Hay mañanas como las del 8 de marzo, en las que el aire de Madrid, habitualmente castizo y ligero, se contamina con un batiburrillo de fragancias que ningún perfumista de la Rue de la Paix se atrevería a comercializar. Es el aroma del discurso subvencionado; una mezcla de incienso de rastro, efluvios de dudosa higiene personal y un rancio rencor que emana de quien necesita sentirse víctima para justificar su nómina pública. Yo he estado allí señores y he llegado a casa con una prisa enorme por someterme a una desinfección integral, metiendo cada prenda de ropa en la lavadora con la esperanza de que el centrifugado logre arrancar el olor a revolución y a axila descuidada. Caminar ayer por el centro fue, literalmente, cruzar el Aqueronte para realizar una crónica de guerra en un escenario que parecía el resultado de una pesadilla.
Empecemos por lo que dicen los despachos y lo que dicta la vista. La Delegación del Gobierno, siempre tan servil con el pesebre oficialista, nos ha querido vender la moto de 35.000 asistentes. Por su parte, la Comisión 8M, usando matemáticas creativas como las del CIS, que solo se explican si miden a sus huestes por el peso de sus asistentes y no por unidades antropomorfas, elevó la propuesta a 165.000. O quizá las cuenten por kilos de purpurina y no por cabezas. Las facciones más radicales, las que se creen la esencia del tarro, se quedaron en unas más modestas 20.000.
Pero este que os escribe, que ya peina algunas canas y ha visto pasar unas cuantas primaveras, estuvo allí. Con mis propios ojos, y sin el filtro de la subvención morada, les aseguro que aquello no llegaba ni a las 10.000. Y seamos generosos: si de ese grupo quitamos a los turistas chinos que no sabían por dónde salir del barullo, a los guiris despistados que buscaban el Museo del Prado o a los que estábamos allí simplemente para trabajar aquellos que, por cierto, nos distinguíamos por ir debidamente duchados y sin rastas colgando como estalactitas de los sobacos, el número de convencidas se reduce a la mitad. El feminismo de odio al varón está en cuidados paliativos; la calle ya no es suya, aunque la han ensuciado como si les pagaran por tonelada de desperdicio abandonado.
En medio de ese ecosistema de estética The Walking Dead, tuve el inmenso honor de compartir trinchera con la resistencia de la lógica. Personas que demuestran que se puede defender la igualdad real y la justicia sin necesidad de disfrazarse de espantapájaros ni renunciar al jabón antes de salir de casa. Estuve rodeado de gente de bien, de esa que todavía tiene dos dedos de frente y los ojos bien abiertos.
Hablo de figuras como Javier García Isac y Mercedes De Bérard, maravillosos y coherentes compañeros de Informa Radio. María Legaz, presidenta de ANAVID, y su vicepresidente Jesús Muñoz, que llevan años denunciando las asimetrías de una ley que tritura a hombres inocentes. Compartí espacio con Susana Santamaría, de Mujeres por una Plataforma Igualitaria. Inmaculada Fernández y Javier Pérez Roldán con su agudeza jurídica, miembros de HazteOir. También estuvo Paula García, del podcast No Lies Allowed, (donde ayer además, estrené una aparición que os invito a ver en YouTube), aportando esa juventud que no ha sido lobotomizada por el sistema. Todos ellos son la prueba viviente de que para reivindicar algo no hace falta ser un payaso, llevar ropa rota o lucir un aspecto ridículo. Se puede ir peinado, se puede ir limpio y se puede tener un discurso estructurado sin necesidad de berrear consignas vacías.
Porque, seamos sinceros, el panorama humano que rodeaba a esta delegación de sensatez era, para ser diplomático, un insulto a la estética. Aquello era una horda de pirados que desafiaba cualquier descripción benévola. Si uno cerraba los ojos y volvía a abrirlos, dudaba si estaba en una manifestación, en unos carnavales de pueblo deprimido o en el desfile del Orgullo Gay más decadente. Fue una convocatoria que parecía diseñada por un gabinete de casting en el que Quentin Tarantino, Pedro Almodóvar y Tim Burton hubieran decidido colaborar tras una noche de excesos.
Había de todo: desde la estética gótica-depresiva de Burton hasta el colorido chillón y hortera del Almodóvar más morado, pasando por la violencia latente y el feísmo de Tarantino. Os reiréis, pero si habéis estado allí, sabéis que no exagero ni un ápice. De verdad, ¿hace falta estar tan zumbado y tan trastornado para pedir derechos? Pierden toda credibilidad con el circo que tenían montado. Me he reído, no lo voy a negar, porque el ridículo siempre tiene un punto cómico, pero la risa desaparecía cuando veías las miradas de perturbados de algunos.
Mi compañero Fran Padilla (que por suerte sabe repartir leches a nivel pro, si hace falta) y yo lo vivimos en primera persona. En ciertos momentos, tuvimos que replegarnos y temer por nuestra seguridad física. No es una exageración de comunicador en busca de clics; es la realidad de intentar trabajar con un micrófono de Informa Radio en medio de una jauría que se llena la boca con la palabra tolerancia.







