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Nigeria sangra en silencio: los cristianos que mueren y no le importan a nadie

Nigeria sangra en silencio: los cristianos que mueren y no le importan a nadie
Miles de Cristianos sufriendo el terror y la violencia en África
porJavier Garcia Isac
opinion

La opinión de Javier García Isac de hoy, viernes 17 de abril de 2026

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Mientras Occidente finge indignarse según convenga a su agenda, en Nigeria siguen cayendo cristianos asesinados en medio de una violencia brutal que apenas ocupa espacio en titulares, cancillerías ni organismos internacionales. El último ataque, ocurrido el pasado Domingo de Ramos por la noche en el estado de Plateau, dejó al menos entre 20 y 30 muertos, según distintas fuentes. Y llega después de años de persecución, masacres y desplazamientos contra comunidades cristianas que resisten, permanecen y defienden su fe en su propia tierra.


Hay muertos que cuentan y muertos que estorban. Hay víctimas a las que se les levantan monumentos, minutos de silencio, campañas internacionales y ríos de tinta. Y hay otras, como los cristianos de Nigeria, que son asesinados casi en la penumbra moral de nuestro tiempo, sin grandes declaraciones, sin cumbres urgentes, sin la menor conmoción verdadera por parte de esa comunidad internacional que presume de derechos humanos mientras mira hacia otro lado.


Lo ocurrido en Nigeria en estas fechas no es un episodio aislado, ni un accidente, ni una mera reyerta tribal que pueda despacharse con cuatro palabras burocráticas. Ese domingo por la noche, en Gari Ya Waye, en el área de Jos North, en el estado de Plateau, hombres armados atacaron a la población y dejaron al menos 20 muertos según Associated Press, mientras Reuters elevó la cifra a al menos 30. Las autoridades impusieron un toque de queda de 48 horas ante el temor a nuevos ataques. Por desgracia no es el primero, no será el último.


No se ha reivindicado formalmente la autoría de este último ataque, y eso conviene decirlo con rigor. Pero también conviene no esconder el contexto: Plateau lleva años siendo escenario de violencia recurrente entre comunidades agrícolas, en gran parte cristianas, y grupos armados vinculados a pastores fulani, además de la acción de bandas criminales y otros actores violentos. Y el resultado, una y otra vez, es el mismo: pueblos arrasados, familias destruidas y cristianos obligados a vivir con el miedo instalado en la puerta de su casa.


Lo más terrible es que ya casi nadie puede decir que no lo sabía. Open Doors, en su World Watch List 2026, cifra en 3.490 los cristianos asesinados en Nigeria durante el último periodo analizado por causa de su identidad cristiana, de un total mundial de 4.849. Es decir: alrededor del 70% de los cristianos asesinados en el mundo por su fe estaban en Nigeria. La propia organización subraya que, si la clasificación se hiciera solo por violencia, Nigeria ocuparía el primer puesto.


¿Y qué hace la comunidad internacional? Lo de siempre: declaraciones huecas, equilibrios diplomáticos y esa cobardía sofisticada de las élites occidentales, capaces de movilizarse con rapidez cuando la víctima encaja en el relato correcto, pero extraordinariamente prudentes cuando se trata de cristianos perseguidos, cristianos pobres, cristianos africanos, cristianos que no forman parte del escaparate ideológico del momento.


Porque ese es el gran escándalo moral de nuestro tiempo: la vida de un cristiano parece valer menos en el mercado internacional de la compasión. Si la víctima reza a Cristo, si pertenece a una aldea remota, si no tiene altavoces mediáticos ni patronos ideológicos en Bruselas, Nueva York o Ginebra, entonces su sufrimiento se vuelve estadística, y su sangre, simple ruido de fondo.


Y, sin embargo, esos cristianos nigerianos representan justamente lo contrario a la caricatura que tantos pretenden imponer sobre África y sobre el cristianismo perseguido. No son invasores. No son colonizadores. No son élites. Son hombres y mujeres que no abandonan su tierra, que no renuncian a su nación, que no esconden su cruz y que siguen allí, jugándose la vida por permanecer fieles a lo que son. Eso merece respeto. Eso merece admiración. Y eso merece, también, que desde España y desde Europa se diga en voz alta lo que tantos callan por comodidad o por cálculo.


Occidente, tan locuaz para sermonear al mundo entero, ha decidido que los cristianos perseguidos no son una prioridad. Se habla sin descanso de tolerancia, de convivencia, de diversidad, pero cuando las víctimas pertenecen a comunidades cristianas acosadas, secuestradas, expulsadas o asesinadas, la indignación se administra en dosis homeopáticas. Nigeria lleva años siendo una advertencia y, aun así, seguimos contemplando la tragedia con la frialdad del funcionario y el cinismo del político.


No estamos solo ante un problema de seguridad nigeriano. Estamos ante una prueba decisiva de la decadencia moral de un mundo que ha renegado de sus raíces hasta el punto de no defender ni siquiera a quienes son perseguidos por compartirlas. Y cuando una civilización deja de proteger a los suyos, o al menos deja de alzar la voz por ellos, esa civilización empieza a pudrirse por dentro. Esto es una valoración, sí, pero está alimentada por hechos que se repiten año tras año y por cifras que ya resultan insoportables.


Por eso este artículo quiere ser, antes que nada, un homenaje. Un homenaje a esos cristianos anónimos de Nigeria que celebran la fe sabiendo que pueden morir por ello. A quienes no se marchan. A quienes entierran a sus muertos y vuelven a levantar su casa, su iglesia o su comunidad. A quienes no cuentan para los poderosos, pero siguen dando testimonio de una dignidad que muchos gobernantes occidentales ya han perdido.


Pero también quiere ser un reproche. Un reproche a la ONU, a la Unión Europea, a las cancillerías occidentales, a los grandes medios y a toda esa izquierda internacional que presume de sensibilidad selectiva mientras ignora el martirio real de miles de cristianos. No basta con lamentar los hechos cuando la matanza ya se ha producido. No basta con esconder la realidad tras fórmulas neutras. No basta con llamar “choques comunitarios” a lo que, para muchísimas familias, es una experiencia continuada de persecución, expulsión y muerte.


Nigeria sangra. Y entre quienes más sangran están los cristianos. Algunos seguirán intentando relativizarlo, disolverlo en estadísticas generales o enterrarlo bajo el lenguaje tecnocrático. Pero la verdad permanece: hay una parte del mundo cristiano que está siendo golpeada con una ferocidad inmensa mientras el resto del mundo aparta la mirada. Y esa indiferencia, aunque vista traje y hable en nombre de los derechos humanos, también es una forma de complicidad.


Que al menos quede constancia de algo: no todos callamos. No todos miramos a otro lado. No todos aceptamos que estas víctimas sean condenadas al olvido. Hoy, desde aquí, el recuerdo, la oración y el respeto son para esos cristianos de Nigeria que siguen defendiendo su fe, su tierra y su dignidad frente al terror. Y la vergüenza, entera, para un mundo que solo sabe reaccionar cuando la víctima conviene al relato.



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