De cuando en cuando, a la izquierda internacional le da por montar espectáculos de cartón piedra para aparentar que defienden causas justas. Lo acabamos de ver con esa llamada “flotilla de la libertad”, un barco de vagos, vividores y parásitos sociales que ha sido interceptado por el ejército israelí en la zona de exclusión. El show estaba servido. No iban a ayudar a nadie, ni llevaban material humanitario en condiciones, ni mucho menos pretendían mejorar la vida de los palestinos. Lo único que llevaban era propaganda, humo y muchas ganas de salir en los telediarios para sentirse héroes de pacotilla.
En los vídeos que han difundido ellos mismos, los vemos cantar canciones ridículas, grabarse con móviles como adolescentes en un botellón, y dar la sensación de ir más fumados que comprometidos. Flaco favor hacen estos supuestos activistas a la causa palestina, que bastante dura y complicada es ya, como para encima ser utilizada de escenario para el postureo de cuatro señoritos que antes de llegar a Israel pasaron por Ibiza o por las islas griegas como quien se va de vacaciones.
Postureo en alta mar
La izquierda lleva décadas instalando la imagen romántica del “activista internacional”, esa caricatura de gente que no ha dado palo al agua en su vida, pero que se sube a un barco con una guitarra y cree estar escribiendo un nuevo capítulo de la historia. Se disfrazan de héroes de causas perdidas mientras no trabajan, no cotizan, no crean riqueza, no defienden a nadie y solo sirven para grabar vídeos y subirlos a redes sociales.
¿Ayuda humanitaria? Ninguna certeza. ¿Un plan serio de apoyo? Ni uno. Lo que sí había eran ganas de divertirse, de sentirse importantes, de vivir la experiencia y regresar luego a su barrio madrileño o barcelonés con la medalla del “yo estuve en la flotilla contra Israel”. Un teatro patético que además erosiona cualquier mínima seriedad que pueda tener el debate sobre Palestina.







