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España cruza la línea: del deber de cuidar al derecho a eliminar

España cruza la línea: del deber de cuidar al derecho a eliminar
porJavier Garcia Isac
opinion

Un país que no llega a tiempo para salvar, que no acompaña para sostener, pero que sí llega puntualmente para ejecutar

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Noelia no es solo una tragedia personal. Es el síntoma de una enfermedad moral colectiva. Un país que no llega a tiempo para salvar, que no acompaña para sostener, pero que sí llega puntualmente para ejecutar. España ha dado un paso más en una pendiente peligrosa: convertir la muerte en solución institucional cuando la vida se vuelve incómoda.

Han pasado algo más de dos semanas desde la ejecución de la joven Noelia Castillo. Y hay momentos en los que una sociedad se define no por lo que proclama, sino por lo que permite. Y lo ocurrido en España con Noelia marca un antes y un después. No estamos ante un caso aislado. Estamos ante un símbolo. El símbolo de una civilización que ha dejado de luchar por la vida para empezar a administrar la muerte.

Durante días —durante meses, años— se nos ha repetido el mismo relato: dignidad, libertad, derecho a decidir. Palabras grandes, solemnes, casi sagradas. Pero detrás de esa retórica hay una realidad mucho más incómoda, mucho más cruda, mucho más inquietante: cuando el Estado no es capaz de garantizar una vida digna, termina ofreciendo una muerte “digna”.

Ese es el gran fracaso.

Porque aquí no hablamos de un sistema que haya llegado hasta el final para salvar a una persona. No hablamos de un país que haya puesto todos los medios para reconstruir una vida destrozada. Hablamos de un Estado que, tras años de sufrimiento, tras un proceso largo, doloroso y judicializado, acaba certificando que la mejor salida es desaparecer.

601 días. Ese es el dato que debería avergonzar a toda una nación. 601 días desde que se solicita la eutanasia hasta que se ejecuta. 601 días de procedimientos, informes, recursos, debates. 601 días en los que el sistema no fue capaz de ofrecer una alternativa mejor que la muerte.

Y aun así, hay quien pretende vender esto como un triunfo.

Pero lo más grave no es solo lo que ha pasado. Lo más grave es lo que se está construyendo. Porque este caso ha abierto una grieta moral que algunos quieren convertir en autopista. Una sociedad que normaliza que la respuesta al sufrimiento sea la desaparición está enviando un mensaje devastador a todos los que sufren: “si no puedes más, lo razonable es que te vayas”.

Eso no es libertad.

Eso es rendición.

Se nos dice que la decisión era libre, consciente, reiterada. Que así lo avalaron los mecanismos legales. Y es cierto que, según las resoluciones judiciales, no consta una revocación formal del consentimiento. Pero esa no es la única pregunta. Ni siquiera es la más importante.

La pregunta de fondo es otra:

¿qué clase de libertad es la que ejerce alguien que ha sido triturado por el dolor, por la desesperación, por una vida sin horizonte?

¿qué tipo de decisión es esa que se toma desde el abismo?

Y, sobre todo:

¿qué responsabilidad tiene una sociedad cuando una persona llega a ese punto? ¿Es cierto que solicitó un aplazamiento de su propia muerte, pero está no le fue concedida porque los órganos ya estaban adjudicados?

Porque aquí es donde se produce la gran estafa moral de nuestro tiempo. La izquierda —y con ella buena parte del consenso dominante— ha desplazado el eje del debate. Ya no se trata de salvar, de acompañar, de cuidar. Se trata de legitimar la salida. De convertir la muerte en un derecho. De revestir de progreso lo que en realidad es una claudicación.

Primero nos dijeron que había que garantizar una muerte digna en casos extremos.

Después, que era una cuestión de libertad individual.

Ahora, poco a poco, se está deslizando una idea aún más peligrosa: que hay vidas que, en determinadas circunstancias, dejan de ser dignas de ser vividas.

Ese es el verdadero punto de inflexión.

Mientras tanto, los cuidados paliativos siguen siendo insuficientes. La atención psicológica llega tarde o no llega. Las familias se ven solas. Las redes de apoyo son débiles. El Estado falla en todo lo esencial, pero funciona con precisión quirúrgica cuando se trata de tramitar la muerte.

Es la perversión perfecta: incapaz para sostener, eficaz para finalizar.

Y todo ello envuelto en un discurso sentimental que desactiva cualquier crítica. Si te opones, eres cruel. Si dudas, eres reaccionario. Si planteas preguntas incómodas, te convierten en enemigo de la libertad. Así se construye el nuevo dogma: no se debate, se impone.

Pero hay algo que no se puede silenciar. Y es la evidencia de que estamos cambiando de civilización sin darnos cuenta. Hemos pasado de una cultura que protegía la vida vulnerable a una cultura que empieza a considerarla prescindible. Hemos sustituido la compasión por la gestión. El deber de cuidar por el derecho a desaparecer.

Y eso tiene consecuencias.

Porque cuando el Estado asume que puede facilitar la muerte como solución, la frontera se mueve. Siempre se mueve. Hoy son casos extremos. Mañana serán otros. Y pasado mañana, quién sabe. La historia demuestra que cuando se relativiza el valor de la vida, el límite nunca permanece donde empezó.

Por eso este caso no debería cerrarse con una etiqueta de “decisión personal”. Es mucho más que eso. Es un aviso. Es una señal de alarma. Es el reflejo de un modelo que está dejando de creer en la vida como valor absoluto.

Nos dicen que esto es progreso.

Pero progreso sería que nadie llegara a desear morir.

Progreso sería que el dolor encontrara respuesta antes que la desesperación.

Progreso sería que el Estado estuviera a la altura cuando la vida se rompe.

Lo otro —por mucho que lo disfracen— es decadencia.

España ha cruzado una línea. Y lo más inquietante no es que lo haya hecho. Lo verdaderamente alarmante es que haya quien aplaude.

Porque cuando una sociedad deja de escandalizarse ante la muerte administrada, cuando empieza a verla como algo razonable, cuando incluso la presenta como un derecho conquistado, esa sociedad ya no está avanzando.

Está retrocediendo.

Y lo hace, además, convencida de que camina hacia adelante.

Ahí reside el verdadero peligro.


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