Basta abrir los periódicos en papel, escuchar ciertas emisoras de radio o contemplar los informativos de televisión para comprobar que las portadas son intercambiables, que los editoriales parecen dictados por la misma mano invisible y que la discrepancia ha sido sustituida por el argumentario.
Da igual que hablemos de El País, ABC, La Vanguardia, El Mundo o La Razón. Cambian los matices estéticos, cambian las fotografías, pero el fondo —en demasiadas ocasiones— es el mismo: editoriales únicos, consignas homologadas y líneas rojas inquebrantables.
La pandemia: unanimidad o exilio
Lo vimos con el coronavirus. Durante la crisis del COVID-19 en España, disentir era convertirse en sospechoso. Quien cuestionaba la proporcionalidad de las medidas, la eficacia de determinadas restricciones o el relato oficial era criminalizado. No debatido: criminalizado.
Las redes sociales cerraban cuentas, los tertulianos levantaban el dedo acusador y los periódicos lanzaban sermones morales. Se instauró un clima en el que la duda era pecado y la discrepancia, una forma de insolidaridad.
El periodismo dejó de hacer preguntas incómodas y optó por reforzar el mensaje. Se asumió sin apenas discusión que el Gobierno actuaba guiado únicamente por la ciencia, aunque luego los estados de alarma fueran parcialmente declarados inconstitucionales. Se aceptó el cierre masivo de actividades, el confinamiento domiciliario y la limitación de derechos fundamentales como si el poder no debiera rendir cuentas.
La fiscalización fue sustituida por la adhesión.
El 23F y las portadas clonadas
Ahora lo hemos vuelto a ver con la desclasificación parcial de documentos sobre el 23F. En lugar de aprovechar la ocasión para abrir un debate sereno sobre uno de los episodios más trascendentales de nuestra historia reciente, los grandes medios han corrido a cerrar filas.
Portadas intercambiables. Enfoque idéntico. Defensa cerrada de la versión oficial. Blindaje automático de la figura del monarca como garante único e indiscutible de la democracia.
No se trata de condenar ni absolver en abstracto. Se trata de investigar. De preguntar. De contrastar. De permitir que la ciudadanía conozca matices, sombras, contradicciones si las hubiera. Pero el reflejo ha sido inmediato: negar cualquier posible implicación incómoda y reforzar la narrativa establecida desde hace décadas.
No hay voluntad de revisar críticamente el pasado. Hay urgencia por proteger el relato.
El consenso sagrado: PSOE y PP
El problema no es solo coyuntural. Es estructural. La prensa tradicional española —con honrosas excepciones— ha asumido como propios determinados consensos intocables. Y en esos consensos coinciden, con diferencias de forma pero no siempre de fondo, tanto el PSOE como el PP.
Hay asuntos que se han cerrado en falso y que apenas se discuten en profundidad. Cuestionar ciertos dogmas es exponerse al aislamiento mediático. Poner sobre la mesa debates incómodos es arriesgarse a la etiqueta, al descrédito, al silencio.
Se repite hasta la saciedad que vivimos en la etapa de mayor progreso y desarrollo de nuestra historia. Y sin embargo, la precarización laboral, la pérdida de poder adquisitivo y el estrechamiento de la clase media cuentan otra historia. Una clase media que, en buena medida, se consolidó durante el desarrollismo de los años sesenta y setenta, y que hoy ve erosionados sus fundamentos.







