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La huida hacia adelante de Sánchez: ni una dimisión, ni una responsabilidad, ni una pizca de vergüenza

La huida hacia adelante de Sánchez: ni una dimisión, ni una responsabilidad, ni una pizca de vergüenza
porJavier Garcia Isac
opinion

Un gobierno rodeado de escándalos, muertos, negligencias y sospechas de corrupción que no dimite, no cesa y no asume nada


La política española ha dejado de ser un ejercicio de responsabilidad para convertirse en un búnker de supervivencia personal.

Hay algo más grave que la corrupción.

Más grave que la incompetencia.

Más grave que la negligencia.

Lo más grave es la ausencia absoluta de responsabilidad.

Y eso es exactamente lo que define hoy al Gobierno de Pedro Sánchez.

Vivimos en un país donde puede producirse un accidente ferroviario en Adamuz, donde la gestión de una gota fría en Valencia deje imágenes de desprotección e impotencia, donde aparezcan escándalos sexuales en la cúpula policial, donde surjan sospechas cada vez más cercanas al entorno familiar del presidente, y no dimite nadie.

Nadie.

Ni el ministro.

Ni el secretario de Estado.

Ni el director general.

Ni el presidente.

España se ha convertido en el único país democrático donde la palabra responsabilidad política ha desaparecido del diccionario.


Adamuz: cuando el desastre no tiene consecuencias


En cualquier democracia seria, un accidente ferroviario con víctimas abre inmediatamente dos caminos: investigación y responsabilidades.

Aquí solo hay propaganda y excusas.

Se nos dice que la red ferroviaria es muy extensa. Que “estas cosas pasan”. Que no se puede prever todo. El ministro comparece, el presidente relativiza, los socios callan y el país sigue circulando sobre una infraestructura que, según el propio discurso oficial, parece funcionar por puro azar.

¿Dimisión? Ninguna.

¿Autocrítica? Cero.

Solo defensa cerrada y blindaje político.


Valencia: la gota fría y la dejadez institucional


Cuando la naturaleza golpea, el Estado tiene que responder.

Y si no responde, alguien debe asumirlo.

Pero en la España de Sánchez no hay responsables, solo relato.

La gestión fue caótica, la coordinación deficiente, la sensación de abandono evidente. Sin embargo, mientras en otros países europeos dimiten ministros por temporales mal gestionados, aquí la única estrategia es resistir mediáticamente hasta que el siguiente escándalo ocupe los titulares.

La política ha dejado de ser servicio público para convertirse en supervivencia personal.


Marlaska y los escándalos internos


El Ministerio del Interior acumula polémicas, sospechas, tensiones internas y escándalos que afectan incluso a las más altas esferas policiales.

¿Consecuencias? Ninguna.

Fernando Grande-Marlaska permanece en su puesto.

No importa la polémica.

No importa el desgaste institucional.

No importa la pérdida de confianza.

Lo único que importa es sostener la estructura de poder.


El entorno del presidente: cada vez más cerca


Y mientras tanto, las investigaciones judiciales, las sospechas públicas y los procedimientos abiertos se aproximan cada vez más al entorno íntimo del presidente.

Pedro Sánchez no solo gobierna rodeado de socios que quieren desmantelar el Estado; gobierna también rodeado de ruido judicial, de investigaciones que apuntan a su familia, de informaciones que erosionan su credibilidad.

¿Ha salido a dar explicaciones claras? No.

¿Ha ofrecido transparencia total? No.

¿Ha asumido algún coste político? Tampoco.

La estrategia es clara: resistir.

Resistir siempre.

Caiga quien caiga.


Un Gobierno sostenido por el odio común


¿Qué mantiene en pie a este Ejecutivo?

No un proyecto nacional.

No una idea de país.

No una visión compartida.

Lo que lo sostiene es algo mucho más simple y mucho más peligroso: el odio común a España como nación vertebrada.

El PSOE y sus socios no coinciden en economía.

No coinciden en modelo territorial.

No coinciden en política internacional.

Coinciden únicamente en una cosa: impedir una alternativa.

Y para eso están dispuestos a sostener cualquier escándalo, tragar cualquier sapo y blindar a cualquier ministro.


La anomalía democrática española


En cualquier democracia europea:

Un ministro dimite por un accidente grave.

Un responsable político asume errores de gestión.

Un presidente comparece y cesa a quien haya fallado.

En España no.

Aquí la dimisión es vista como debilidad.

Aquí asumir responsabilidades es considerado suicidio político.

Aquí el manual es resistir hasta el final aunque el país arda.

Estamos ante una anomalía democrática.

No por las crisis —que todos los países sufren—.

Sino por la negativa absoluta a asumir consecuencias.


Un país ingobernable con ministros incompetentes


España hoy es un país tensionado territorialmente, deteriorado institucionalmente y agotado socialmente.

Un Gobierno sin mayoría social estable.

Un Ejecutivo que depende cada semana de quienes quieren romper el Estado.

Unos ministros que han demostrado incapacidad técnica en gestión tras gestión.

Y aun así, pase lo que pase, han dejado claro algo:

No van a dimitir nunca.

Ni por muertos.

Ni por negligencias.

Ni por corrupción cercana.

Ni por descrédito internacional.

Nada basta.


La urgencia democrática


Cuando un gobierno pierde la vergüenza política, solo queda un camino: las urnas, y de esa mayoría, un cambio de la ley electoral.

Porque si no existe la dimisión,

si no existe la asunción de responsabilidades,

si no existe la ética pública,

entonces lo único que queda es el veredicto ciudadano.

España no puede permitirse más huida hacia adelante.

No puede normalizar la irresponsabilidad permanente.

No puede acostumbrarse a la impunidad política.

No se trata ya de ideología.

Se trata de salud democrática.

Y hoy la democracia española está enferma.

Urge cambiar el rumbo.

Urge poner fin a esta etapa.

Urge devolver la responsabilidad a la política.

Porque un país puede sobrevivir a errores.

Pero no puede sobrevivir indefinidamente a la falta absoluta de responsabilidad.

Y eso —la irresponsabilidad convertida en norma—

es lo que hoy define al Gobierno de Pedro Sánchez.



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