel en todo esto.

Porque quienes hoy quieren convertir Meirás exclusivamente en un lugar para explicar la represión franquista deberían tener la decencia intelectual de explicar también quién era Emilia Pardo Bazán, quién era su hijo y qué hicieron con él y con su nieto en agosto de 1936, hace ya 90 años.

La memoria, cuando es memoria de verdad, no puede tener un solo ojo.

La memoria selectiva

Yo no discuto aquí una sentencia.

La Justicia ha hablado.

La Audiencia Provincial de La Coruña declaró que el inmueble pertenecía al Estado y sostuvo que la donación realizada en 1938 no constituía título suficiente para transmitir la propiedad a Francisco Franco. El Tribunal Supremo confirmó definitivamente en marzo de 2026 la titularidad estatal. La propia Justicia reconoció, además, que los herederos de Franco habían poseído el inmueble durante décadas sin mala fe y les reconoció el derecho a ser compensados por determinados gastos de conservación.

Eso es el terreno jurídico.

Pero existe otro terreno completamente distinto: el relato político.

Y ese relato sí merece ser discutido.

Porque una cosa es decir que los tribunales han determinado que el actual propietario legítimo es el Estado y otra muy distinta construir retrospectivamente la fantasía de que el Pazo perteneció desde siempre a una especie de ente abstracto llamado «el pueblo» hasta que apareció Franco para arrebatárselo.

No fue así.

Meirás tiene una historia anterior a Franco. Una historia familiar, literaria y también trágica.

Y borrarla para que encaje en la plantilla ideológica de la memoria democrática es exactamente lo contrario de hacer historia.

Los muertos incómodos

En España hemos llegado a una situación verdaderamente grotesca.

Hay muertos que merecen placas, homenajes, documentales, subvenciones, actos institucionales y discursos ministeriales.

Y hay otros muertos que molestan.

Jaime Quiroga y su hijo pertenecen a estos últimos.

Porque reconocerlos obliga a admitir algo que determinada izquierda lleva décadas intentando diluir: que en la España de 1936 hubo una violencia revolucionaria brutal en la retaguardia republicana y que las víctimas de aquella violencia también tienen nombres, apellidos, familias y biografías.

No eran estadísticas.

No eran «elementos reaccionarios».

Eran personas.

Y uno de aquellos hombres era hijo de Emilia Pardo Bazán. El otro, su nieto de 19 años.

Me gustaría escuchar algún día, en uno de esos actos de «memoria» que tanto gustan a nuestros gobernantes, sus nombres completos.

Me gustaría ver una placa.

Me gustaría escuchar un discurso.

Me gustaría comprobar que esa memoria democrática de la que tanto presumen es capaz de recordar también a quienes fueron asesinados por milicianos del bando que algunos llevan décadas empeñados en presentar bajo una indulgente superioridad moral.

Me temo que puedo esperar sentado.

Si Pardo Bazán levantara la cabeza

Y aquí aparece una de esas ironías que únicamente la historia española es capaz de producir.

Emilia Pardo Bazán murió en 1921.

No pudo ver la Guerra Civil.

No pudo contemplar el asesinato de su hijo.

No pudo saber que también matarían a su nieto.

Y tampoco pudo imaginar que, muchas décadas después, la residencia que estuvo vinculada a su familia acabaría convertida en campo de batalla de la memoria histórica española y siendo reclamada por aquellos herederos ideológicos que asesinaron a su hijo y a su nieto.

Pero uno no puede evitar preguntarse qué pensaría si levantara la cabeza.

Probablemente se sorprendería al escuchar que Meirás había sido «devuelto al pueblo».

Quizá preguntaría:

—¿Devuelto? ¿Cuándo fue suyo?

Y posiblemente después preguntaría por Jaime.

Y por su nieto.

Entonces empezaría el silencio.

Ese silencio tan característico de nuestra memoria oficial.

Ni la historia empezó en 1939 ni Meirás empezó con Franco

Ése es el problema fundamental.

Para una parte de nuestra izquierda, la historia contemporánea española parece comenzar con Franco.

Todo lo anterior se convierte en una especie de prólogo borroso que conviene simplificar.

Pero España existía antes de Franco.

Meirás existía antes de Franco.

Pardo Bazán existió antes de Franco.

Su familia existió antes de Franco.

Y el asesinato de su hijo y de su nieto ocurrió antes de que Franco gobernara España. Gobernaba el PSOE, las mismas siglas manchadas de sangre que hoy nos gobiernan.

Eso también es memoria.

La verdadera historia resulta incómoda precisamente porque no se adapta a los argumentarios de ningún partido.

No pretendo sustituir una propaganda por otra. Pretendo algo mucho más sencillo y, en estos tiempos, aparentemente revolucionario: contar la historia completa.

Que se explique cómo llegó Franco a Meirás.

Que se expliquen las circunstancias de 1938.

Que se explique su utilización como residencia de verano de la Jefatura del Estado.

Que se explique el litigio posterior con sus herederos.

Que se explique la sentencia.

Todo.

Pero entonces expliquemos también qué era Meirás antes de Franco.

Expliquemos a Emilia Pardo Bazán.

Y expliquemos qué sucedió con su hijo Jaime y con su nieto.

Porque si vamos a convertir el Pazo en un lugar de memoria, hagámoslo de verdad.

Memoria completa, no memoria de partido.

Meirás no necesita propaganda

La izquierda española ha encontrado en la palabra «memoria» una extraordinaria herramienta política.

El procedimiento resulta sencillo: selecciona un episodio histórico, establece quiénes son los buenos y quiénes los malos, elimina todo aquello que pueda complicar el relato y después convierte esa versión simplificada en política pública.

Pero la historia nunca es tan cómoda.

El Pazo de Meirás es un magnífico ejemplo.

Hoy pertenece jurídicamente al Estado porque así lo han determinado los tribunales. Eso no admite discusión política: las sentencias se acatan, aunque nos parezcan injustas. Se acatan porque no nos queda otra…

Lo que sí admite discusión —y mucha— es que desde el poder se pretenda presentar esa decisión como la culminación de una narración moral en la que unos supuestos representantes del «pueblo» recuperan lo que siempre habría pertenecido al «pueblo».

No.

La historia es bastante más compleja.

Y contiene una paradoja terrible.

El lugar asociado a Emilia Pardo Bazán ha terminado convertido en símbolo político por sectores ideológicos que hablan constantemente de víctimas y memoria mientras apenas recuerdan que el hijo de la escritora y su nieto de 19 años fueron asesinados en agosto de 1936.

Ésa es la parte de Meirás que incomoda.

La que no cabe en una pancarta.

La que no sirve para un eslogan.

La que obliga a mirar hacia 1936 y no solamente hacia 1939.

Por eso, cada vez que vuelva a escuchar que «Meirás ha vuelto al pueblo», recordaré dos nombres:

Jaime Quiroga y Pardo Bazán.

Jaime Quiroga y Esteban-Collantes.

Padre e hijo.

Hijo y nieto de Emilia Pardo Bazán.

Asesinados el 11 de agosto de 1936.

Porque se puede ganar una batalla judicial por un edificio. Se puede cambiar una inscripción en el Registro de la Propiedad. Incluso se puede decidir qué relato se cuenta entre sus paredes.

Lo que no debería poder hacerse es cambiar el pasado.

Y mucho menos borrar a sus muertos.

Si Meirás va a ser patrimonio de todos, su memoria también debe ser la de todos. Incluso —y especialmente— la de aquellos a quienes algunos preferirían olvidar porque los asesinaron ellos.



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