Cuando insultar a España no importa, pero todo cambia según quién cante
España vive atrapada en una de sus mayores hipocresías colectivas: la de una sociedad y, especialmente, un periodismo deportivo que ha decidido qué ofende y qué no, qué debe escandalizar y qué debe ser silenciado. Lo ocurrido hace ya algunas semanas en el estadio del Español, no es más que el último ejemplo de una doble vara de medir que ya resulta insoportable.
No deja de ser revelador —y profundamente preocupante— que determinados cánticos en un campo de fútbol desaten una tormenta mediática, mientras otros, infinitamente más graves, llevan décadas normalizándose con un silencio cómplice.
En el estadio del Español, se ha querido convertir en escándalo lo que, en esencia, no deja de ser una expresión —más o menos acertada, más o menos desafortunada— dentro del contexto emocional y pasional que siempre ha caracterizado al fútbol. Un entorno donde la grada, históricamente, ha sido altavoz de excesos, provocaciones y rivalidades.
Sin embargo, lo verdaderamente indignante no es el cántico en sí. Lo verdaderamente escandaloso es la reacción selectiva.
Porque quienes hoy se rasgan las vestiduras, quienes hablan de xenofobia, de racismo o de intolerancia, son exactamente los mismos que han permanecido mudos —cuando no complacientes— ante décadas de insultos abiertos contra España.
¿Dónde estaban esos mismos periodistas cuando en finales de Copa se pitaba el himno nacional?
¿Dónde estaban cuando se insultaba al Rey?
¿Dónde estaban cuando en estadios del norte se coreaba sin pudor “puta España”o se despreciaba abiertamente a los españoles?
La respuesta es sencilla: estaban mirando hacia otro lado.
El ruido que molesta y el silencio que protege
Lo que hemos visto no es una reacción ética. Es una reacción ideológica.
En España se ha instalado una peligrosa jerarquía del agravio:
Insultar a España: tolerado.
Insultar a los españoles: normalizado.
Pitar el himno: incluso celebrado en ciertos círculos.







