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Gibraltar: otra claudicación más de un Estado que renuncia a su soberanía

Gibraltar: otra claudicación más de un Estado que renuncia a su soberanía
Gilbraltar
porJavier Garcia Isac
opinion

Hay derrotas que se consuman en el campo de batalla


Hay derrotas mucho más graves: las que se firman en despachos oficiales, con sonrisa diplomática y rueda de prensa posterior hablando de “normalidad”, “cooperación” y “buena vecindad”.

El reciente acuerdo del Gobierno de España con Gibraltar, auspiciado por el Ministerio de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación, no es un avance. No es un paso hacia la resolución del contencioso histórico. No es una estrategia de presión diplomática.

Es, sencillamente, una nueva renuncia.

Una más.


Tres siglos de ocupación y de resignación política


Gibraltar fue ocupado por fuerzas anglo-holandesas en 1704 y cedido formalmente bajo el Tratado de Utrecht. Aquella cesión, además de limitada en su alcance territorial, nunca incluyó el istmo ni autorizó el desarrollo colonial ilimitado que después se consolidó.

España jamás ha renunciado jurídicamente a su reivindicación.

Pero los gobiernos españoles sí han renunciado políticamente a ejercerla.

Desde la Transición hasta hoy, hemos pasado de la presión diplomática a la complacencia; de la reclamación firme a la “cooperación transfronteriza”; de la reivindicación nacional al pragmatismo claudicante.

Y en el camino, Gibraltar ha ganado lo que España ha ido perdiendo: influencia, legitimidad internacional y blindaje económico.


El cierre de la verja: el último gesto de soberanía real


Conviene recordar que el momento en que más cerca estuvo España de forzar una negociación seria fue cuando el general Francisco Franco ordenó el cierre de la verja en 1969.

Fue una decisión dura, discutible, impopular para algunos.

Pero fue una decisión de Estado.

A partir de la reapertura —en tiempos socialistas— comenzó una etapa diferente: normalización, tránsito fluido, cooperación comercial y consolidación definitiva del enclave como entidad económica propia.

Desde entonces, ningún gobierno ha tenido voluntad real de plantear el conflicto en términos de soberanía.

Todos han hablado de diálogo.

Nadie ha hablado de recuperación.


El silencio histórico del Estado


No olvidemos la llamada del rey emérito, Juan Carlos I, en los años de la entrada del Reino Unido en la entonces Comunidad Económica Europea. España no pondría impedimentos.

Ahí se selló políticamente algo más que una adhesión europea: se consolidó la resignación española.

Desde entonces, tanto gobiernos del PSOE como del Partido Popular han actuado bajo la misma lógica: no incomodar a Londres, no abrir frentes, no cuestionar el statu quo.

El resultado es que Gibraltar ha sido convertido en un enclave económico privilegiado con el consentimiento tácito de Madrid.


Un paraíso fiscal consentido


No nos engañemos.

Gibraltar funciona de facto como un paraíso fiscal. Un territorio con ventajas regulatorias, fiscales y financieras que generan competencia desleal frente al resto del territorio español.

Y todo ello, con la frontera abierta y miles de trabajadores españoles cruzando diariamente.

El problema no es el trabajador.

El problema es el modelo.

Mientras en España se asfixia al autónomo, se multiplica la presión fiscal y Hacienda persigue al pequeño empresario, a escasos metros funciona un sistema diseñado para atraer capital con opacidad y ventajas tributarias.

¿Dónde está la firmeza del Estado?

¿Dónde está la exigencia de reciprocidad?

¿Dónde está la defensa del interés nacional?

En ninguna parte.


El Brexit y la oportunidad perdida


El Brexit ofrecía una oportunidad histórica. Por primera vez en décadas, Gibraltar quedaba fuera del marco automático de la Unión Europea.

España tenía cartas.

España tenía poder de negociación.

¿El resultado?

Acuerdos que consolidan la permeabilidad fronteriza, refuerzan la estabilidad económica del enclave y reducen la capacidad de presión española.

Se ha cambiado soberanía por comodidad.

Reivindicación histórica por gestión administrativa.

¿A quién beneficia realmente esta unanimidad?

Lo llamativo no es solo la cesión.

Lo llamativo es la unanimidad.

Gobiernos socialistas y populares han actuado en la misma dirección. Las grandes estructuras económicas guardan silencio. Los partidos del sistema miran hacia otro lado.

Cabe preguntarse:

¿Es solo cobardía política?

¿O hay intereses financieros cruzados?

¿Cuentas, inversiones, estructuras societarias vinculadas al enclave?

Porque lo que resulta difícil de aceptar es que durante décadas ningún gobierno haya planteado una estrategia seria, sostenida y firme para recuperar soberanía.

Lo más preocupante no es Gibraltar.

Lo más preocupante es la resignación estructural del Estado español.


Un anacronismo colonial en pleno siglo XXI


Gibraltar es una colonia británica en territorio español.

Un anacronismo histórico.

Europa habla de descolonización en América Latina, en África, en Asia, pero parece incapaz de resolver un contencioso colonial en la propia península ibérica.

Y España, lejos de liderar esa exigencia, la diluye en comunicados diplomáticos.


La renuncia como política de Estado


Hoy el problema no es solo el Gobierno actual.

El problema es la continuidad de esa política de claudicación.

Ni el PSOE ni el Partido Popular han mostrado voluntad real de revertir la situación.

Se han sucedido gobiernos, pero no ha cambiado la actitud.

Se habla de cooperación, movilidad, estabilidad económica.

Nunca de soberanía.

Y cuando un Estado deja de creer en su propia soberanía, termina perdiéndola.


Gibraltar como síntoma


Gibraltar no es solo un peñón.

Es el síntoma de un país que ha aprendido a aceptar la excepción, la anomalía y la renuncia como elementos estructurales.

Un país que asume que determinadas cuestiones “no se pueden tocar”.

Un país que prefiere la estabilidad diplomática a la reivindicación histórica.

Pero la estabilidad basada en la renuncia no es estabilidad.

Es dependencia.

España tiene derecho histórico, jurídico y político a reivindicar Gibraltar.

Lo que no parece tener es voluntad política para hacerlo.

Y mientras esa voluntad no exista, el Peñón seguirá ahí, no solo como territorio ocupado, sino como símbolo de una soberanía debilitada.

Porque las naciones no desaparecen de golpe.

Se erosionan poco a poco.

Primero se relativiza la historia.

Después se normaliza la anomalía.

Y finalmente se firma la renuncia como si fuera un acuerdo de cooperación.

Eso es lo verdaderamente grave.


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