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Mónica Oltra vuelve, y el bochorno también

Mónica Oltra vuelve, y el bochorno también
Mónica Oltra
porJavier Garcia Isac
opinion

La opinión de Javier García Isac de hoy, miércoles 15 de abril de 2026

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La política española ha cruzado demasiadas líneas rojas, pero hay regresos que retratan por sí solos la degradación moral de nuestro sistema. El anuncio del regreso de Mónica Oltra no es solo una provocación: es la confirmación de que, en España, la responsabilidad política ha dejado de existir.


España se ha acostumbrado peligrosamente a lo inadmisible. A que quienes deberían apartarse por dignidad regresen como si nada hubiera ocurrido. A que el escándalo no tenga consecuencias. A que el poder sea un refugio, incluso para quienes deberían dar explicaciones ante la justicia.

Y en ese contexto, el anuncio de Mónica Oltra de que vuelve a la política no solo produce estupor. Produce indignación.

Porque no estamos hablando de una figura cualquiera. Estamos hablando de quien fue responsable de políticas sociales en la Comunidad Valenciana. De quien tenía bajo su tutela la protección de menores. De quien, según las investigaciones judiciales, habría participado en un entramado para encubrir los abusos sexuales cometidos por su entonces marido contra una menor tutelada de 14 años.

Ese es el contexto. Esa es la gravedad.

Y aun así, vuelve.

No dimite definitivamente. No se retira. No guarda silencio. Vuelve. Como si nada hubiera pasado. Como si todo fuera una conspiración. Como si la sociedad tuviera la obligación de olvidar.

Esto no es solo una cuestión judicial. Es, sobre todo, una cuestión moral.

Porque aunque los tribunales dirán lo que tengan que decir, lo que ya sabemos es suficiente para cualquier democracia sana: una responsable política bajo cuya gestión se produjeron hechos de esta magnitud, y que además está siendo investigada por su actuación posterior, no debería volver jamás a ocupar un cargo público.

Pero España ya no es una democracia sana en ese sentido.

Aquí, lejos de asumir responsabilidades, se premia la resistencia al escándalo. Se blanquea lo intolerable. Se convierte en víctima a quien debería dar explicaciones.

Y todo ello con el aplauso o el silencio cómplice de su partido, Compromís.

Un partido que no solo ha decidido sostenerla, sino que además representa una de las mayores anomalías políticas de nuestro país: el nacionalismo importado.


Porque Compromís no es otra cosa que la sucursal ideológica del separatismo catalán en Valencia. Un proyecto que ha trabajado sistemáticamente para diluir la identidad valenciana, para imponer una visión cultural ajena y para convertir a los valencianos en ciudadanos de segunda dentro de ese artificio llamado “Países Catalanes”.

No hay nada más triste que un separatista.

Pero hay algo aún peor: un separatista que renuncia a su propia identidad para abrazar la de otro.

Eso es lo que representa Compromís.

Y eso es lo que hoy vuelve a escena de la mano de Mónica Oltra.


El mismo espacio político que ha hecho del feminismo una bandera… pero que ha sido incapaz de reaccionar con contundencia ante un caso como este.

El mismo feminismo que se moviliza por causas mediáticas, pero que guarda silencio cuando los hechos afectan a los suyos.

El mismo feminismo que habla de proteger a las mujeres, pero que, en este caso, ha preferido mirar hacia otro lado.

Porque aquí no hablamos de un relato. Hablamos de una menor. Hablamos de abusos. Hablamos de responsabilidades políticas.

Y hablamos, también, de una sociedad que empieza a normalizar lo inaceptable.

El regreso de Mónica Oltra no es un hecho aislado. Es un síntoma.

El síntoma de una política sin principios. De una izquierda que ha sustituido la ética por la propaganda. De un sistema que protege a los suyos mientras exige ejemplaridad a los demás.

Y, sobre todo, es el reflejo de una España en la que la vergüenza parece haber desaparecido.

Porque no, esto no debería ser normal.


No debería ser normal que alguien en esta situación anuncie su regreso.

No debería ser normal que su partido la respalde.

No debería ser normal que parte de la sociedad lo tolere.

Pero lo es.

Y eso es, quizás, lo más preocupante de todo.



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