Cada 8 de marzo asistimos al mismo ritual. Pancartas moradas, consignas huecas, ministros y ministras haciéndose fotos, proclamas institucionales y una retórica grandilocuente en defensa de “las mujeres”. Y, sin embargo, cuanto más gritan, menos representan a la mujer real: la madre trabajadora, la autónoma asfixiada a impuestos, la joven que teme volver sola a casa, la abuela que sacó adelante una familia sin subvenciones ni eslóganes.
El llamado feminismo institucional ha dejado de ser un movimiento de defensa de la mujer para convertirse en una herramienta ideológica al servicio de la izquierda. Un feminismo que ya no habla de mujer, sino de “personas gestantes”; que diluye su propia razón de ser mezclando reivindicaciones que nada tienen que ver con la realidad biológica femenina; que borra la categoría mujer en nombre de una ingeniería social que no tiene límites.
Lo que se celebra hoy no es el Día Internacional de la Mujer. Lo que se celebra es el Día Internacional de la Coherencia Perdida.
El feminismo que guarda silencio
Durante años, desde el entorno de Podemos y ahora en Sumar se ha dado lecciones de moral al resto de la sociedad. Desde el atril del Ministerio, Irene Montero pontificaba sobre el consentimiento, las relaciones y la sexualidad, llegando incluso a banalizar cuestiones gravísimas, como el sexo con menores, con frases que provocaron estupor en buena parte de la sociedad española.
Sin embargo, mientras se señalaba con el dedo a media España, en sus propias filas estallaban escándalos incómodos. Fundadores y dirigentes señalados por comportamientos impropios; testimonios de jóvenes universitarias que relataban invitaciones “a refrescarse” en cuartos de baño por parte de profesores convertidos en referentes políticos; acusaciones que en otros contextos habrían provocado una hoguera mediática.
Pero cuando el señalado es uno de los suyos, el silencio cae como una losa.
¿Dónde estaban entonces las pancartas moradas? ¿Dónde los comunicados indignados? ¿Dónde las concentraciones ante las sedes de partido?
El PSOE y la autoridad moral perdida
Más sangrante aún es el caso del PSOE. El partido que pretende abanderar el feminismo institucional ha convivido con escándalos, sospechas y comportamientos impropios en su propio entorno sin que se activara ese feminismo combativo que tanto se exhibe contra el adversario político.
Ahí está el caso de José Luis Ábalos, antiguo hombre fuerte del sanchismo, envuelto en escándalos y con un entorno plagado de sombras. Ahí están denuncias y rumores que afectan a dirigentes socialistas y que, curiosamente, nunca ocupan horas de tertulia ni abren informativos con la misma intensidad que cuando el señalado no pertenece al bloque ideológico correcto. Tenemos a Sánchez, con una esposa que vivía de la prostitución y las saunas de homosexuales de su padre.
Y cuando las responsabilidades salpican a ministerios o estructuras del Estado, el silencio institucional resulta clamoroso.
El mensaje que se lanza es devastador: la mujer merece protección, siempre que vote lo correcto. Si no lo hace, será tachada de “facha”, “alienada” o “enemiga de sí misma”. Basta ver cómo son tratadas públicamente mujeres que no comulgan con el discurso oficial: insultadas, ridiculizadas, deshumanizadas.







