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La doble moral en los estadios: lo que molesta y lo que se consiente

La doble moral en los estadios: lo que molesta y lo que se consiente
Jugadores de la final de futbol en Sevilla
porJavier Garcia Isac
opinion

La opinión de Javier García Isac de hoy, lunes 20 de abril de 2026

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Cuando insultar a España no importa,  pero todo cambia según quién cante


España vive atrapada en una de sus mayores hipocresías colectivas: la de una sociedad y, especialmente, un periodismo deportivo que ha decidido qué ofende y qué no, qué debe escandalizar y qué debe ser silenciado. Lo ocurrido hace ya algunas semanas en el estadio del Español, no es más que el último ejemplo de una doble vara de medir que ya resulta insoportable.


No deja de ser revelador —y profundamente preocupante— que determinados cánticos en un campo de fútbol desaten una tormenta mediática, mientras otros, infinitamente más graves, llevan décadas normalizándose con un silencio cómplice.

En el estadio del Español, se ha querido convertir en escándalo lo que, en esencia, no deja de ser una expresión —más o menos acertada, más o menos desafortunada— dentro del contexto emocional y pasional que siempre ha caracterizado al fútbol. Un entorno donde la grada, históricamente, ha sido altavoz de excesos, provocaciones y rivalidades.

Sin embargo, lo verdaderamente indignante no es el cántico en sí. Lo verdaderamente escandaloso es la reacción selectiva.

Porque quienes hoy se rasgan las vestiduras, quienes hablan de xenofobia, de racismo o de intolerancia, son exactamente los mismos que han permanecido mudos —cuando no complacientes— ante décadas de insultos abiertos contra España.

¿Dónde estaban esos mismos periodistas cuando en finales de Copa se pitaba el himno nacional?

¿Dónde estaban cuando se insultaba al Rey?

¿Dónde estaban cuando en estadios del norte se coreaba sin pudor “puta España”o se despreciaba abiertamente a los españoles?

La respuesta es sencilla: estaban mirando hacia otro lado.


El ruido que molesta y el silencio que protege


Lo que hemos visto no es una reacción ética. Es una reacción ideológica.

En España se ha instalado una peligrosa jerarquía del agravio:

Insultar a España: tolerado.

Insultar a los españoles: normalizado.

Pitar el himno: incluso celebrado en ciertos círculos.

Pero salirse del guion marcado por lo políticamente correcto, eso sí es intolerable.

Y así, el periodismo deportivo —que debería limitarse a narrar hechos— se ha convertido en juez moral, pero solo cuando conviene.

No estamos ante un problema de educación en los estadios. Estamos ante un problema de honestidad en los medios.


El fútbol como reflejo de una sociedad enferma de hipocresía


El fútbol, nos guste o no, es un espejo de la sociedad. Y lo que refleja España hoy es preocupante: una sociedad donde no existen criterios objetivos, sino intereses; donde no se juzgan los hechos, sino quién los protagoniza.

Porque si de verdad existiera una preocupación sincera por el respeto, por la convivencia y por el civismo, la reacción habría sido la misma siempre. Sin excepciones. Sin silencios selectivos.

Pero no ha sido así.

Se ha permitido durante años la humillación de los símbolos nacionales en nombre de la libertad de expresión, para después escandalizarse cuando la expresión no encaja en el relato dominante.


La verdad incómoda


Lo ocurrido en el estadio del Español no es el problema. Es el síntoma.

El verdadero problema es una sociedad que ha dejado de distinguir entre lo grave y lo accesorio.

Un periodismo que ha renunciado a la coherencia.

Y una élite mediática que decide qué se puede criticar y qué debe ocultarse.

Mientras no se denuncie con la misma contundencia el insulto a España que cualquier otro exceso, todo este escándalo no será más que lo que realmente es:

pura hipocresía.



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