El 6 de abril arrancaba el juicio del caso Kitchen con el Partido Popular bajo la lupa. Apenas 24 horas después, el 7 de abril, el foco se desplazaba hacia el Partido Socialista con el estallido judicial del caso de las mascarillas y la trama que rodea a José Luis Ábalos. ¿Casualidad o sincronía interesada? España asiste, una vez más, al espectáculo de un bipartidismo que se turna en el poder y también en el banquillo.
España no vive un momento político cualquiera. Vive un momento de revelación. Un momento en el que, sin necesidad de grandes discursos ni de sesudos análisis, la realidad se impone con una crudeza incontestable: los dos grandes partidos que han gobernado este país durante las últimas décadas se sientan, prácticamente al mismo tiempo, ante la Justicia.
El día 6 de abril comenzó el juicio del llamado caso Kitchen, ese oscuro episodio en el que se investiga la utilización de recursos del Estado —presuntamente— para espiar, manipular y destruir pruebas incómodas. Un escándalo que salpica al Partido Popular y que tiene como telón de fondo la llamada “policía patriótica”, un concepto que ya de por sí debería helar la sangre de cualquier demócrata.
Entre los nombres que planean sobre este proceso aparece el de Mariano Rajoy, quien tendrá que dar explicaciones como testigo. No es un asunto menor. Es la constatación de que, durante años, el poder político pudo haber utilizado las cloacas del Estado en beneficio propio.
Pero si el día 6 era el turno del Partido Popular, el día 7 llegaba la réplica. Apenas 24 horas después, el foco judicial se trasladaba al entorno del Partido Socialista con la investigación sobre la trama de las mascarillas, donde aparece como figura central José Luis Ábalos, acompañado de su inseparable círculo, con nombres como Koldo García o Víctor de Aldama.
Dos días. Dos partidos. Dos escándalos. Una misma conclusión.
EL BIPARTIDISMO COMO SISTEMA DE PODER Y DE IMPUNIDAD
Durante décadas, España ha vivido bajo el dominio de un sistema bipartidista que se presentaba como garante de estabilidad. PP y PSOE se alternaban en el poder, se criticaban en público y se necesitaban en privado. Pero lo que hoy vemos es algo mucho más profundo: no eran dos modelos distintos, sino dos caras de una misma moneda.
El caso Kitchen no es una anomalía. Es la consecuencia lógica de un sistema que considera el Estado como un instrumento al servicio del partido. Del mismo modo, la trama de las mascarillas no es un accidente aislado provocado por una pandemia. Es la expresión de una cultura política donde la emergencia se convierte en oportunidad para el negocio, para la mordida, para el enriquecimiento de unos pocos a costa del sufrimiento de todos.
Mientras los españoles estaban confinados, mientras se prohibían funerales, mientras se arruinaban miles de familias, algunos hacían negocio. Inflaban precios. Intermediaban. Cobraban comisiones. Y todo ello, bajo el paraguas de un Gobierno que hoy pretende mirar hacia otro lado.
¿CASUALIDAD O ESTRATEGIA?
Cabe preguntarse si es casual que ambos procesos judiciales arranquen prácticamente al mismo tiempo. El caso Kitchen llevaba años dormido en los cajones judiciales, avanzando lentamente, casi con desgana. Sin embargo, su activación coincide ahora con el estallido del escándalo de las mascarillas.
¿Es una coincidencia? ¿O estamos ante una estrategia perfectamente calculada para diluir responsabilidades?
Cuando todos están en el foco, nadie lo está realmente.
Cuando la corrupción se reparte entre unos y otros, el sistema se protege a sí mismo.
Y así, mientras el ciudadano asiste indignado a este espectáculo, el relato se fragmenta, se diluye y se neutraliza.
EL PSOE Y LA CORRUPCIÓN COMO FORMA DE GOBIERNO







