¿De qué nos acusan realmente?
¿De interrumpirles? ¿De faltar al respeto? No, nos acusan de algo más profundo y más temido por ellos: nos acusan de desenmascararlos. De no ser parte de esa prensa dócil, de no contribuir a la farsa de democracia que nos quieren vender. Nos acusan de incomodar. Nos acusan de no ser palmeros.
No toleran que, mientras ellos tienen a sus periodistas cortesanos y ensobrados, haya un grupo como EDATV dispuesto a hacer preguntas reales, a romper el guion preestablecido, a evidenciar sus contradicciones y miserias. Por eso, necesitan silenciarnos.
La mordaza disfrazada de reglamento
El reglamento que impulsan, bajo pretexto de sancionar “faltas graves y leves”, es en realidad una mordaza institucionalizada. Un castigo para quien ose ejercer el periodismo en su esencia: fiscalizar al poder. Porque para ellos, falta grave es preguntar por la corrupción de sus filas, la cesión al chantaje separatista, el blanqueamiento de Bildu y sus complices, o la ruina económica a la que someten al país.
¿Quién decidirá qué es grave? Ellos. Quieren ser juez y parte. Quieren decidir quién merece estar en el Congreso, no solo como diputado, sino también como periodista.
La democracia no existe sin libertad de prensa
La esencia de toda democracia real es el control al poder, la fiscalización constante, la incomodidad de tener que rendir cuentas. Si eliminamos a los pocos periodistas que aún se atreven a ejercer este papel, lo que queda es un sistema hueco, sin oposición real, donde el régimen controla tanto a gobernantes como a informadores.