No hay nada más peligroso que un país que se cree sus propias mentiras. Y España lleva décadas tragándose el cuento de que el PSOE es su salvación, cuando no ha sido más que su verdugo disfrazado de redentor. En esa tragicomedia que en la que lleva instalada España ya demasiado tiempo, toca hablar de un “acto” clave: el final del felipismo y la llegada de Zapatero. Un cambio de guardia en el socialismo español que no fue un relevo, sino una mutación. Del cinismo maquillado de Felipe González al buenismo suicida de José Luis Rodríguez Zapatero. Del tumor maligno al cáncer terminal. Y todo, como siempre, a costa de España.
EL FELIPISMO: CUANDO EL PSOE SE QUITÓ LA CARETA
Para entender el final del felipismo hay que empezar por el principio. Felipe González llegó al poder en 1982 como el mesías de la modernidad, el hombre que iba a sacar a España del “atraso” franquista y a ponerla en el mapa de Europa. Y vaya si lo hizo: la metió en la OTAN a traición, la vendió a los burócratas de Bruselas y la convirtió en el patio trasero de los intereses norteamericanos. Todo envuelto en ese aire de progresismo barato que tanto gusta a los ingenuos. Pero no nos engañemos: el felipismo no fue una revolución, fue una estafa. Una estafa con traje y corbata, con acento andaluz y con una habilidad pasmosa para hacer que el robo pareciera virtud.
Durante 14 años, Felipe gobernó España como si fuera su cortijo. Y no lo digo por decir. Ahí están los hechos, estos que los progres quieren borrar de la memoria colectiva. Los GAL, esa guerra sucia contra ETA que se llevó por delante vidas, derechos y cualquier atisbo de decencia. El terrorismo de Estado disfrazado de lucha antiterrorista, con el beneplácito de una prensa cómplice y una oposición que miraba para otro lado. Luego, la corrupción: Filesa, el caso Juan Guerra, el BOE convertido en un cajero automático para los amiguetes. Y mientras, el paro se disparaba, la industria se desmantelaba y el país se llenaba de parados y promesas vacías. ¿Modernización? Sí, la de los bolsillos de los socialistas.
Pero todo tiene un final, y el de Felipe llegó en 1996. Para entonces, el hedor era insoportable. Los españoles, hartos de tanta golfería, le dieron la patada en las urnas y eligieron a Aznar. No es que el PP fuera la panacea —que no lo era—, pero al menos en principio, olía menos a podrido. Felipe se fue por la puerta de atrás, con el rabo entre las piernas y un legado de miseria que sus fieles todavía defienden como si fuera oro. Y ahí podría haber acabado la pesadilla socialista. Pero no. Porque el PSOE nunca se rinde: cuando pierde, se reinventa. Y en esa reinvención llegó Zapatero, el tonto útil que iba a terminar de rematar lo que González dejó a medias.
EL INTERREGNO: EL PSOE EN LA SOMBRA
Entre 1996 y 2004, el PSOE se lamió las heridas. Felipe se retiró a sus chanchullos, a sus asesorías millonarias y a esa vida de señorito que siempre supo montarse. Pero el partido no se quedó quieto. Mientras Aznar gobernaba —con sus aciertos y sus meteduras de pata, como el Prestige o Irak—, los socialistas tejían su vuelta. Y lo hicieron como siempre: con paciencia, con manipulación y con la ayuda de sus aliados naturales, esos medios de comunicación que viven del dinero público y de la propaganda progre.
En ese tiempo, el felipismo como tal se diluyó, pero no murió. Se transformó. Los barones del partido, esos caciques territoriales que González había criado, seguían ahí, manejando los hilos. Y entonces apareció Zapatero. Un tipo sin pedigrí, sin carisma, sin nada que lo avalara más allá de su sonrisa bobalicona y su habilidad para decir lo que la gente quería oír. No era el delfín de Felipe, eso está claro; González nunca lo vio como su sucesor. Pero el PSOE, en su infinita capacidad para sobrevivir, lo eligió como líder en 2000. ¿Por qué? Porque era maleable. Un muñeco en manos de los “apparatchiks” del partido, alguien que no cuestionaría el sistema que habían montado.
Zapatero no llegó al poder por méritos propios, sino por un golpe de “suerte” macabro. El 11-M, esos atentados que sacudieron España en 2004, fueron el trampolín que el PSOE necesitaba. Aznar y el PP no supieron gestionar la crisis, y los socialistas, con su maquinaria bien engrasada, aprovecharon el caos para culpar al Gobierno y movilizar a las masas. Tres días después, el 14 de marzo, Zapatero ganaba las elecciones. El felipismo había muerto oficialmente. Pero lo que venía era aún peor.







