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La dignidad en marcha

La dignidad en marcha
porEDATV
opinion

Por Jota Camacho

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Quien lleva años observando la vida pública española acaba desarrollando un extraño mecanismo de defensa contra la propaganda. No importa el color del gobierno ni la línea editorial del medio: llega un momento en que uno distingue rápido, la realidad del decorado. Hay algo en la impostura política contemporánea, una combinación de eslogan prefabricado, moralina televisiva y teatralización, que desprende un olor inconfundible. Y precisamente por eso lo ocurrido este sábado 23 de mayo en Madrid merece ser contado sin el histerismo de las trincheras digitales y sin el automatismo tribal al que nos quieren condenar unos y otros.

Porque lo interesante de la Marcha por la Dignidad no fue el ruido final que algunos medios necesitaban mostrar desesperadamente en sus telediarios. Lo relevante fue todo lo contrario: las tres horas anteriores de normalidad democrática, de civismo y de hartazgo que recorrieron las calles de Madrid desde Colón hasta Moncloa.

Y subrayo la palabra transversal, porque ahí está la clave que muchos comentaristas van a ocultar. La protesta no fue aquella caricatura fácil de ultras enfurecidos que intentaron empaquetar apresuradamente en prime time. Tampoco una romería homogénea de siglas, ni una concentración de obediencias ideológicas alineadas. Lo que se vio en Madrid fue algo bastante más incómodo para el poder: una multitud heterogénea y difícil de etiquetar.

Fuimos en torno a cien mil personas compuestas por matrimonios mayores caminando bajo el sol intenso; jóvenes universitarios cansados de que les hablen como a menores de edad; autónomos exhaustos de sostener un sistema que les exigirle cada vez más mientras les devuelve cada vez menos; trabajadores liberales; funcionarios; empresarios; familias enteras con niños pequeños; incluso antiguos votantes socialistas desencantados con el rumbo moral e institucional del actual Gobierno.

Ese es el problema para Pedro Sánchez: que el descontento ya no pertenece a una ideología. Cuando el malestar deja de ser patrimonio de una oposición y empieza a instalarse en capas sociales distintas, el relato oficial comienza a resquebrajarse.

Durante buena parte de la marcha reinó la paz. Y conviene insistir en ello porque el contraste con otras movilizaciones recientes resulta demasiado evidente como para ignorarlo. No ardió un solo contenedor. No apareció el tradicional mobiliario urbano sacrificado. No hubo escaparates destrozados, ni comercios saqueados, ni coches volcados, ni hordas encapuchadas sembrando el caos. Nada de eso ocurrió.

Lo que había era otra cosa: un ambiente de cordialidad entre desconocidos. Gente conversando. Gente riéndose. Personas compartiendo agua, bocadillos y conversaciones sobre política, economía o sobre el cansancio moral que produce vivir en un país intoxicado por el escándalo. No acudíamos movidos por la ira, sino por la necesidad de comprobar que no estamos solos. Y ahí reside el verdadero espíritu de la marcha: en el alivio colectivo de descubrir que el malestar es compartido.

Naturalmente, semejante fotografía resulta insoportable para los que necesitan presentar cualquier crítica al Gobierno como una expresión marginal y extremista. Una multitud pacífica de decenas de miles de ciudadanos caminando tranquilamente por Madrid no encaja en el guion y es demasiado normal, demasiado transversal, demasiado difícil de demonizar.

Y entonces llegó el epílogo. Pocas veces he asistido a una escena tan burdamente teatralizada como la que presencié al final del recorrido, junto al Arco de la Victoria. Y lo digo con cautela, porque en tiempos de polarización extrema cualquier descripción incómoda es inmediatamente sospechosa para el bando contrario. Pero de verdad que la evidencia visual resulta demasiado grosera para ignorarla. Yo estaba allí, literalmente a un metro de lo que ocurrió.

Tras horas de absoluta tranquilidad, apareció de pronto un pequeño grupo de individuos cuya actitud desentonaba por completo con el tono general de la manifestación. No parecían compartir el clima de la marcha ni la actitud del resto de asistentes. Irrumpieron con una agresividad sobreactuada y caricaturesca, intentando avanzar hacia una zona perfectamente acordonada y generando una tensión tan repentina como artificial. Y entonces ocurrió el milagro: las cámaras adecuadas ya estaban allí.

Las mismas cámaras que durante buena parte de la tarde habían mostrado un interés más bien discreto por la magnitud de la protesta aparecieron perfectamente posicionadas para captar el instante exacto del altercado. Todo adquirió un aire extrañamente coreografiado: los empujones precisos, los gritos previsibles, la tensión medida al milímetro y las imágenes exactas que permitirían resumir después una manifestación masiva y pacífica en quince segundos de caos cuidadosamente seleccionados.

Ya conozco demasiado bien este mecanismo. La política moderna no consiste tanto en gobernar como en editar imágenes. El poder actual entiende que la realidad importa menos que el encuadre final. Y para ciertos estrategas resulta intolerable que una protesta multitudinaria termine con familias regresando tranquilamente a casa. Necesitan humo y tensión. Necesitan fabricar el monstruo que justifique después la descalificación moral del adversario.

Porque si la ciudadanía protesta pacíficamente, el mensaje puede resultar contagioso. Pero si consigues asociar la protesta con radicalismo, agresividad o extremismo, entonces ya no hace falta responder al fondo de las críticas. Basta con desacreditar emocionalmente al mensajero. Que es lo que viene siendo habitual como técnica de gobierno.

El silencio del presidente empieza a parecer menos estratégico y más sintomático. Pedro Sánchez ha construido su carrera sobre la capacidad para controlar los tiempos mediáticos, modular los discursos y ocupar el centro del escenario. Pero hay algo revelador en la dificultad del presidente para exponerse ante la ciudadanía: tenemos probablemente al gobernante más mediáticamente sofisticado de nuestra historia democrática y, al mismo tiempo, uno de los más encapsulados. Comparece, pero rara vez se mezcla. Habla, pero evita escuchar fuera de los entornos cuidadosamente blindados. Viaja rodeado de perímetros de seguridad físicos y comunicativos. Y eso explica el clima actual: cuando un gobernante empieza a relacionarse con la sociedad únicamente a través de pantallas, asesores y argumentarios, termina perdiendo contacto con el estado emocional real del país.

La ausencia de los grandes sindicatos durante la marcha también merecería un análisis mucho más serio del que probablemente veremos en tertulias televisivas. Porque el problema no es simplemente que no acudieran. El problema es que cada vez representan menos el malestar real de amplias capas sociales.

Hace tiempo las organizaciones sindicales actuaban como termómetro de la calle. Hoy los ciudadanos las perciben como estructuras burocráticas integradas en el propio poder. Mientras miles de personas salíamos a manifestar nuestra preocupación por la degradación institucional, los grandes aparatos sindicales siguen atrapados en el silencio. Y ese vacío está siendo ocupado por otros actores: creadores independientes, plataformas digitales, canales alternativos y ciudadanos que ya no necesitamos pedir permiso a los grandes intermediarios mediáticos para expresar nuestro descontento.

Por eso la marcha de Madrid incomoda tanto. Revela el agotamiento de un modelo de control narrativo que durante años funcionó razonablemente bien. El viejo monopolio del relato empieza a resquebrajarse.

Y para el lector progresista que haya llegado hasta aquí sin abandonar indignado la lectura: esto no va de negar la pluralidad ideológica del país ni de demonizar a quien piensa distinto. Una democracia sana necesita izquierda, derecha, discrepancia y confrontación intelectual. Lo peligroso empieza cuando el poder decide que toda crítica ciudadana es ilegítima por definición y que cualquier protesta debe ser automáticamente patologizada. Porque entonces ya no hablamos de democracia madura, sino de una pedagogía autoritaria disfrazada de superioridad moral.

Lo que ocurrió el sábado en Madrid fue, esencialmente, un síntoma de agotamiento colectivo. El aviso de una sociedad a cansada de la propaganda, de la manipulación emocional y de la impunidad política. Y por mucho que algunos intenten reducir todo aquello a cuatro imágenes editadas, hay algo que resulta mucho más difícil de ocultar: la percepción de que una parte muy significativa de la ciudadanía ha perdido el miedo a expresar públicamente su hartazgo.

Podrán seguir maquillando titulares, fabricando caricaturas o construyendo villanos televisivos. Pero hay momentos históricos en que la realidad termina filtrándose incluso a través de los mejores departamentos de comunicación. Y eso fue lo importante del 23 de mayo: no el ruido final, sino el murmullo previo de miles de personas normales que, caminando pacíficamente bajo el sol de Madrid, llegamos a una conclusión sencilla e incómoda para el poder: que el relato ya no cuela.

 


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