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Constantino el Grande: el emperador que cambió el rumbo de la Historia

Constantino el Grande: el emperador que cambió el rumbo de la Historia
porJavier Garcia Isac
opinion

La opinión de Javier García Isac

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Constantino el Grande: cuando Roma se arrodilló ante la Cruz y cambió el destino de Occidente


Un 22 de mayo del año 337 moría en Ancycrona, en la actual Turquía, Constantino I el Grande, el hombre que transformó para siempre el curso de la civilización occidental. Con él, el cristianismo dejó de ser perseguido para convertirse en el alma espiritual de Europa. Fundador de Constantinopla, estratega, emperador y símbolo de una nueva era, Constantino comprendió antes que nadie que Roma no podía sobrevivir únicamente con la fuerza de las legiones, sino también con un principio moral y espiritual capaz de dar sentido a un imperio en decadencia. Diecisiete siglos después, Occidente parece empeñado en destruir precisamente aquello que Constantino ayudó a levantar.


La Historia tiene momentos decisivos. Instantes concretos en los que un hombre, una decisión o una batalla cambian el rumbo de los siglos. Y pocos personajes han marcado tanto el destino de la civilización occidental como Constantino I el Grande.

Cuando Constantino llega al poder, Roma era un imperio gigantesco, poderoso en apariencia, pero corroído por dentro. La decadencia moral avanzaba a la misma velocidad que las luchas internas. Las persecuciones contra los cristianos eran constantes. El paganismo oficial ya no ofrecía respuestas espirituales a una sociedad agotada. El Imperio era inmenso, pero estaba vacío de alma.

En aquel contexto emerge Constantino.


No fue un simple emperador. Fue el hombre que entendió que la supervivencia de Roma pasaba por reconocer una verdad que ya recorría el Imperio de punta a punta: el cristianismo era imparable.

La tradición cuenta que antes de la batalla del Puente Milvio, en el año 312, Constantino vio en el cielo una cruz acompañada de una frase que marcaría la Historia: “In hoc signo vinces” —“Con este signo vencerás”—. Y venció. Aquella victoria no fue solamente militar. Fue el principio del fin de la Roma pagana y el nacimiento de la Europa cristiana.

Con el Edicto de Milán del año 313, Constantino puso fin a las persecuciones religiosas y concedió libertad a los cristianos. Lo que durante siglos había sido clandestino, perseguido y castigado con la muerte comenzaba a salir de las catacumbas para convertirse en el eje espiritual del Imperio.

Y aquí reside la grandeza histórica de Constantino: comprendió que el cristianismo no era únicamente una religión, sino una civilización.


El cristianismo aportaba algo que Roma había perdido hacía tiempo: sentido trascendente, moral, orden espiritual, defensa de la dignidad humana y una concepción universal del hombre. Frente al relativismo pagano y la corrupción de las élites imperiales, la cruz ofrecía una esperanza que ni el Senado ni las legiones podían proporcionar.

Por eso Constantino cambia el pulso de la Historia.

No solo protege a los cristianos. Convoca el Concilio de Nicea en el año 325 para intentar dotar de unidad doctrinal a la Iglesia en un momento decisivo. Comprende que la unidad espiritual era también una cuestión política y civilizatoria. Roma ya no podía sostenerse únicamente sobre la espada; necesitaba sostenerse también sobre una verdad común.

Y entonces funda Constantinopla.

La antigua Bizancio, rebautizada como Constantinopla, se convierte en la nueva capital del Imperio romano de Oriente. Una ciudad destinada a durar más de mil años después de la caída de Roma. Un puente entre Europa y Asia. Un bastión del cristianismo durante siglos. La actual Estambul conserva todavía las huellas de aquel emperador que entendió que las civilizaciones sobreviven cuando tienen identidad y fe en sí mismas.


Constantino no fue perfecto. Ningún gobernante lo es. Pero tuvo una virtud extraordinaria: supo leer su tiempo.

Y quizá por eso su figura resulta hoy más actual que nunca.

Porque el Occidente contemporáneo vive una decadencia muy parecida, salvando las distancias históricas, a la que vivió Roma antes de Constantino. Hoy también contemplamos élites políticas desconectadas de sus pueblos, sociedades sin referencias morales, ataques constantes contra el cristianismo y una cultura empeñada en destruir sus propias raíces.

La Europa actual reniega de aquello que la hizo grande.


Se persiguen cruces, se ridiculiza la fe cristiana, se criminalizan las tradiciones y se pretende construir una sociedad sin memoria, sin identidad y sin alma. Exactamente igual que ocurrió en los últimos tiempos del paganismo romano, las élites actuales creen que una civilización puede sobrevivir únicamente sobre el consumo, el hedonismo y la ingeniería social.

Y la Historia demuestra que eso nunca termina bien.

Occidente no sería Occidente sin Constantino. No existiría la Europa cristiana, ni las catedrales, ni buena parte de nuestra cultura, nuestro derecho o nuestra concepción de la dignidad humana. La cruz que Constantino decidió proteger acabó moldeando el continente entero.


Por eso resulta tan significativo que hoy muchos pretendan borrar precisamente esas raíces.

Constantino entendió algo fundamental: cuando una civilización pierde su dimensión espiritual, comienza su decadencia. Y eso es exactamente lo que está ocurriendo en nuestros días. Europa parece avergonzarse de sí misma. Reniega de su historia, de su tradición y de su herencia cristiana mientras abre la puerta a ideologías que desprecian todo aquello que levantó nuestra civilización.


Hace 1.688 años moría Constantino I el Grande. Pero su legado sigue vivo.

Cada iglesia levantada en Europa, cada campana, cada monasterio, cada universidad nacida bajo el amparo del cristianismo, cada obra de arte inspirada en la fe, cada principio moral heredado de la tradición cristiana lleva, de algún modo, la huella de aquel emperador romano que decidió cambiar la espada por la cruz.

Y quizá hoy, cuando tantos trabajan para destruir la identidad de Europa, conviene recordar la lección de Constantino: ninguna civilización puede sobrevivir mucho tiempo si renuncia a su alma.


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