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El cuarto poder rendido: cuando la prensa dejó de fiscalizar para obedecer

El cuarto poder rendido: cuando la prensa dejó de fiscalizar para obedecer
porJavier Garcia Isac
opinion

Hubo un tiempo en que se decía que la prensa era el cuarto poder. Hoy, en demasiadas ocasiones, es apenas el eco del primero


Basta abrir los periódicos en papel, escuchar ciertas emisoras de radio o contemplar los informativos de televisión para comprobar que las portadas son intercambiables, que los editoriales parecen dictados por la misma mano invisible y que la discrepancia ha sido sustituida por el argumentario.

Da igual que hablemos de El País, ABC, La Vanguardia, El Mundo o La Razón. Cambian los matices estéticos, cambian las fotografías, pero el fondo —en demasiadas ocasiones— es el mismo: editoriales únicos, consignas homologadas y líneas rojas inquebrantables.


La pandemia: unanimidad o exilio


Lo vimos con el coronavirus. Durante la crisis del COVID-19 en España, disentir era convertirse en sospechoso. Quien cuestionaba la proporcionalidad de las medidas, la eficacia de determinadas restricciones o el relato oficial era criminalizado. No debatido: criminalizado.

Las redes sociales cerraban cuentas, los tertulianos levantaban el dedo acusador y los periódicos lanzaban sermones morales. Se instauró un clima en el que la duda era pecado y la discrepancia, una forma de insolidaridad.

El periodismo dejó de hacer preguntas incómodas y optó por reforzar el mensaje. Se asumió sin apenas discusión que el Gobierno actuaba guiado únicamente por la ciencia, aunque luego los estados de alarma fueran parcialmente declarados inconstitucionales. Se aceptó el cierre masivo de actividades, el confinamiento domiciliario y la limitación de derechos fundamentales como si el poder no debiera rendir cuentas.

La fiscalización fue sustituida por la adhesión.


El 23F y las portadas clonadas


Ahora lo hemos vuelto a ver con la desclasificación parcial de documentos sobre el 23F. En lugar de aprovechar la ocasión para abrir un debate sereno sobre uno de los episodios más trascendentales de nuestra historia reciente, los grandes medios han corrido a cerrar filas.

Portadas intercambiables. Enfoque idéntico. Defensa cerrada de la versión oficial. Blindaje automático de la figura del monarca como garante único e indiscutible de la democracia.

No se trata de condenar ni absolver en abstracto. Se trata de investigar. De preguntar. De contrastar. De permitir que la ciudadanía conozca matices, sombras, contradicciones si las hubiera. Pero el reflejo ha sido inmediato: negar cualquier posible implicación incómoda y reforzar la narrativa establecida desde hace décadas.

No hay voluntad de revisar críticamente el pasado. Hay urgencia por proteger el relato.


El consenso sagrado: PSOE y PP


El problema no es solo coyuntural. Es estructural. La prensa tradicional española —con honrosas excepciones— ha asumido como propios determinados consensos intocables. Y en esos consensos coinciden, con diferencias de forma pero no siempre de fondo, tanto el PSOE como el PP.

Hay asuntos que se han cerrado en falso y que apenas se discuten en profundidad. Cuestionar ciertos dogmas es exponerse al aislamiento mediático. Poner sobre la mesa debates incómodos es arriesgarse a la etiqueta, al descrédito, al silencio.

Se repite hasta la saciedad que vivimos en la etapa de mayor progreso y desarrollo de nuestra historia. Y sin embargo, la precarización laboral, la pérdida de poder adquisitivo y el estrechamiento de la clase media cuentan otra historia. Una clase media que, en buena medida, se consolidó durante el desarrollismo de los años sesenta y setenta, y que hoy ve erosionados sus fundamentos.

Pero pronunciar según qué frases implica autoexcluirse del circuito mediático respetable. Y nadie quiere quedarse fuera del club.


De auditores a voceros


El poder ha entendido que domesticar a la prensa no es tan difícil. Basta con subvenciones, publicidad institucional, acceso privilegiado y reconocimiento social. Se crea así un ecosistema en el que los grandes grupos de comunicación dependen, directa o indirectamente, de las estructuras políticas y económicas que deberían vigilar.

El resultado es un periodismo que, con frecuencia, no audita al poder sino que lo acompaña. Que no incomoda sino que tranquiliza. Que no rompe consensos sino que los refuerza.

Se normaliza la mentira cuando conviene. Se minimizan los escándalos propios y se magnifican los ajenos. Se editorializa más de lo que se investiga. Se opina más de lo que se contrasta.


El miedo a la exclusión


Muchos ciudadanos no entran en ciertos debates no porque los consideren irrelevantes, sino por miedo. Miedo a ser señalados, a perder oportunidades profesionales, a ser caricaturizados en redes sociales o ignorados en los grandes foros públicos.

Y ese miedo no surge en el vacío. Surge en un ecosistema mediático que ha asumido la función de guardián del pensamiento aceptable. Quien se aparta demasiado del guion es presentado como extremista, conspiranoico o retrógrado.

El debate se estrecha. El margen de lo opinable se reduce. Y la pluralidad, que debería ser la esencia de una democracia madura, se convierte en un decorado.


El cuarto poder que dejó de serlo


El drama no es que existan líneas editoriales; eso es legítimo. El drama es que muchas de esas líneas coincidan tanto que parezcan dictadas desde un mismo despacho. El drama es que la prensa haya asumido como misión preservar determinados relatos en lugar de cuestionarlos.

Cuando el periodismo renuncia a fiscalizar para proteger consensos, deja de ser cuarto poder y se convierte en departamento de comunicación del sistema. Cuando los medios prefieren la unanimidad al contraste, la democracia se empobrece.

Y cuando la mentira se normaliza desde las portadas, el ciudadano queda desarmado.

La libertad de expresión no se pierde de golpe. Se diluye. Se burocratiza. Se edulcora. Se condiciona. Y todo ello bajo el aplauso de quienes deberían ser los primeros en defenderla.

Si la prensa no recupera su vocación de vigilancia, si no vuelve a hacer preguntas incómodas aunque molesten a unos y a otros, si no se atreve a cuestionar los consensos sagrados, entonces no estaremos ante un cuarto poder fuerte, sino ante un poder domesticado.

Y una democracia con un periodismo domesticado es una democracia a medio gas, y con serio riesgo de dejar de serlo.


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