España se ha convertido en el laboratorio clínico de una patología social sin precedentes: la sacralización de la indigencia intelectual. Veo con mucha preocupación, el auge de una clase social que no se define por su oficio, sino por su beneficio; ciudadanos, si es que el término aún conserva su pátina de responsabilidad civil, que han sustituido el esfuerzo por la paguita y la lectura por el dogma digerido de TelePedro. Es la internacional cantada desde el sofá, una masa crítica que, bajo los efectos de un estatismo narcótico y el humo de una permisividad mal entendida, pretende darnos lecciones de moralidad internacional mientras el país se desangra por las costuras del sentido común.
Es una obscenidad ver cómo el progresismo, financiado hasta las trancas por el contribuyente asfixiado, defiende con un ardor guerrero las bondades de la tiranía bolivariana. Opinan en RRSS de soberanía y resistencia al imperialismo desde un iPhone de última generación y con un juego de la play en la mano, comprado con el Bono Cultural, ese soborno institucional de 400 euros destinado a jóvenes que, en su mayoría, no han pisado una biblioteca en el último lustro.
¿Y cuáles son los datos que tanto incomodan al relato oficialista? Según la Plataforma R4V (Response for Venezuelans), integrada por la ACNUR y la OIM, el número de refugiados y migrantes venezolanos en el mundo ha escalado hasta los 7,77 millones. Para ponerlo en perspectiva: es como si toda la población de Cataluña (aunque allí catalanes queden pocos) hubiera tenido que huir con lo puesto para no morir de inanición o bajo el plomo de los colectivos chavistas.
El Observatorio Venezolano de Finanzas (OVF) señala que la canasta alimentaria básica supera los 500 dólares mensuales, en un país donde el salario mínimo no alcanza los 4 dólares. Mientras nuestro progre patrio apura su cerveza en un parque madrileño gracias a su subvención de turno, en Caracas, el 82% de la población se encuentra en situación de pobreza extrema según la encuesta ENCOVI. Defender este modelo desde la comodidad de una democracia europea no es solo una muestra de ignorancia; es una perversión ética que hace el ridículo.
La hipocresía alcanza niveles de paroxismo, en el seno de las del pelo morado y pancarta de odio al pene. Esas mismas voces que claman por el lenguaje inclusivo y denuncian el techo de cristal, en consejos de administración donde jamás trabajarán, guardan un silencio cómplice ante la barbarie de la teocracia iraní. Atacan con una ferocidad incomprensible cualquier movimiento defensivo de Israel o Estados Unidos, pero han callado durante 47 años ante el régimen de los ayatolás.
Son realidades que no salen en los talleres de autoexploración vaginal financiados por el Ministerio de Igualdad. En Irán, según Amnistía Internacional y el Centro para los Derechos Humanos en Irán (CHRI), el código civil permite el matrimonio de niñas a partir de los 9 años (edad lunar). La ley de hiyab y castidad aprobada recientemente endurece las penas de cárcel hasta los 10 años para las mujeres que desafíen el código de vestimenta. Solo en 2023, la organización Iran Human Rights (IHRNGO) documentó más de 834 ejecuciones, un incremento del 43% respecto al año anterior.
¿Dónde están las manifestaciones frente a la embajada iraní? ¿Dónde está el odio en los ojos que vi el pasado 8 de marzo en las calles de Madrid?, hacia quienes lapidan mujeres por adulterio o ejecutan a homosexuales colgándolos de grúas No están, porque el dogma de la izquierda actual dicta que el enemigo siempre es Occidente. Prefieren solidarizarse con el verdugo si este profesa un odio compartido hacia los valores judeocristianos. Es un feminismo sin cerebro, una estafa intelectual que utiliza el sufrimiento de la mujer como herramienta de agitación política, pero que se arrodilla ante el turbante y el hiyab si eso sirve para erosionar los cimientos de nuestra civilización.
La trinidad de la desvergüenza se completa con Cuba. Para el progre subvencionado, la isla sigue siendo un parque temático de la revolución donde se ensalza una sanidad y una educación que solo existen en los folletos de propaganda. La realidad, documentada por el Observatorio Cubano de Derechos Humanos (OCDH), nos dice que el 88% de las familias cubanas vive en la pobreza extrema, con un ingreso de menos de 1,90 dólares al día.







