Queda apenas un mes para que los andaluces acudan a las urnas el próximo 17 de mayo. Y lo harán, una vez más, con esa sensación agridulce que deja la política española: entre la decepción, el hartazgo y la esperanza de que algo, por fin, cambie de verdad. Porque lo que está en juego no es solo un gobierno autonómico, sino el modelo de sociedad que Andalucía quiere para las próximas décadas.
Andalucía se encuentra hoy ante una encrucijada histórica. No porque estemos ante una campaña electoral más, sino porque el tablero político vuelve a presentarse como una gran farsa en la que los mismos de siempre intentan perpetuar un sistema agotado, disfrazándolo de renovación.
Por un lado, tenemos a la candidata socialista, María Jesús Montero, que ha decidido abandonar el barco en Madrid para presentarse como salvadora de Andalucía. Y lo hace, además, con una mezcla de soberbia y autocomplacencia difícil de igualar. Se presenta poco menos que como una nueva Isabel la Católica, como la mujer que todo lo ha hecho bien, como la gran arquitecta del poder en España.
Pero la realidad es bien distinta.
Montero deja tras de sí un Ministerio de Hacienda convertido en una herramienta política. No para servir al interés general, sino para perseguir, fiscalizar y asfixiar a quienes no comulgan con el poder. Autónomos, pequeñas y medianas empresas, contribuyentes, todos han sufrido la presión de una Hacienda utilizada más como instrumento de control que como servicio público.
Y por si fuera poco, ha sido una de las principales defensoras de la llamada financiación singular de Cataluña. Un modelo que rompe la igualdad entre españoles y que beneficia abiertamente al separatismo catalán en detrimento del resto de territorios. Especialmente de Andalucía, que vuelve a ser la gran perjudicada de las cesiones del socialismo a sus socios separatistas.
Presentar a María Jesús Montero como candidata no es solo un error político. Es, directamente, un insulto a la inteligencia de los andaluces.
Pero no nos engañemos. El problema de Andalucía no es solo el PSOE.
Tras más de 35 años de socialismo, los andaluces apostaron por un cambio que encarnaba Juan Manuel Moreno Bonilla. Sin embargo, ocho años después, la sensación es clara: se ha perdido una oportunidad histórica.
Sí, han cambiado las formas. Pero no el fondo.
Las redes clientelares del socialismo siguen intactas. La estructura administrativa heredada apenas ha sido tocada. No se han acometido las reformas profundas que Andalucía necesitaba para despegar de una vez por todas. Se ha optado por la gestión tranquila, por no molestar, por no incomodar a los poderes establecidos.
Y así, el llamado “cambio” ha terminado siendo una continuidad maquillada.
Ocho años que podrían haber sido decisivos, y que, sin embargo, se han diluido en la inacción.







