Ya conozco demasiado bien este mecanismo. La política moderna no consiste tanto en gobernar como en editar imágenes. El poder actual entiende que la realidad importa menos que el encuadre final. Y para ciertos estrategas resulta intolerable que una protesta multitudinaria termine con familias regresando tranquilamente a casa. Necesitan humo y tensión. Necesitan fabricar el monstruo que justifique después la descalificación moral del adversario.
Porque si la ciudadanía protesta pacíficamente, el mensaje puede resultar contagioso. Pero si consigues asociar la protesta con radicalismo, agresividad o extremismo, entonces ya no hace falta responder al fondo de las críticas. Basta con desacreditar emocionalmente al mensajero. Que es lo que viene siendo habitual como técnica de gobierno.
El silencio del presidente empieza a parecer menos estratégico y más sintomático. Pedro Sánchez ha construido su carrera sobre la capacidad para controlar los tiempos mediáticos, modular los discursos y ocupar el centro del escenario. Pero hay algo revelador en la dificultad del presidente para exponerse ante la ciudadanía: tenemos probablemente al gobernante más mediáticamente sofisticado de nuestra historia democrática y, al mismo tiempo, uno de los más encapsulados. Comparece, pero rara vez se mezcla. Habla, pero evita escuchar fuera de los entornos cuidadosamente blindados. Viaja rodeado de perímetros de seguridad físicos y comunicativos. Y eso explica el clima actual: cuando un gobernante empieza a relacionarse con la sociedad únicamente a través de pantallas, asesores y argumentarios, termina perdiendo contacto con el estado emocional real del país.
La ausencia de los grandes sindicatos durante la marcha también merecería un análisis mucho más serio del que probablemente veremos en tertulias televisivas. Porque el problema no es simplemente que no acudieran. El problema es que cada vez representan menos el malestar real de amplias capas sociales.
Hace tiempo las organizaciones sindicales actuaban como termómetro de la calle. Hoy los ciudadanos las perciben como estructuras burocráticas integradas en el propio poder. Mientras miles de personas salíamos a manifestar nuestra preocupación por la degradación institucional, los grandes aparatos sindicales siguen atrapados en el silencio. Y ese vacío está siendo ocupado por otros actores: creadores independientes, plataformas digitales, canales alternativos y ciudadanos que ya no necesitamos pedir permiso a los grandes intermediarios mediáticos para expresar nuestro descontento.
Por eso la marcha de Madrid incomoda tanto. Revela el agotamiento de un modelo de control narrativo que durante años funcionó razonablemente bien. El viejo monopolio del relato empieza a resquebrajarse.
Y para el lector progresista que haya llegado hasta aquí sin abandonar indignado la lectura: esto no va de negar la pluralidad ideológica del país ni de demonizar a quien piensa distinto. Una democracia sana necesita izquierda, derecha, discrepancia y confrontación intelectual. Lo peligroso empieza cuando el poder decide que toda crítica ciudadana es ilegítima por definición y que cualquier protesta debe ser automáticamente patologizada. Porque entonces ya no hablamos de democracia madura, sino de una pedagogía autoritaria disfrazada de superioridad moral.
Lo que ocurrió el sábado en Madrid fue, esencialmente, un síntoma de agotamiento colectivo. El aviso de una sociedad a cansada de la propaganda, de la manipulación emocional y de la impunidad política. Y por mucho que algunos intenten reducir todo aquello a cuatro imágenes editadas, hay algo que resulta mucho más difícil de ocultar: la percepción de que una parte muy significativa de la ciudadanía ha perdido el miedo a expresar públicamente su hartazgo.
Podrán seguir maquillando titulares, fabricando caricaturas o construyendo villanos televisivos. Pero hay momentos históricos en que la realidad termina filtrándose incluso a través de los mejores departamentos de comunicación. Y eso fue lo importante del 23 de mayo: no el ruido final, sino el murmullo previo de miles de personas normales que, caminando pacíficamente bajo el sol de Madrid, llegamos a una conclusión sencilla e incómoda para el poder: que el relato ya no cuela.