El 1929 marca una fecha decisiva en la historia contemporánea de Asia. Aquel año, Chiang Kai-shek se consolida como presidente del Consejo Central Supremo de la República China, convirtiéndose en la figura dominante del nacionalismo chino y en el heredero político del proyecto iniciado por Sun Yat-sen. Mientras Europa caminaba hacia convulsiones ideológicas y el mundo se preparaba para una era de guerras y revoluciones, en China emergía un hombre decidido a impedir que su nación cayera en manos del caos, del comunismo y de las potencias extranjeras.
Hoy, cuando tantos repiten la propaganda del régimen comunista de Pekín, conviene recordar la figura de Chiang Kai-shek, un dirigente denostado por la izquierda internacional, pero cuyo papel histórico fue esencial para mantener viva la auténtica China: la China nacional, la China republicana, la China libre que sobrevivió en Taiwán.
El heredero de la revolución china
Tras la caída de la dinastía Qing en 1911 y el nacimiento de la República China, el país quedó fragmentado entre caudillos regionales, guerras internas y ambiciones extranjeras. Fue en ese escenario donde Chiang Kai-shek, militar de carrera y nacionalista convencido, tomó las riendas del Kuomintang.
Su objetivo era claro: reunificar China, modernizar el Estado, fortalecer el ejército y acabar con la humillación sufrida durante décadas ante potencias extranjeras y señores de la guerra locales.
En 1929, ya asentado en el poder, representaba la esperanza de una China fuerte, soberana y ordenada. No era un revolucionario marxista, ni un demagogo colectivista. Era un patriota convencido de que la nación china necesitaba disciplina, estabilidad y desarrollo.
Frente al comunismo y frente al Japón imperial
Chiang comprendió pronto el peligro del comunismo. Sabía que el maoísmo no traería justicia social, sino guerra civil, persecución religiosa, hambre y tiranía. Por ello combatió a los comunistas desde los años veinte, cuando todavía muchos ingenuos occidentales veían en ellos una supuesta fuerza reformista.
Sin embargo, la invasión japonesa alteró por completo el tablero. Desde 1937, Japón lanzó una ofensiva brutal sobre China. Millones de chinos padecieron atrocidades, masacres y ocupación militar.
Chiang Kai-shek lideró entonces la resistencia nacional china. Mientras otros conspiraban en la retaguardia, él sostuvo el peso de la guerra frente al invasor japonés. Durante años, el ejército nacionalista fue el principal muro de contención contra Tokio en territorio chino.
Muchos olvidan que sin esa resistencia, Japón habría dominado toda Asia continental con mayor rapidez. Chiang mantuvo viva la causa china en los años más duros de la Segunda Guerra Mundial.
La guerra civil contra Mao
Finalizada la guerra en 1945, se reanudó el conflicto interno entre nacionalistas y comunistas. De un lado, Chiang Kai-shek y la República China; del otro, Mao Zedong y su ejército revolucionario.
La historia oficial comunista presenta aquella victoria como inevitable. No fue así. Mao se benefició del agotamiento nacionalista tras años de guerra contra Japón, de errores internos, de corrupción en algunas estructuras del régimen y del apoyo soviético recibido por los comunistas.
En 1949, Mao proclamó en Pekín la República Popular China. Chiang Kai-shek, lejos de rendirse, se retiró estratégicamente a la isla de Formosa, la actual Taiwán, llevando consigo la legitimidad de la República China.
Muchos lo vieron entonces como un derrotado. El tiempo demostraría lo contrario.
Taiwán: la prueba de quién tenía razón
Mientras Mao convertía el continente en un inmenso laboratorio totalitario, Chiang Kai-shek levantó en Taiwán un Estado funcional, próspero y estable.
En la China comunista llegaron:
Las purgas políticas.
Los campos de reeducación.
La destrucción cultural.
El Gran Salto Adelante, que provocó decenas de millones de muertos por hambre.
La Revolución Cultural, una orgía de fanatismo y barbarie.







