Durante décadas nos han querido gobernar a través del miedo. Ayer fue la guerra nuclear, después la superpoblación, más tarde la escasez de recursos y hoy es el cambio climático. Siempre la misma estrategia: generar alarma, inocular culpa y, a partir de ahí, controlar a la sociedad. No se trata de negar la necesidad de cuidar el planeta, sino de desenmascarar el uso político, ideológico y económico del miedo climático como nueva religión global.
Hay algo que debería hacernos reflexionar. No es la primera vez que desde determinadas élites políticas, mediáticas y económicas se nos anuncia el fin del mundo. Tampoco es la primera vez que se utiliza ese anuncio para justificar recortes de libertad, nuevas cargas fiscales o cambios profundos en nuestro modo de vida.
Lo verdaderamente preocupante no es el mensaje en sí, sino el patrón. Porque el patrón se repite. Y cuando algo se repite con tanta precisión, ya no es casualidad: es estrategia.
En los años 60 y 70 se nos hablaba de la superpoblación. Nos decían que el planeta no podría soportar el crecimiento demográfico. Que habría hambrunas masivas. Que el colapso era inevitable. Aquello sirvió para justificar políticas de control poblacional, algunas de ellas absolutamente aberrantes.
Después llegó el miedo a la escasez de recursos. El petróleo se iba a acabar. La energía sería insuficiente. El progreso se detendría. Y, sin embargo, la historia ha demostrado que la capacidad del ser humano para innovar, descubrir y desarrollar nuevas fuentes de energía ha sido muy superior a esos augurios catastrofistas. Por cierto, el petróleo no se acabó.
Más tarde, incluso se llegó a hablar de una nueva glaciación. Sí, de un enfriamiento global. Exactamente lo contrario de lo que hoy nos dicen. Y sin embargo, el tono era el mismo: urgencia, alarma, necesidad de actuar de manera inmediata y, por supuesto, aceptar sin cuestionar las directrices de quienes se autoproclamaban salvadores.
Hoy, el relato ha mutado en el llamado “cambio climático”. Un fenómeno real, como lo han sido siempre los cambios climáticos a lo largo de la historia de la Tierra. Pero lo que resulta profundamente sospechoso es cómo se ha construido en torno a él una narrativa apocalíptica, casi religiosa.
Porque eso es exactamente lo que han hecho: convertir el clima en una religión.
Una religión sin Dios, pero con dogmas.
Una religión sin fe, pero con miedo.
Una religión sin salvación espiritual, pero con culpa permanente.
Nos dicen qué debemos comer, cómo debemos movernos, qué coche debemos conducir o si debemos renunciar a él. Nos imponen impuestos “verdes”, restricciones energéticas, limitaciones al campo, a la industria, a la pesca, todo en nombre de una supuesta salvación del planeta.
Y sin embargo, hay una pregunta que nadie quiere responder:
¿Por qué los mayores contaminantes del mundo, como China, India o incluso Estados Unidos, siguen aumentando sus emisiones sin que nadie les exija sacrificios reales?
¿Por qué la Unión Europea, que apenas representa una pequeña parte de las emisiones globales, se autoimpone restricciones que están destruyendo su industria, empobreciendo a sus ciudadanos y debilitando su soberanía?
La respuesta es incómoda, pero evidente: porque esto no va de salvar el planeta.
Va de controlar economías.
Va de rediseñar sociedades.
Va de transferir riqueza.
Mientras en Europa se cierran centrales, se encarece la energía y se asfixia al sector primario, seguimos comprando productos a países que contaminan mucho más y sin ningún tipo de control. Es decir, externalizamos la contaminación mientras destruimos nuestro propio tejido productivo.
Un auténtico suicidio económico disfrazado de virtud moral.
Y todo ello acompañado de una campaña constante de miedo. Incendios, sequías, tormentas, fenómenos que siempre han existido, pero que ahora son presentados como señales inequívocas del fin inminente.
Exactamente igual que ocurrió durante la pandemia.
Se inocula el miedo.
Se señala al ciudadano como culpable.
Y se le obliga a obedecer.







