A los 88 años ha fallecido el Papa Francisco, y con él termina una de las etapas más controvertidas, divisivas y discutidas del catolicismo contemporáneo. Estas líneas no pretenden juzgar su alma —eso, como bien sabemos, solo le corresponde a Dios—, pero sí resulta legítimo, e incluso necesario, hacer un balance de su pontificado en la Tierra. Y lo que nos deja, muy a nuestro pesar, es un reguero de sombras que eclipsan las escasas luces. Un pontificado que ha confundido a los fieles, ha debilitado la autoridad moral de la Iglesia y ha coqueteado peligrosamente con los dogmas ideológicos de la izquierda, olvidando su misión principal: salvar almas.
Desde el principio, Bergoglio pareció querer ser más un líder de opinión global que un guía espiritual. Un Papa simpático a los enemigos de la Iglesia, que caía bien en tertulias de televisión, en las redacciones de medios progresistas y entre quienes, hasta entonces, no habían tenido reparo en mofarse de los valores cristianos. ¿Cómo no levantar sospechas cuando los mismos que se burlaban de Benedicto XVI comenzaban a aplaudir a su sucesor? ¿Qué clase de señal es esa?
Francisco ha hablado largo y tendido sobre el cambio climático, la inmigración masiva, la deuda externa, el feminismo o el calentamiento global. Ha denunciado con pasión las políticas de fronteras, la economía de mercado o las llamadas "estructuras de pecado" del capitalismo, pero ha guardado un silencio sospechoso cuando se trataba de denunciar la persecución sangrienta a cristianos en África, Asia o incluso en Europa. La balanza, en su discurso, ha estado constantemente inclinada hacia los postulados más terrenales, ideológicos y progresistas. Mientras los mártires morían por confesar su fe, el Santo Padre parecía más preocupado por salvar el Amazonas o por rendir pleitesía a la Pachamama, esa figura pagana que llegó incluso a tener un espacio en el mismísimo Vaticano.
¿Puede un Papa presidir una ceremonia en la que se adora simbólicamente a un ídolo indígena y esperar que los fieles no se escandalicen? ¿Puede un Papa dejar de hablar del infierno, del pecado, del demonio o del juicio final —temas esenciales de la fe— para volcarse en sermones sobre el reciclaje, el CO2 y la Agenda 2030?
Porque si algo ha hecho el Papa Francisco durante su pontificado es adherirse, con entusiasmo y sin disimulo, a las grandes causas de la izquierda globalista. Ha confundido misericordia con relativismo. Ha promovido ambigüedades doctrinales que han desconcertado a muchos pastores y cardenales. Ha favorecido a obispos heterodoxos, a teólogos disidentes, y ha marginado a quienes, con fidelidad, seguían la doctrina tradicional. No por casualidad, Benedicto XVI se vio obligado a salir a la palestra en más de una ocasión para corregir, con finura pero con claridad, algunas de las extravagancias teológicas que surgían desde Roma.
Francisco ha hecho mucho daño a la Iglesia. No se puede decir de otro modo. Ha dejado a millones de fieles sin norte, sin rumbo, sin referentes. Ha impulsado sínodos que no han servido más que para sembrar confusión. Ha permitido que ciertas conferencias episcopales se conviertan en cajas de resonancia del pensamiento woke. Ha callado ante la ofensiva laicista y ha parecido más interesado en no molestar a los enemigos de la Iglesia que en defender a los suyos.







