Todo muy bonito.
Todo muy europeo.
Todo muy globalista.
Solo hay un pequeño detalle que parece molestar cuando se menciona: Gibraltar sigue siendo una colonia británica en territorio español.
Y eso, por mucho que derribemos verjas, pronunciemos discursos solemnes o organicemos ceremonias al son del Himno de la Alegría, no es normal.
Lo verdaderamente preocupante es que los españoles hemos terminado acostumbrándonos a que no sea normal.
Ahí está la gran derrota.
No en la caída de una verja, sino en la desaparición de una reivindicación nacional de la conciencia colectiva de los españoles.
Gibraltar fue ocupado en 1704, durante la Guerra de Sucesión española, y cedido a la Corona británica por el Tratado de Utrecht de 1713. Tres siglos después, el Peñón continúa bajo soberanía británica. La propia cuestión de Gibraltar ha permanecido durante décadas vinculada en Naciones Unidas al proceso de descolonización y España ha sostenido históricamente que afecta a su integridad territorial.
Pero hoy parece de mal gusto recordarlo.
Hoy lo moderno es hablar de «prosperidad compartida».
Hoy lo progresista es eliminar fronteras.
Hoy lo correcto es decir que las soberanías pertenecen al pasado.
Curiosamente, las soberanías de los demás nunca pertenecen al pasado. Solo la española.
El Reino Unido jamás ha tenido complejos a la hora de defender sus intereses nacionales. Jamás. Puede abandonar la Unión Europea, recuperar competencias, controlar sus fronteras, defender sus territorios de ultramar y sostener sus posiciones estratégicas durante siglos.
Y nadie se escandaliza.
España, en cambio, parece obligada a pedir perdón cada vez que recuerda que Gibraltar es una anomalía colonial en pleno siglo XXI.
Han pasado diez años desde que los británicos votaron a favor del Brexit. La salida formal del Reino Unido de la Unión Europea se produjo en 2020. Se abrió entonces una oportunidad histórica.
Por primera vez en décadas, el Reino Unido estaba fuera de la Unión y España permanecía dentro.
Era el momento de utilizar toda nuestra capacidad diplomática.
Era el momento de recordar que Gibraltar no podía disfrutar de las ventajas europeas como si nada hubiera ocurrido.
Era el momento de presionar.
Era el momento de colocar la soberanía en el centro del debate.
Era el momento de decir a Londres que el Brexit tenía consecuencias y que Gibraltar no podía convertirse en una cómoda puerta trasera para entrar en Europa disfrutando de privilegios que el propio Reino Unido había decidido abandonar.
Pero España hizo lo de siempre.
Nada.
O peor que nada.
Negociar para que todo resulte todavía más cómodo para Gibraltar.
El nuevo marco elimina barreras físicas y controles en la frontera terrestre y permite la circulación sin mostrar documentación en el paso rutinario. Gibraltar queda integrado en un sistema de libre circulación vinculado a Schengen y se establecen nuevos mecanismos fiscales y aduaneros.
El Gobierno español lo llama un acuerdo histórico.
Yo también creo que es histórico.
Pero por razones muy distintas.
Es histórico porque simboliza hasta qué punto hemos normalizado nuestra propia renuncia.
Nos dicen que la reclamación española de soberanía permanece intacta.
Magnífico.
¿Dónde?
¿En qué cajón?
¿En qué discurso?
¿En qué negociación real?
Porque una cosa es mantener formalmente una reclamación en un documento diplomático y otra muy diferente convertir esa reclamación en una prioridad nacional.
España puede repetir cien veces que no renuncia a Gibraltar. Pero si cada decisión política facilita la consolidación del statu quo, si cada acuerdo hace más cómoda la presencia británica, si cada generación de españoles escucha hablar menos de la soberanía y más de la «convivencia», el resultado práctico es evidente.
La reclamación se convierte en una reliquia administrativa.
Un expediente.
Una nota a pie de página.
Una frase protocolaria que se repite para tranquilizar conciencias mientras la realidad camina exactamente en dirección contraria.
Y no nos engañemos.
La verja no era el problema.
La verja era el símbolo.
El problema es la colonia.
Pero hemos decidido derribar el símbolo sin resolver el problema.
Es como si alguien ocupara una habitación de nuestra casa y nosotros, después de trescientos años, celebrásemos como un gran avance haber quitado la puerta del pasillo para que el ocupante pueda entrar y salir con mayor comodidad.
Y todavía habría algún ministro dispuesto a calificarnos de retrógrados por preguntar cuándo piensa devolvernos la habitación.
Ese es el nivel.
Gibraltar ha sido durante décadas un territorio singular desde el punto de vista fiscal y financiero. Ahora el nuevo acuerdo contempla una aproximación en determinados ámbitos de fiscalidad indirecta, con un impuesto equivalente al IVA que comienza en el 15 por ciento y mecanismos para reducir distorsiones en productos como el tabaco y el alcohol.
Bien.
Pero la pregunta política sigue siendo la misma.
¿Por qué hemos aceptado durante tanto tiempo esta anomalía?
¿Por qué España ha tolerado que a pocos metros de La Línea exista una realidad jurídica, fiscal y económica diferenciada bajo bandera británica?
¿Por qué ningún Gobierno español ha convertido la recuperación de Gibraltar en una verdadera política de Estado?
Y cuando digo ningún Gobierno, digo ninguno.
Porque esta vergüenza no pertenece exclusivamente a Pedro Sánchez.
Sería demasiado sencillo.
Por La Moncloa han pasado gobiernos socialistas y populares. Presidentes de todos los colores. Ministros de Exteriores de todos los perfiles. Unos más altivos. Otros más prudentes. Algunos incluso envolviéndose en la bandera cuando electoralmente resultaba conveniente.
Pero Gibraltar sigue siendo británico.
Esa es la única realidad que importa.
Nos hemos acostumbrado.
Ese es nuestro drama nacional.
Nos acostumbramos a todo.
Nos acostumbramos a que una parte de España tenga una frontera interior.
Nos acostumbramos a ver policías británicos en el Peñón.
Nos acostumbramos a contemplar la Union Jack frente a nuestras costas.
Nos acostumbramos a las incursiones y disputas sobre las aguas.
Nos acostumbramos a que Londres defienda Gibraltar con una firmeza que Madrid jamás ha demostrado para reclamarlo.
Y finalmente hemos dado el último paso.
Hemos convertido la resignación en modernidad.
Ahora resulta que reivindicar Gibraltar es antiguo.
Que hablar de soberanía es nacionalismo trasnochado.
Que recordar Utrecht es vivir en el pasado.
Que defender la integridad territorial española es incompatible con la Europa del siglo XXI.
Curiosa Europa.
Una Europa obsesionada con las fronteras cuando interesa y partidaria de eliminarlas cuando conviene.
Una Europa capaz de hablar durante horas del derecho internacional, de la integridad territorial y de la soberanía de los Estados, pero que convive sin demasiado escándalo con una colonia británica en el sur de España.
El globalismo funciona así.
Las naciones deben olvidar.
Los pueblos deben renunciar.
La historia debe convertirse en una anécdota.
Las fronteras deben desaparecer.
Las soberanías deben diluirse.
Pero solo para algunos.
El Reino Unido nunca olvidó que era el Reino Unido.
España parece empeñada en olvidar que es España.
Por eso Londres conserva Gibraltar.
Y por eso nosotros celebramos que caiga una verja.
No tengo nada contra los gibraltareños. Tampoco contra los miles de españoles que trabajan en el Peñón y que legítimamente quieren cruzar sin colas, mejorar sus pensiones y garantizar el futuro de sus familias. Son problemas reales y merecen soluciones reales.
Pero los problemas laborales de 16.000 trabajadores transfronterizos no pueden utilizarse para borrar tres siglos de reivindicación histórica.
Una cosa no excluye la otra.
España debe proteger a los trabajadores del Campo de Gibraltar.
España debe invertir en La Línea.
España debe construir infraestructuras.
España debe convertir el Campo de Gibraltar en una de las zonas económicas más prósperas del Mediterráneo.
Precisamente para que Gibraltar deje de ejercer esa atracción económica sobre una comarca española históricamente abandonada por los sucesivos gobiernos.
Porque también ahí está nuestra vergüenza.
Hemos permitido que miles de españoles dependan laboralmente de la colonia que deberíamos estar reclamando.
¿Puede existir una demostración mayor de incompetencia política?
Durante décadas Madrid abandonó La Línea y después utilizó la dependencia económica de Gibraltar como argumento para no presionar a Gibraltar.
La pescadilla que se muerde la cola.
La cobardía convertida en política exterior.
Ahora cae la verja.
Y nos dicen que comienza una nueva etapa.
Sí.
Me temo que tienen razón.
Comienza la etapa en la que España parece asumir definitivamente que recuperar Gibraltar ya no es una prioridad.
No lo dirán.
Nunca lo reconocerán.
José Manuel Albares repetirá que la reivindicación española permanece intacta. Habrá comunicados oficiales. Habrá referencias diplomáticas. Habrá frases cuidadosamente redactadas por funcionarios del Ministerio de Exteriores.
Pero los hechos son los hechos.
La colonia permanece.
La bandera británica permanece.
La soberanía británica permanece.
Y nosotros derribamos la verja.
Dentro de unos años habrá generaciones de españoles para quienes Gibraltar será simplemente un lugar al que se va de compras, a trabajar o a hacer turismo.
Una curiosidad geográfica.
Un pedazo de Inglaterra junto a Cádiz.
Y cuando eso ocurra, la batalla estará definitivamente perdida.
Porque las naciones no pierden sus territorios únicamente cuando son derrotadas militarmente.
También los pierden cuando dejan de reclamarlos.
Cuando dejan de recordarlos.
Cuando aceptan la anomalía.
Cuando convierten la humillación en paisaje.
Gibraltar español no debería ser un grito del pasado.
Debería ser una política de Estado.
Una reivindicación legítima, permanente y pacífica.
Sin complejos.
Sin pedir perdón.
Sin someternos al lenguaje anestesiante del globalismo.
La verja puede caer.
Pero lo que jamás debería caer es la voluntad de España de recuperar lo que históricamente reclama como suyo.
El problema es que tengo la sensación de que la verja llevaba años cayéndose.
Primero cayó en la memoria.
Después cayó en la política.
Ahora cae físicamente.
Y mientras en Londres brindan por la consolidación de su presencia en el Peñón, aquí nos hablan de «prosperidad compartida» y de «una nueva etapa».
Sí.
Una nueva etapa.
La etapa en la que hemos conseguido algo verdaderamente extraordinario:
normalizar una colonia en territorio español y presentarlo como un éxito diplomático.
Qué vergüenza.