Hay fechas que funcionan como un espejo. Y los espejos, cuando reflejan decadencia, rara vez son bienvenidos por quienes ocupan el poder.
Hoy hace ciento cincuenta y siete años España aprobó la Constitución de 1869, probablemente la más avanzada de todas las surgidas en el siglo XIX. Nació después de la Revolución Gloriosa que expulsó del trono a Isabel II y representó un intento serio de construir un Estado basado en libertades reconocibles para cualquier ciudadano moderno. Antes habían existido la Constitución de 1812, el Estatuto Real de 1834, las constituciones de 1837 y 1845 y el proyecto progresista de 1856, que nunca llegó a entrar en vigor. Después vendrían la frustrada experiencia federal de 1873, la Constitución de 1876, la republicana de 1931 y la actual de 1978.
Muchas de las libertades que hoy consideramos normales tienen allí una raíz visible. La protección de los derechos individuales, la libertad de expresión, la libertad de reunión, la inviolabilidad del domicilio, la libertad religiosa y el sufragio universal masculino fueron conquistas enormes para una sociedad que aún estaba aprendiendo a convivir con la idea de ciudadanía. Aquellos legisladores no eran santos. Tenían prejuicios, ambiciones y rivalidades tan feroces como las actuales. Pero compartían una convicción que hoy está erosionada: la ley debía estar por encima de las necesidades inmediatas del gobernante.
Es difícil imaginar qué pensarían aquellos hombres si pudieran observar la política española actual. Probablemente no les sorprenderían los escándalos. La corrupción no es una invención de Pedro Sánchez. Lo que quizá les dejaría perplejos sería la naturalidad con la que hoy se acepta que las instituciones sean utilizadas como herramientas de supervivencia política.
Los constituyentes de 1869 discutían durante meses cuestiones fundamentales porque entendían que una ley mal concebida podía dañar generaciones enteras. Hoy demasiadas normas parecen redactarse con la premura de resolver una votación parlamentaria antes del fin de semana. La diferencia no es ideológica. Es moral e institucional.
El problema de nuestro tiempo no consiste en que existan desacuerdos políticos. Eso es la democracia. El problema aparece porque las reglas dejan de ser el terreno común y pasan a convertirse en piezas intercambiables al servicio del jugador que controla momentáneamente el tablero.
Ese fenómeno alcanza su máxima expresión en el sanchismo. Pedro Sánchez no ha inventado todos los vicios de la política española, sino que ha perfeccionado una forma de ejercer el poder donde la permanencia en el Gobierno se ha convertido en el objetivo superior al que deben subordinarse todos los demás principios.
También es llamativo que buena parte de quienes sostienen electoralmente ese proyecto no son fanáticos ni sectarios. Son personas decentes. Personas movidas por ideales respetables: la justicia social, la solidaridad, la protección de los más vulnerables, el rechazo a los extremismos y la aspiración legítima de una sociedad más igualitaria.
Precisamente por eso merecen una reflexión. Porque cuando un ciudadano entrega su voto creyendo defender la convivencia y termina respaldando pactos que habrían sido considerados inaceptables apenas unos años antes, algo ha fallado en la relación entre representantes y representados. Cuando se presentan decisiones de enorme trascendencia institucional como si fueran simples actos de generosidad política, deberíamos detenernos y preguntarnos quién obtiene realmente el beneficio.
La gran habilidad del actual Gobierno consiste en convertir los sentimientos nobles de una parte del electorado en una coraza frente a cualquier crítica. Quien cuestiona determinadas decisiones no es respondido con argumentos, sino clasificado. Se le asigna una etiqueta. Se le coloca automáticamente en el bando equivocado. Así desaparece el debate y solo queda la obediencia.







