Hubo un tiempo —y no es una exageración retórica, sino una evidencia histórica— en el que España no solo estaba en el centro del mundo, sino también en la vanguardia del pensamiento, del conocimiento y de la formación. Un tiempo en el que la educación no era un instrumento ideológico, sino una herramienta de elevación moral, intelectual y nacional.
Corría el año 1499 cuando el papa Alejandro VI, mediante bula papal, autorizaba al cardenal Francisco Jiménez de Cisneros a fundar la Universidad de Alcalá de Henares. Aquella institución, que con el tiempo daría lugar a la actual Universidad Complutense de Madrid, nació con un propósito claro: formar élites intelectuales, cimentar una nación sobre el conocimiento y proyectar a España como faro cultural del mundo.
Cisneros no entendía la universidad como un mero espacio burocrático donde expedir títulos. La concebía como un templo del saber, un lugar donde la disciplina, el rigor y la excelencia eran innegociables. Allí se gestó la Biblia Políglota Complutense, una de las mayores obras intelectuales del Renacimiento europeo. Allí se formaron generaciones que construyeron España.
Y ahora, quinientos años después, uno no puede sino preguntarse: ¿qué queda de todo aquello?
La respuesta es incómoda, pero evidente: queda el cascarón, pero se ha vaciado el contenido.
La universidad pública española —y muy especialmente la Complutense— ha sido degradada sistemáticamente durante décadas. Y no ha sido casualidad. Ha sido el resultado de un proceso político, ideológico y cultural perfectamente identificable.
Desde los años de Felipe González y su ministro de Educación, José María Maravall, comenzó un experimento que hoy podemos juzgar sin complejos: la sustitución del mérito por la mediocridad, de la exigencia por la complacencia, del conocimiento por la ideología.
La LOGSE —y todas las reformas educativas que vinieron después— no fueron simples cambios técnicos. Fueron una auténtica demolición controlada del sistema educativo español. Ocho, nueve reformas… da igual el número: todas han tenido un denominador común, la rebaja del nivel, la eliminación de la cultura del esfuerzo y la conversión de la enseñanza en un instrumento de ingeniería social.
El resultado está a la vista.
Universidades convertidas en centros de activismo político. Facultades donde el debate ha sido sustituido por el pensamiento único. Profesores seleccionados más por afinidad ideológica que por excelencia académica. Y estudiantes que, en demasiadas ocasiones, salen peor formados de lo que entraron.
Mientras tanto, el ciudadano —ese mismo al que le dicen que lo público es intocable— ha empezado a votar con los pies. ¿Cómo? Buscando alternativas. Universidades privadas, escuelas de negocio, formación internacional. Igual que ocurre con la sanidad, donde el deterioro del sistema público ha disparado los seguros privados.






